2019/01/06

La rebelión de las máquinas
MIKEL SOTO
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Las tres leyes de la robótica son un conjunto de normas ideadas por el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov que se aplican a los robots de sus novelas y cuentos. Las leyes establecen que:

1ª: «Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño».

2ª: «Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley».

3ª: «Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley».

Uno de los temas recurrentes de la literatura de Asimov es el paternalismo y sus inherentes conflictos, y va ya una larga temporada en la que me tiene fascinado y sometido, para qué negarlo, el tiránico paternalismo de los electrodomésticos caseros. Por influencia de otros relatos y películas de ciencia ficción como “2001: Una odisea del espacio”, “Terminator” o “Matrix”, hace tiempo que imaginamos una suerte de apocalipsis en el que las máquinas, a modo del Leviatán del Antiguo Testamento, se alzarán contra los humanos buscando su sometimiento o su extinción. Pero yo cada vez estoy más convencido de que la rebelión será la de los cuidados, y no precisamente en el sentido feminista del término. Creo que las máquinas no van a alzarse para exigir «Someteos, humanos», sino para ordenarnos: «Cierra esa puerta»; «No arrugues el jersey» e, incluso, «Ponte tieso, chico», si la máquina es particularmente paternal.

¿Sueñan los androides con cocinas ordenadas? Tengo un frigorífico que, mientras que tienes la puerta abierta durante el tiempo que te cuesta ordenar las verduras de la compra, se pone a pitar de tal forma que no sabes si es que tiene calor o que nos van a aplicar el 155 a bombazos. Los mandos de la placa de inducción son más sensibles que el teclado de mi ordenador y, si se mojan un poco, casi tienes que masajearlos con un trapo para que dejen de quejarse a berridos cibernéticos. Y el microondas, sin duda el más autoritario y maquiavélico de mis electrodomésticos, cuando termina de calentar lo que sea que haya dentro, se pone a protestar para recordarme que ya ha terminado su tarea. Os parecerá que es inofensivo, pero no pita un par de veces y para: pita a intervalos de 30 segundos en una cadencia que mis nervios no han querido probar si tiene fin. No sé si un ingeniero jibarizado con aires de grandeza ha opinado que, aunque estés enfermo retorciéndote en el sofá, si has metido agua para hacerte una manzanilla es tu deber con el electrodoméstico o con la manzanilla levantarte a por ella, o si las máquinas han empezado a someternos poco a poco.

En realidad, Asimov, ese gigante de la literatura y la ciencia, siempre lo vio venir. En el cuento “El conflicto evitable”, publicado en 1950 en “Astounding Science Fiction”, las máquinas usadas para trabajar comienzan a realizar pequeños errores yendo, en principio, contra sus funciones. Convencidas de que la única forma de proteger a la humanidad es tomar su control, hacen abstracción de la Primera Ley, la resignifican –«Ningún robot lastimará a la humanidad, o por inactividad, permitirá que la humanidad sea dañada»–, y acaban creando el escenario que las leyes originales trataban de prevenir. Lo que resulta incomprensible, más allá del terreno de la ciencia ficción, es que una cuadrilla de manguanes con título de Ingeniería, trate de justificar su menguada capacidad de desarrollo e innovación sometiendo a la humanidad a qué y a la voluntad de los electrodomésticos.