2018/11/04

Camilla Läckberg
 
«Hace trescientos años me habrían quemado viva en la hoguera»
Jaime Iglesias
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Nacida en 1974 en la pequeña localidad de Fjällbacka, muy cerca de la frontera sueca con Noruega, para Camilla Läckberg este emplazamiento no constituye únicamente el lugar en el que vino al mundo, sino una suerte de territorio legendario que ella misma se ha encargado de reinventar para la literatura. Si no fuera porque su existencia es real, muchos lectores podrían llegar a pensar que, salvando las distancias, Fjällbacka para Läckberg cumple las mismas funciones que Macondo en la prosa de García Márquez o que Yoknapatawpha en las novelas de William Faulkner. Claro que las ambiciones literarias de la autora sueca nunca fueron tan elevadas; desde que en 2002 publicase “La princesa de hielo” (primera novela de la serie protagonizada por la escritora Erika Falck y su pareja, el comisario Patrick Hedström) su único deseo fue el de escribir el tipo de historia que, como lectora, siempre le había entusiasmado, un relato en el que suspense y narración costumbrista fueran de la mano.

Hoy, dieciséis años después de aquella primera obra, Camilla Läckberg es una autora consagrada, no solo en Suecia, donde es una auténtica celebridad nacional, sino que su éxito ha trascendido fronteras hasta el punto de ser considerada la gran abanderada de la renovación que ha vivido el género policiaco en los países nórdicos. Con “La bruja”, de reciente publicación, la serie Falck/Hedström alcanza su décima entrega y lo hace con una novela donde la evocación del pasado, más que nunca, le sirve a Läckberg para poner el foco sobre el presente, sobre un presente en el que aquellas mujeres que aspiran a cuotas de emancipación cada vez mayores, continúan generando repudio en buena parte de la sociedad.

A propósito de su última novela, usted ha dicho que la palabra «bruja», lejos de atesorar connotaciones negativas, es un concepto a reivindicar. ¿Por qué?

Bueno, se trata, sobre todo, de la expresión de un deseo y no tiene tanto que ver con el término en sí como con el significado que se le ha venido dando históricamente. La palabra “bruja”, demasiado a menudo, ha servido para vilipendiar a mujeres que han mostrado públicamente fortaleza, independencia e inteligencia. Visto así, para mí, que te llamen bruja, lejos de ser algo denigrante, debería ser asumido como un elogio.

¿Cree que, en la sociedad actual, ser mujer y ejercer de «verso libre» continúa estando castigado?

Absolutamente. Aquellas mujeres que exhiben públicamente su autonomía siguen generando desconfianza en la sociedad. Obviamente ya no se las conduce a la hoguera, pero siguen siendo pasto de chismes, rumores y maledicencias. Basta con hacer un barrido por las redes sociales para comprobar la cantidad de personas que, anónimamente, propagan infamias y comentarios insidiosos contra aquellas mujeres que buscan distinguirse del resto. Aunque los métodos de castigo son otros, la caza de brujas es un fenómeno que continúa vigente en nuestros días.

¿Es algo que usted ha vivido en primera persona?

Sí. A lo largo de los años he tenido que leer muchos artículos y muchos comentarios on line llenos de odio hacia mi persona. No hablo de críticas negativas o de escritos cuestionando mi labor como escritora sino de textos donde se me reprochan cosas que conciernen a mi vida privada, a decisiones o elecciones que solo me competen a mí. Por ejemplo, el hecho de haberme divorciado dos veces y de haber sido yo la que, en ambos casos, tomó la iniciativa a la hora de poner fin a relaciones que no iban a ningún lado. O el haberme casado recientemente con un hombre trece años menor que yo, algo que ha suscitado un debate muy intenso en Suecia, cosa que no entiendo y que incluso me molesta si pienso que si fuera al revés, es decir, si fuera un famoso escritor el que se casa con una mujer trece años menor que él, dicho debate no existiría. Con esto quiero decir que, incluso en un país como Suecia, existe ese doble rasero y que muchas de las críticas que he tenido que soportar todos estos años tienen que ver con el hecho de ser una mujer que, además de haber alcanzado un cierto éxito como escritora, ha luchado por mantener su espacio, por ser independiente.

