2018/11/04

No eres tú, soy yo
IGOR FERNÁNDEZ
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Cuando pensamos en una conversación pensamos en actividad lineal, de causa-efecto, o estímulo-respuesta. Tú me dices algo que piensas, eso tiene un impacto en mí, y yo te respondo en función de ese impacto, lo cual, a su vez te llega a ti y así sucesivamente. En el libro “¿Qué nos hace humanos?”, Michael Gazzaniga habla sobre cómo gran parte de nuestras interacciones no pretenden realmente obtener una información útil para resolver un problema, como saber dónde se encuentra una calle, o la receta de un postre, no; la mayor parte de nuestras energías y tiempo en esas conversaciones van a recabar información y ajustarnos al nivel social de la misma, es decir, que mientras preguntamos sobre una dirección a alguien, evaluamos su fiabilidad, su disposición a ayudarnos, su amabilidad e incluso su estado interno, todo lo cual nos sirve para adaptarnos mejor a la hora de usar el dato, que, en apariencia, parece ser el único resultado que busca lograr nuestra pregunta.

Sin embargo, cuando la relación es ambigua, estos signos de la dimensión social y relacional de la comunicación, a veces se convierten en un laberinto del cuál es difícil de salir de forma lineal. En otras palabras, cuando una persona nos dice lo que nos dice, no siempre sabemos interpretar ajustadamente lo que nos quiere decir.

El mundo de las intenciones, los dobles sentidos y las verdades a medias son pasillos angostos y enrevesados en el laberinto de la comprensión fidedigna del otro. Y de esa comprensión depende a menudo nuestro siguiente paso, a menudo, mucho más que del contenido. Pero, cuando la conversación está llena de huecos de este tipo que no tenemos la libertad de aclarar o sobre los cuales nos da vergüenza preguntar, la línea de relación se convierte en algo tan discontinuo que es insostenible, y no nos queda más remedio que rellenar los vacíos con material propio. ¿Qué habrá querido decir con esto? Incluso, cuando lo ha dicho tan claramente y yo he entendido otra cosa ¿será que no me entero? ¿Seré yo? Con cierta celeridad usamos nuestro ADN relacional, es decir, lo que creemos profundamente de nosotros mismos, de la vida y de los demás, para rellenar esos huecos, y somos capaces de llegar a conclusiones muy alejadas de la esencia concreta de la conversación que acabamos de tener. Al fin y al cabo, ¿qué tenemos más que lo nuestro para rellenar? Bueno, podemos simplemente desentendernos de esa ambigüedad y quedarnos con un “no sé lo que ha querido decir pero se lo preguntaré la próxima vez, y mientras tanto no le voy a dar más vueltas”, lo que significaría tener un plan.

Pero hay otra opción más habitual de lo que creemos: cuanto más hueco y más inseguros nos sentimos en general, mayor es la probabilidad de iniciar el devenir de algún tipo de autocrítica para rellenar. En particular, si además hay algún tipo de autoridad o relación jerárquica, parece que la pregunta no es una opción, como si preguntar lo que el otro quiere decir fuera un desafío de vuelta, uno que “no debe hacerse”. Cuando esa es nuestra opción, nos encontramos en un punto de no retorno tras el cual parece que no nos interesa saber cuál es la intención real del otro, sino dar rienda suelta a la vorágine de obsesión entorno a “qué querrá decir”.

Puede que realmente el otro quiera herirnos, agasajarnos, desafiarnos, o simplemente informarnos secamente, ¡qué importa! Porque entonces, transformamos el silencio neutro en un estímulo desencadenante de una perversa lógica interna que nos hace sentir menos por no entender o no saber de antemano lo que ese otro quería decir cuando no dijo. Toda interacción es interpretable, por lo que contiene o lo que implica, pero es cosa nuestra darle un sentido. Como dice la frase, “¡Que tenga usted un buen día! –a no ser que tenga otros planes–”.