2018/12/02

Enrike Zuazua
matemático
Vascos en el mundo

La dinámica de pérdida de población, prevista por razones meramente demográficas y amplificada por nuestra pequeña dimensión que hace que nuestras fronteras estén siempre tan cerca, se ha acentuado en estos tiempos de crisis por el éxodo de nuestros jóvenes y profesionales.

El mundo, desde hace siglos, se ha ido llenando de vascos que en su día emigraron dejando huella. Siendo tan pocos como hemos sido y somos resulta sorprendente hasta dónde hemos llegado y el abundante y variado legado que hemos dejado. Basta tirar del hilo de un apellido cualquiera para descubrir una historia. El de quien firma este artículo nos lleva a la “Villa del General Zuazua” en Nuevo León, México, que adoptó su nombre en honor al general Juan Nepomuceno Zuazua Esparza (México, 1820-1860), militar mexicano que luchó en la intervención norteamericana y militó en el bando liberal en la Guerra de Reforma, muriendo en una emboscada del general José Silvestre Aramberri (también de ascendencia vasca). Este último falleció escoltando al presidente Benito Juárez, brillante abogado y político mexicano de origen indígena que acuñó la famosa y aún hoy actual frase que reza: «Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz».

Se podrían, sin duda, escribir miles, millones tal vez, de historias inspiradas en las vivencias de quienes un día dejaron estas tierras para emprender una nueva vida, empujados por la pobreza, las guerras y tensiones políticas, o simplemente por el deseo de emprender nuevos retos que no tenían cabida aquí.

La mayoría, sin embargo, lejos de la épica, serían historias anodinas, de personas normales, que vivieron su vida dignamente, y que al final de sus días pasaron el testigo a sus descendientes. Y de estos últimos, de los normales, cada vez más vascos dejan una Euskadi que pierde inadvertidamente una población que en un futuro casi inminente echará en falta: profesores, ingenieros, investigadores, empresarios, arquitectos, artistas, banqueros, políticos, abogados, periodistas...

Las previsiones apuntan a que en los próximos quince años perderemos alrededor de cien mil habitantes. Las defunciones superarán a los nacimientos –eso es ya evidente hoy en día– y, aunque seguirá habiendo un flujo neto de inmigrantes, la pérdida no será compensada. La de los profesionales cualificados que se van para emprender en otros lares será particularmente relevante.

Esta dinámica de pérdida de población prevista por razones meramente demográficas y amplificada por nuestra pequeña dimensión que hace que nuestras fronteras estén siempre tan cerca, se ha acentuado en estos tiempos de crisis por el éxodo de nuestros jóvenes y profesionales, que buscan nuevos destinos por no encontrar en nuestra tierra su oportunidad laboral o por una perceptible rebaja en la ambición colectiva.

Una sociedad que envejece, como la nuestra, poco a poco, sin darse cuenta, va dando la espalda al riesgo, a los grandes cambios, a los nuevos proyectos y se aferra a unos estadios de confort que difícilmente son sostenibles en el largo plazo. Hoy muchos de los vascos del exterior están cerca, en el resto del Estado y de Europa, y se pueden encontrar con frecuencia en los diferentes medios de transporte que, saliendo de aquí, nos conectan cada día con las principales capitales del entorno. Y es que no solo es cada vez más numerosa la familia de los vascos que viven fuera, sino también la de los que, residiendo oficialmente aquí, desarrollan buena parte de su vida, por motivos profesionales, en el exterior. Otros residen en América Latina, Estados Unidos, Australia o Asia, por ejemplo, y los vemos con menos frecuencia.

Nos está ocurriendo y es oportuno ser conscientes de ello. Conviene también asumir que esta contracción demográfica y profesional que nos afecta no es un fenómeno –¿mal, tal vez?– universal, sino que muchas ciudades europeas, por el contrario, experimentan un saldo positivo neto. El desarrollo económico, el dinamismo social, atrae naturalmente a las personas a aquellos lugares donde se dan más oportunidades laborales y facilidades de integración, lo mismo que los animales enfilan hacia los lugares donde encuentran cobijo, alimento y agua.