¿Es por eso que dice que si hubiera nacido en el siglo XVII habría terminado en la hoguera?

Sí, sin duda. Es algo que tengo muy asumido. Doy gracias a haber nacido en la época actual porque hace trescientos años me habrían quemado viva (risas). De todas maneras, yo creo que el momento de lamentarse ya ha pasado, hoy por hoy lo que toca es actuar. No basta con querer cambiar las cosas, hay que empezar a cambiarlas realmente, cada quien según sus posibilidades. En lo referente al empoderamiento femenino, por ejemplo, el año pasado leí un artículo que me dejó preocupada porque se reflejaba que las mujeres emprendedoras, en Suecia, únicamente se beneficiaban del 1% de las ayudas públicas destinadas a la creación de nuevas empresas. Así que, junto a mi socia, lo que hice fue crear una sociedad inversora llamada Invest in Her que tiene como objetivo financiar empresas lideradas por mujeres.

Antes me ha parecido entenderle que, según usted, las redes sociales son la nueva plaza pública donde tienen lugar esos modernos autos de fe que condenan a la hoguera a aquellos que optan por salirse del camino establecido.

Sí, las redes sociales se han convertido en una mezcla de plaza pública y de circo romano donde se da cita una masa ingente de personas berreando y diciendo cosas verdaderamente terroríficas de manera anónima. Con todo, lo peor no es eso sino la convicción que muchos tienen sobre la pertinencia de sus opiniones, más allá del cómo o dónde se expresan. A mí eso me parece preocupante. Yo tengo una importante cuenta de Instagram y no me tiembla el pulso a la hora de bloquear a cualquier persona que publica algún tipo de comentario ofensivo. Al principio muchos me lo reprochaban, me decían: «¿Qué pasa? ¿Qué no sabes aguantar una crítica?». A partir de ahí comprendí que lo que se imponía era hacer un gran esfuerzo pedagógico y hacer entender a la gente que una cosa es decir «no me gustan tus libros» y otra muy distinta «eres una cerda gorda estúpida». El lema de mi cuenta de Instagram es: «No escribas aquí nada que no fueras capaz de decirme si estuvieras conmigo, cara a cara, en el salón de mi casa». Gracias a eso, he conseguido mantener un grupo de followers bastante agradable en el que, incluso, tienden a corregirse los unos a los otros cuando a alguien le da por soltar alguna impertinencia.

No deja de resultar curioso, sin embargo, que internet, que nació como una herramienta para propiciar una comunicación más libre, haya terminado por erigirse en un instrumento de coacción.

Yo creo que eso se debe a que cada vez estamos más absorbidos por ese universo virtual, en lugar de dedicarnos a vivir el mundo real. Por otra parte, pienso que somos esclavos del exceso de información y de todo lo que ello conlleva. Por ejemplo, cada vez nos resulta más complicado liberarnos de nuestro pasado. Para una persona que se ha separado resulta muy tentador seguir el rastro de su ex a través de las redes sociales y comprobar con quién se ve ahora, qué tipo de vida hace… Internet nos da la posibilidad de ejercer ese control sobre los demás y, a su vez, de ser vigilados por otros.

Teniendo en cuenta el cambio de hábitos que internet ha introducido en las industrias culturales, ¿cómo encuentra un escritor a sus lectores en plena era digital?

