2018/09/02

El gato vivo y muerto de esa caja
IGOR FERNÁNDEZ
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Igual es un título un tanto enrevesado, pero probablemente ya le vaya sonando de algo a algunos lectores. La paradoja de Schroëdinger es el experimento más popular de la física cuántica. Es un experimento teórico pero, por no entrar en detalles farragosos, viene a proponer, entre otras cosas, que la realidad varía en función de si alguien la observa o no, por lo menos la realidad a la que estamos acostumbrados, la que tocamos y vemos; y que al observarla, se decanta por un “estado” a nuestros ojos, ya que a nivel subatómico, los electrones de un átomo pueden tener a la vez estados muy diferentes cuando no son observados. Y la clave es ese “a la vez”. Es un experimento desconcertante sobre el que indagar como lectores y que Einstein describía preguntando: «¿Quiere eso decir que la Luna puede no estar ahí cuando nadie la mira?».

En la percepción humana, sin la sofisticación y paradoja que propone la ahora popular física cuántica, las cosas a veces tienen cierta similitud. Imaginemos por un momento que acabamos de entrar en una fiesta en la que hay un grupo de veinte personas a las que no conocemos y que entre sí tampoco se conocen, simplemente están hablando entre ellas, tomando algo y escuchando la música. Vamos solos y es la primera vez aquí, por lo que no tenemos información previa sobre cómo es esa gente o cómo comportarnos.

En este momento, la realidad que estamos viendo puede decantarse hacia experiencias muy distintas en función de cómo la miremos. En función de qué filtro interno elijamos, de entre todas las posibilidades que nos da ese grupo de extraños en esa sala y ese tiempo, al elegir resaltaremos una serie de aspectos que terminarán por cambiar esa realidad. Ese momento de desconcierto, en el que no sabemos dónde ponernos o qué hacer es por tanto muy importante para nuestra percepción y para el resultado de nuestra experiencia al final de la noche, a pesar de la incomodidad que genera.

Es importante porque, nos demos cuenta o no, estamos literalmente confeccionando nuestra percepción, nuestra observación y, por tanto, la realidad. Nos lanzamos inmediatamente a entablar conversación con la persona más cercana, o nos sentamos en una esquina aferrados al vaso con mayor cantidad de alcohol para aislarnos, nos damos una vuelta buscando a alguien con parecido o totalmente diferente que nos llame la atención… Hagamos lo que hagamos, esto marcará lo que suceda a continuación, y ya que los seres humanos somos profundamente sociales y profundamente subjetivos, lo más probable es que elevemos nuestra experiencia en nuestra mente a descripción general del mundo físico y social alrededor.

O dicho de otro modo, nuestra vivencia termine definiendo la realidad “objetivamente”, y por tanto estrechando la variabilidad y el potencial de cambio de lo que ya hemos vivido. Cada experiencia se convierte en una evidencia, que al acumularse se vive como una conclusión a veces irrevocable. Por eso volvamos a la reivindicación de ese momento de incomprensión, de indefinición, de no saber quién es el otro, o qué va a pasar, porque en muchas ocasiones la realidad se impone, pero en tantas otras, nosotros mismos la hacemos imponerse; nos la imponemos cuando no nos permitimos no saber y aplicamos internamente atajos de pensamiento que cierran rápidamente los resultados divergentes, y que traen adosados sentimientos y sensaciones físicas.

Descubrir lo desconocido no es elegir entre los cajones internos en cuál colocamos lo nuevo, sino darnos la oportunidad de crear cajones nuevos. Y es que, aunque la paradoja de una realidad bicéfala es difícil de tolerar en general, también es cierto que estamos preparados para la flexibilidad, la adaptación y la creatividad, y que la realidad, ni mucho menos, es una sola.