Euskadi es cada vez más la Euskara Hiria que hace ya algunos años los más visionarios supieron anticipar, sí, pero está cada vez menos poblada. Acecha el riesgo de ir convirtiéndose en la Euskara Hiri Txikia. Ese balance demográfico negativo tendrá consecuencias evidentes en nuestro futuro, pues el tamaño importa en la liga de las naciones de un mundo cada vez más global. E impactará también en nuestra realidad lingüística. El éxodo de los que aquí se forman aleja el horizonte de la euskaldunización.

Pero conviene no ser agoreros. Vivimos un momento dulce en muchos aspectos. Por fin nuestras calles y rincones lucen pacíficos y eso permite apreciar plenamente las grandes virtudes de un pequeño, pero sumamente acogedor país. Habrá además quien piense que con menos habitantes la gestión será más fácil, sin reparar tal vez en que nuestras expectativas se resentirán por la pérdida de materia gris.

En este contexto, muy oportunamente, estos últimos meses hemos oído hablar con frecuencia de nuestro Concierto Económico, una de nuestras más valiosas herramientas. Pedro Luis Uriarte, uno de los padres de la criatura, ha escrito profusamente e impartido un sinfín de conferencias sobre el tema. Este trabajo, intenso y excelso, ha hecho que todos entendamos que no solo debemos mirar y ansiar lo que nos falta, sino también reparar en la importancia de lo que tenemos, y cuidarlo.

De esta reflexión estratégica, de calado, extraemos también una lección que va mucho más allá: Conviene analizar nuestro origen y la historia, que confieren legitimidad a nuestra realidad de hoy, para otear el futuro con más clarividencia. En ese contexto surge de manera natural una pregunta básica: ¿Por qué el autogobierno y el concierto no han sido suficientes para interrumpir el éxodo e invertir el flujo de los nuestros?

Y a veces las respuestas nos llegan precisamente de quienes un día se fueron. Mientras unos se sienten satisfechos de haber construido una nueva y próspera vida en otro lugar, sin nunca olvidar ni renegar de sus raíces, otros se quejan amargamente de una tierra, de un pueblo diezmado por la falta de acuerdo, víctima de una lucha latente de dos culturas, de dos lenguas, que con frecuencia se mezclan con dificultad, como el aceite y el agua. Pero también en esto hemos de ser optimistas, pues el estudio y la reflexión conducen a los humanos a lugares de pensamiento compartido, con independencia de la diversidad de orígenes y trayectorias vitales. El nuevo éxodo –pues, en democracia, no se puede hablar de exilio–, la caída de la demografía, el Concierto Económico, el autogobierno, el bilingüismo, y en general nuestro futuro, dan mucho que pensar y que hablar pues aun siendo temas recurrentes, nunca llegan a agotarse.

Hoy, afortunadamente, es cada vez más fácil hablar entre vascos y sobre la realidad vasca con todos los demás. Estos y otros ingredientes, algunos de ellos polarizados en sentidos diametralmente opuestos, tendrán que ser hábilmente combinados para forjar la realidad de un país que tendrá que esforzarse mucho para mantener sus contornos y su identidad y, más aún, para hacerse lo bastante poroso para que todos sus hijos tengan cabida, pues no es tanto cuestión de tamaño sino de actitud colectiva.

La historia seguirá recogiendo las andanzas de todos esos vascos por el mundo. Tal vez consigamos que algunos vuelvan y se queden, al menos temporalmente, para enriquecer nuestra cotidianidad, compartiendo proyectos y vivencias. Pero tal vez sea igualmente importante sintetizar todas esas historias en una sola y reflexionar sobre su significado último.

 

Euskaldunok munduan zehar

Mende askoren buruan, emigrazioaren bidea hartu behar izan duten euskaldunez betetzen joan da mundua. Horietako batzuek arrasto sendoa utzi dute hizki handiz idazten den historian; gehienek, ordea, eta epikatik urruti, beren anonimotasunean, eguneroko lan
 gogorrarekin bizimodua duintasunez atera eta beren ondorengoei lekukoa pasa diete. Azken multzoari dagokionez, hau da pertsona «xume» edo «normalei» dagokienez, gero eta euskaldun gehiago ari dira gure mugez bestalderako bidea hartzen. Hauek gainean dugun etorkizun hurbilean Euskadik faltan botako duen biztanleriaren atal garrantzitsua osatzen dute; irakasleak, ingeniariak, ikertzaileak, enpresariak, arkitektoak, artistak, bankariak, politikariak, abokatuak...