2019/02/10

Límites
IKER FIDALGO ALDAY
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La creación artística supone por definición, una ruptura de lo establecido. Entenderla como un espacio de libertad y liberación es la mejor manera de asumir su potencia política. La sistemática revolución constante de las primeras vanguardias del siglo XX abrió las puertas al asentamiento de prácticas eclécticas que encuentran su cénit en el surgimiento del conceptual. Los diferentes estratos en los que se desarrollaban les permitían deshacer y recomponer cualquier limitación previa para imaginar otro mundo posible. Bien desde lo poético, el lenguaje plástico o la propuesta conceptual, fueron capaces de encontrar nuevas perspectivas a las que asomarse. A día de hoy, si bien el sistema del arte parece no ser capaz de quebrarse a sí mismo, y como público parecemos haber perdido cualquier ingenuidad ante las artes visuales, debemos seguir creyendo en una cultura capaz de poner contra las cuerdas la realidad a la que pertenece.

No sabemos si su lugar serán los museos, las galerías, las aulas universitarias o los programas de doctorado. Sin embargo, a la vista está que los relatos compartidos son aquellos capaces de estrechar los lazos entre el sentir individual y el colectivo. Un lugar de representación en donde se encuentran las diferencias desde los nexos comunes.

El 28 de setiembre del pasado año 2018, el Museo de la Universidad de Navarra inauguró “La Memoria Trazadora” del fotógrafo Aitor Ortiz (Bilbo, 1971). Hasta el 3 de marzo podrá visitarse esta amplia muestra producida por la propia institución que alberga 140 piezas, de las cuales 80 nunca habían sido expuestas con anterioridad. Una trayectoria ligada a la fotografía de arquitectura que, sin embargo, huye de una mera intención documental. La cuestión arquitectónica se entiende entonces como un lugar en expansión en el que, si bien actúa como punto de partida, es a través de la fotografía que llegaremos a otros lugares relacionados con cuestiones más abstractas tales como el espacio, la estructura o el vacío.

Por eso, las referencias a los lugares reales desaparecen y nos mudamos a un lugar plagado de texturas, luces y retos compositivos. No es para nada un comisariado retrospectivo. Aunque encontraremos piezas desde mediados de los años 90 hasta la actualidad, la cronología no marcará en ningún momento la composición en sala. La visita nos permitirá contemplar “Link”, un proyecto realizado el pasado año con la colaboración musical de Gorka Alda y que nos sitúa en los códigos de la instalación.

El programa financiado por la Fundación Banco Santander que se desarrolla en el Museo de Bellas Artes bilbaino, bajo el título “La obra invitada”, instaló el pasado octubre y hasta el 2 de junio la obra “Hanging Figures”, realizada en el año 1997 por el desaparecido Juan Muñoz (Madrid, 1953-Ibiza, 2001), uno de los artistas mejor considerados de su tiempo por suponer una renovación del panorama internacional escultórico de finales del siglo XX. Poseedor de una poética propia tan enigmática como estremecedora, su perenne legado sigue siendo aún protagonista en múltiples instituciones.

En este caso, el hall del edificio parece el lugar ideal para la instalación de esta escultura, formada por dos figuras humanas de color gris que se sitúan a 4,5 metros de altura unidas al techo por sendas sogas. Anónimas y sin referencia alguna, penden cerca una al lado de la otra pero con la condena eterna de nunca poder llegar a tocarse ni a mirarse. Esta tensión, entre el equilibrio y la distancia, atraviesa la experiencia de nuestra mirada que se ve obligada a observar desde abajo los muñecos de resina. El punto de vista nos relaciona de otra manera con los objetos y nos eleva a los espacios perspectivos que el artista pretendió ensalzar desde su propio proceso.