2018/12/02

Si quieres ayudarme, no me definas
IGOR FERNÁNDEZ
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La pregunta es: ¿Qué nos ayuda más, los consejos o las preguntas? Somos una comunidad amplia, heterogénea; compartimos esencias en lo que a nuestra naturaleza se refiere pero también maneras y modos a pesar de las distancias. Tenemos rasgos universales que no diferencian a una persona de Arrankudiaga de una de Dakar, y es así por nuestra naturaleza orgánica y psicológica.

Los seres humanos hemos conformado nuestra mente a partir de vivencias que han impactado nuestro cerebro y se han quedado no como una fotografía de lo vivido, sino como un retrato hecho trazo a trazo, en cuyas pinceladas se pueden ver a las claras los matices de cada mirada, de cada comprensión del mundo y sus similitudes. Sabemos que las personas necesitamos percibir patrones, crearlos e incorporarlos para entender el mundo y actuar en él. Usamos la repetición para ello pero necesitamos, además, darle a la misma significado y sentido.

Aunque somos muy buenos extrayendo conclusiones y reglas de cómo es el mundo, no tendría sentido buscar dichas reglas sin pensar en por qué es importante para uno hacerlo. Por ejemplo, no nos pararíamos a pensar en el patrón de si le caemos bien a alguien o no; o intentaríamos saber si tal o cual conducta nos va funcionar para conseguir algo, si estas dicotomías no fueran realmente importantes.

Ahora cambiemos el prisma y pensemos en cuando tratamos de ayudar a alguien. Al hacerlo, nuestra mirada externa tiende a ponerse científica, por decirlo así; primero nos hablan y nuestra mente empieza a buscar esos patrones que nos permitan entenderla, y después busca en qué se parece lo que oímos a lo que hemos oído antes, de otras personas que conocemos. Todo ello para saber cuál va a ser mi respuesta cuando me pregunten qué hacer. Pero esta búsqueda no deja de ser una necesidad de quien escucha; queremos ayudar y pensamos que tenemos que dar una respuesta global, que cierre el problema o que alivie, y esta necesidad o esta filosofía no siempre encaja con la necesidad de quien nos habla.

Es habitual que la gente, cuando pasa por un mal momento, diga que lo que necesita no son consejos externos y reduccionistas, sino sentirse escuchado o escuchada y, por tanto, acompañada y, por tanto, aliviada y protegida, y eso, habitualmente no lo dan solo las palabras «esto es lo que tienes que hacer». Son las preguntas en torno a por qué esto o aquello es importante para uno, qué pasa cuando no podemos resolver algo, cuando no podemos sostenernos a nosotros mismos, o cuando creemos que la vida no tiene sentido, las que permiten crear en el otro una ventana de comprensión de sí que le lleve a sus respuestas, las que realmente él o ella necesita.

Ayudar implica entender, por supuesto, qué patrones mueven al otro, pero no necesariamente hacer que el otro asuma como propios los patrones que nosotros somos capaces de entresacar desde nuestra posición externa. Y es que somos limitados, incluso los profesionales, y debemos ser humildes al tratar de definir lo que escuchamos, porque la mirada, por científica y especializada que esté, nunca va a poder comprender mejor que la propia experiencia de la persona.

 

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