2018/09/09

Líneas quebradas
IñIGO GARCÍA ODIAGA
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Durante gran parte del año, el norte de Noruega es un paisaje inhóspito, aislado y helado. Por el contrario, durante la época estival se convierte en un destino turístico para aquellos que gustan del contacto directo con la naturaleza subidos en sus furgonetas o autocaravanas.

El paraje es únicamente accesible por la ruta que parte desde Andøya, en el extremo norte de Noruega. Las grandes laderas pétreas del Bukkekjerka, ahora limitadas entre la carretera y el mar, han generado curiosidad desde la antigüedad y son un lugar sagrado para la cultura sami, donde se hacían ofrendas, según se ha descubierto en una cueva cercana al mar. Todo el área se encuentra protegida y la naturaleza ha tallado allí un altar, que en los últimos sesenta años ha servido de zona de encuentro y celebración anual al aire libre, que atrae a personas de todo el distrito. En la era precristiana, este era un lugar sagrado.

El sitio impresiona por su belleza y diversidad; se formaliza como un punto de referencia central entre el mar del Norte, los restos de la antigua comunidad de pescadores de Børvågen, y los faros que guían la navegación más al sur. El proyecto persigue resaltar estos diferentes emplazamientos presentando de forma unificada varios elementos dispersos en el lugar.

La instalación, por lo tanto, se compone de distintas piezas distribuidas en el paisaje. Por un lado, las funciones de estacionamiento y servicio al norte, una gran fogata cerca de la orilla del mar, un banco de asientos independientes orientados hacia la montaña y, frente al sol de medianoche, áreas de picnic, senderos, y una pasarela que muestra la salida hacia los faros. Por otro lado, el extremo sur es una zona de descanso en el terreno sagrado. Esta parte de la instalación se planeó para ser utilizada durante ese evento anual, así como para bodas y otras reuniones.

La introducción de varios elementos en el paisaje ayuda a descubrir las cualidades inherentes del lugar. En cierto modo, el proyecto se organiza con la esperanza de que todos estos componentes se den a conocer y se experimenten gradualmente, fomentando una mayor exploración y experiencia del lugar. Todos ellos quedan construidos por una cinta de hormigón que se adapta al terreno existente, y no al revés. Una operación realizada con gran cuidado, pero también con máxima audacia, para que en ella quede reflejado el paisaje circundante.

Realmente el proyecto queda reducido a la expresividad de esas losas de hormigón dobladas, inspiradas en los picos dentados que caracterizan el lugar. Las variaciones, dentro de ese juego que impone una misma materialidad, surgen de las diferentes funciones a las que responde la pieza y a su encuentro con diferentes situaciones del paisaje circundante. Por este motivo, el proyecto se parece más a un paisaje, a una concatenación de elementos esculturales, que a un edificio.

Hacia al exterior, las ventanas de vidrio espejado reflejan la magnífica vista. Las carpinterías de acero pulido aportan resistencia frente al agresivo clima invernal, al mismo tiempo que reflejan el contexto, retando masa a la solidez del edificio. Este juego de reflexiones hace que la edificación se derrita visualmente en el medio ambiente, al tiempo que ofrece experiencias nuevas y cambiantes.

En este lugar recóndito y remoto, donde las condiciones climáticas a veces son extremadamente duras, este conjunto de líneas quebradas se irá integrando progresivamente a medida que sus hormigones vayan adquiriendo la pátina del tiempo. Llegará un día en el que las laderas de Bukkekjerka confundirán su textura rugosa con la de estas cintas de hormigón que domestican la naturaleza mientras se pliegan ante ella.