Bueno, es verdad que ha habido cambios pero tampoco han sido tan profundos. Por ejemplo cuando apareció el ebook saltaron todas las alarmas entre los editores pensando que sería el inicio de una revolución en el consumo literario y, sin embargo, luego se ha evidenciado que el libro, como objeto físico, mantiene casi intacta su capacidad de atracción entre los lectores. Lo que sí ha traído internet ha sido una ampliación de la oferta de contenidos. Mi hijo mayor, por ejemplo, es muy aficionado a la literatura asiática y hay webs especializadas en su difusión, y no solo eso sino que son los propios usuarios de estas páginas los que acometen las traducciones. La interacción que posibilita internet es un fenómeno muy interesante. Los escritores hoy en día tenemos un contacto directo con nuestros lectores y ellos con nosotros. Ese es un escenario totalmente nuevo. Nunca antes en la historia los autores habían tenido la posibilidad de dialogar directamente con sus lectores, de conocer sus opiniones e intereses.

¿Esa interacción con los lectores tiene una incidencia directa en su trabajo como escritora?

Digamos que puede llegar a enriquecerlo, en la medida en que ellos se sientan interpelados por mí. Por ejemplo, a veces pido a mis lectores ayuda en el proceso de documentación de una novela y eso es algo que les hace especial ilusión: aportar su granito de arena para esclarecer tal o cual dato. No es que sus aportaciones o comentarios me condicionen a la hora de escribir, pero sí que me gusta interactuar con ellos y servirme de mi popularidad para llamar su atención sobre diversos temas. Por ejemplo, en Suecia todos los años se hace una subasta a beneficio de la ONG The Music Help y a mí se me ocurrió incitar a mis lectores a hacer sus aportaciones económicas prometiéndoles que aquél que pujase más alto se vería recompensado, por mi parte, poniendo su nombre al villano de mi siguiente novela. Y tengo que decir que la iniciativa fue todo un éxito (risas).

Su popularidad está fuera de toda discusión, ¿pero en qué medida el éxito es algo que puede llegar a condicionar el proceso de creación literaria?

Lo es y, a la vez, no lo es. A ver, yo ya llevo escritas diez novelas de la serie protagonizada por Erika Falck y Patrick Hedström. Visto desde fuera, algunos podrían llegar a pensar que fue el éxito alcanzado por los primeros libros de la serie lo que me llevó a prolongarla reincidiendo en los mismos personajes y en los mismos ambientes que tanta popularidad me habían procurado, pero no es así. Desde que publiqué mi primer libro mi idea era la de escribir una serie de novelas protagonizadas por estos personajes y eso hizo que me acogiese a una receta en la que se concentraban aquellos ingredientes narrativos que a mí, como lectora, siempre me habían interesado; por una parte, una trama de suspense y por otra, un relato de corte costumbrista. Dicho lo cual, como escritora siempre me ha estimulado el hecho de afrontar nuevos retos y el éxito te procura una zona de confort que puede llegar a resultar peligrosa. Por eso es importante saber detectar los primeros síntomas de acomodamiento, para huir de él. Yo ahora he aparcado momentáneamente la serie de los crímenes de Fjällbacka y me he embarcado en la escritura de una obra dividida en dos volúmenes que, aunque también es una novela de suspense, carece de una trama criminal propiamente dicha. Está escrita con otra voz y con otro tono, con el objetivo final de generar incomodidad en el lector. Estoy impaciente por que se publique. Tengo que reconocer que me llena de inquietud conocer la respuesta de los lectores.

Es algo común entre los escritores de novelas policiacas renegar de sus «personajes franquicia». Por ejemplo, Agatha Christie inició otras series abrumada por el éxito de Poirot y Conan Doyle llegó incluso a matar a Sherlock Holmes…

En mi caso, no es que reniegue de Falck y de Hedström, simplemente sentía la necesidad de probarme en otro registro, de hacer otra cosa que me permitiera evolucionar como escritora. Pero sí, el éxito conlleva servidumbres y nunca es bueno sentirse excesivamente cómoda como autora. Agatha Christie fue incluso más lejos y se buscó un seudónimo para publicar otro tipo de relatos.

¿Y alcanzar el éxito cuando aún no se han cumplido los 30 años, como le ocurrió a usted, es una ventaja o un handicap?

