2019/01/06

EL fascismo y el baúl de la Historia
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBÉNIZ
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La arquitectura siempre es un buen termómetro para evaluar los mensajes que quieren enviar los gobernantes y los poderosos. Es un modo muy efectivo para transmitir significantes complejos, y los ejemplos a lo largo de la historia son numerosos. Cuando las trece colonias americanas proclamaron su independencia, el estilo elegido para construir tanto su Capitolio como la Casa Blanca bebía de las fuentes de la República romana, en contrapartida con la arquitectura de la Grecia clásica, más ligada al estilo georgiano que era el estandarte de la Gran Bretaña a la que combatían. Un siglo más tarde, la unificación de las naciones germanas en el imperio alemán precisó volver a meter la mano en el baúl de la historia y sacar referencias a estilos renacentistas, barrocos y especialmente al estilo corintio de la arquitectura clásica griega.

En esos ejemplos, los arquitectos buscan la legitimidad en el pasado, poniéndose a la altura de griegos o romanos. ¿Qué pasa, no obstante, cuando las ideas son nuevas, cuando se pretende vender al resto del mundo que pretendes crear una sociedad diferente? Sin lugar a dudas, el ejemplo del fascismo italiano es un caso curioso –aunque no único– en la historia de la arquitectura.

Al analizar la arquitectura fascista podemos darnos de bruces con una realidad: no existe como tal. El Gobierno italiano, del mismo modo que sucedió con la Unión Soviética, dio carta blanca a los arquitectos para que desarrollaran estilos distintos, todos bajo el manto ideológico de ese pretendido socialismo totalitario del fascismo. Aunque la URSS revertió esa libertad a sus creadores, quedándose con la parte más monumental y grandilocuente y dejando la experimentación de lado, el régimen italiano no duró lo suficiente como para dar ese paso.

Tomemos, por ejemplo, la obra paradigmática de fascismo italiano, en este año que supone el 75 aniversario de la muerte de su autor: la Casa del Fascio, de Giuseppe Terragni. Situada en la ciudad de Como, a escasos metros de su famoso lago, la fama e importancia del edificio han ido creciendo poco a poco, hasta convertirse en uno de los edificios fundacionales del estilo racionalista europeo. Terragni tuvo una vida breve pero intensa: hijo de un constructor de Emilia Romagna, se educó en Milán y luego se transfirió a Como, la ciudad de su madre. Su hermano, alcalde fascista de Como, le encomendó el proyecto de la Casa del Fascio en 1930. Su manera de interpretar cómo la arquitectura debía de modelar un mundo nuevo –en aquella época, los arquitectos creían firmemente en esta premisa– le había llevado, unos años antes, a entregar un proyecto falso, lleno de molduras y detalles neoclásicos para los apartamentos Novocomun, al mismo tiempo que construía un edificio que bebía de lo más moderno de la época: el expresionismo alemán y el constructivismo ruso.

Después de la consiguiente bronca con la comisión de urbanismo del Ayuntamiento, el asunto quedó zanjado y Terragni cayó en gracia al Régimen, que le encargó numerosos proyectos, incluyendo un gigantesco homenaje a Dante en Roma, que nunca se llegó a construir. Para entonces, Italia entera se había llenado de una arquitectura fascista del todo variopinta; podíamos encontrar añoranzas imperiales como el monumento a Vittorio Emanuele, elementos que beben del Futurismo italiano, como la Colonia marina 28 de octubre de Clemente Busivi, o ejercicios de asimilación del expresionismo de la Bauhaus, como la Casa del Fascio de Messina de Giuseppe Samonà.

Algo nuevo. La contribución del fascismo italiano a la arquitectura parte de la curiosa convergencia de gasto de dinero público, necesario para crear las infraestructuras con las que aglutinar y adoctrinar a la población, amén de la necesidad de introducir un programa social; la creación de nuevas tipologías edificatorias, como los clubes dopolavoro –donde los obreros italianos disfrutaban de actividades culturales y de ocio a la manera de la burguesía, al estilo de los clubes de trabajadores soviéticos–; la autonomía de sus arquitectos y una necesidad acuciante de contar al mundo que todo aquello era algo nuevo.

La historia de Terragni acabó de un modo muy similar a la del fascismo italiano: fue llamado a filas en 1941, primero a Yugoslavia y luego a Rusia. Su cuerpo volvió, pero su mente no. Con tan solo 39 años, murió víctima de una trombosis cerebral. Atrás quedaba el arquitecto idealista que rompía con un mazo las losas de piedra que tenían algún defecto, para que los canteros no las colocaran a sus espaldas. Todo debía de ser nuevo y perfecto.