Yo creo que es una ventaja, porque me ha dado bastante seguridad en mí misma. La verdad es que he tenido muchísimo más éxito del que nunca hubiera podido imaginar y pienso que está bien haberlo alcanzado a una edad tan temprana, porque eso me ha permitido disfrutarlo en plenitud. Pase lo que pase en un futuro, si por un casual perdiese el favor de los lectores, lo que he vivido durante estos últimos quince años no me lo quita ya nadie (risas).

Desde fuera uno siempre tenía a Suecia por un modelo de integración, de sociedad avanzada y de civismo pero, desde hace unos veinte años, usted y otros autores de novela criminal han cambiado la percepción del país a ojos de la comunidad internacional.

Sobre Suecia existen muchísimos clichés. Esa imagen de territorio idílico y próspero la verdad es que dista mucho de ajustarse a la realidad. Tenemos nuestros propios problemas, como los tiene, por otra parte, cualquier país. En Suecia hay tasas de alcoholismo preocupantes, casos de abuso, de malos tratos y también homicidios. Con esto no quiero decir, sin embargo, que se trate de un lugar peligroso, ni mucho menos. Suecia, para mí, sigue siendo uno de los países más seguros del mundo.

¿Cómo explica, entonces, el auge de la novela negra en Suecia y, por extensión, en toda la literatura escandinava?

Mi colega Liza Marklund, quien fue una de las precursoras de esta especie de revival que parece vivir en la actualidad la novela negra en Suecia, tiene la teoría de que la razón por la que frecuentamos tanto el relato criminal tiene que ver, precisamente, con que seamos un país donde rige un cierto orden. De ahí que nos guste asomarnos al abismo, confrontarnos con lo desconocido. Aquellos países donde existe una fuerte confrontación social o en los que hay guerras tienen preocupaciones más urgentes que atender, de ahí que sus escritores busquen la inspiración en la realidad más inmediata. En Suecia, quienes nos dedicamos a la literatura, podemos permitirnos el lujo de activar nuestra imaginación.

¿Diría entonces que el relato criminal surge de la necesidad de fantasear con el horror?

Yo creo que sí. Para mí la novela negra es una variante contemporánea de las viejas historias de fantasmas. A todos nos gusta pasar miedo dentro de un entorno seguro. En la época victoriana eran los espectros que poblaban las casas encantadas los que suscitaban esa aprensión en el lector, mientras que hoy en día son figuras como las de los violadores, los pedófilos o los asesinos las que nos generan terror.

Pero más allá del relato criminal, la novela negra es un género que presenta una carga social muy acusada.

Estoy de acuerdo en parte. Sin embargo, la mayoría de las novelas detectivescas concluyen con la detención del criminal, mientras que en la vida real son muchos los misterios y los casos que quedan sin resolver. Por eso te decía que a todos nos gusta confrontarnos con la naturaleza perversa de nuestros semejantes, pero dentro de un entorno seguro.

¿Más allá de Suecia, diría que Europa, en su conjunto, con ese auge que estamos viviendo de la extrema derecha, del rechazo al otro, con las tensiones entre los pueblos y con la crisis económica como telón de fondo se ha convertido en un vivero para la novela negra?

En buena medida sí, por desgracia. Actualmente vivimos en un mundo donde ya casi no cabe fantasear y los escritores de novela negra nos vemos sobrepasados por la abundancia de material que la realidad pone a nuestro alcance. Europa está volviendo a ser ese territorio frío y hostil que antaño fue, un lugar aquejado de una terrible falta de memoria.

«Incluso en un país como Suecia existe ese doble rasero. Muchas de las críticas que he tenido que soportar tienen que ver con ser una mujer que, además de haber alcanzado un cierto éxito como escritora, ha luchado por mantener su espacio»

«El éxito te procura una zona de confort que puede llegar a resultar peligrosa»

«Para mí la novela negra es una variante contemporánea de las viejas historias de fantasmas. A todos nos gusta pasar miedo dentro de un entorno seguro»