Koldo Landaluze
Elkarrizketa
ÁLEX DE LA IGLESIA

«Soy histriónico, sobreactuado, soberbio y un auténtico petardo» - Álex de la Iglesia

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Fruto de su afición por los cómics, Álex de la Iglesia plasmó sus primeras inquietudes creativas en viñetas a través de criaturas como “La Cosa de la Ría”. Tras cursar estudios primarios y secundarios con los jesuitas, se licenció en Filosofía por la Universidad de Deusto. Sus primeros coqueteos con el medio cinematográfico llegaron como diseñador de producción para el filme de Enrique Urbizu “Todo Por La Pasta”. Un momento crucial en su trayectoria ya que, como el propio autor recuerda, «yo me metí en esto del cine por pura envidia y celos de Enrique Urbizu. Que un amigo muy cercano a mí como Urbizu filmara una película sacó mi vena más soberbia. Me dije: ¿Por qué yo no?». Estrenó el corto “Mirindas Asesinas” (1991), película co-escrita entre De la Iglesia y su colaborador en los guiones Jorge Guerricaecheverria que logró llamar la atención de los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar, quienes le produjeron su primer largometraje, “Acción mutante”, en 1993. A partir de ese instante se sucedieron obras como “El día de la Bestia” (1995), “Perdita Durango” (1997), “Muertos de risa” (1999), “La comunidad” (2000), “800 balas” (2002), “Crimen ferpecto” (2004), “Los crímenes de Oxford” (2008), “Balada triste de trompeta” (2010), “La chispa de la vida” (2011), “Las brujas de Zugarramurdi” (2013), el documental “Messi” (2014), “Mi Gran Noche” (2015), “El bar” (2017) y “Perfectos desconocidos” (2017). Inmerso en un nuevo proyecto que tendrá formato de serie y tras ser galardonado con el premio BBK Ja! de Bilbo, conversamos con el cineasta vasco sin las ataduras que obligan a charlar sobre un nuevo filme. Trazado sobre el suelo el pentágono, acude a nuestra invocación una Bestia cinematográfica llamada Álex de la Iglesia.

Allá por el 86 y a través de la emisora libre de Santutxu, Iluna Irratia, compartió con la audiencia las emociones que le causó «Terciopelo azul», de David Lynch. ¿Esta película supuso un punto de inflexión en su manera de entender las posibilidades que tiene el cine?

Es que cuando ves una película como “Terciopelo azul” resulta muy difícil olvidarla y más en aquellos años en los que mi contacto con el cine tan solo se limitaba a ser un aficionado que devoraba películas. Es una de esas extrañas ocasiones en las que el espectador se siente privilegiado porque se encuentra en la tesitura de estar ante algo nuevo y lo que ve le da motivos para entablar todo tipo de furibundas conversaciones. Con permiso de Quentin Tarantino, siempre he amado la obra de David Lynch. Es un autor extremo que ha sabido crear un universo propio y con el riesgo que ello conlleva ya que, dado su discurso, tiende a ser excesivamente criptográfico y crea una obra cargada de códigos que únicamente pueden ser disfrutados por quienes son partícipes de su juego. Hoy en día y vista la dinámica de la industria, resultaría imposible que un autor como Lynch pudiera hacer una película de esas características.

Hablando de universos propios. En cierta ocasión, Bernardino Zapponi –guionista en películas de Federico Fellini como «Casanova» o «Roma»– me describió una secuencia habitual en la última etapa de Fellini, cuando el cineasta se convirtió en el último inquilino de Cinecittá y acudía a su despacho en aquellos inmensos almacenes habitados tan solo por criaturas de cartón-piedra que permanecían semiocultas bajo lonas polvorientas. Según Zapponi, para Fellini lo real eran aquellos mares de plástico, las criaturas grotescas de cartón piedra y los cielos pintados sobre pantallas.

Yo echo mucho de menos a Fellini. Era un mago, un soñador constante que recreaba como nadie paisajes oníricos e hipnóticos. Es cierto que cuando alguien posee un discurso tan propio como el de él corre el riesgo de volverse excesivamente hermético pero, incluso cuando ves una película como, por ejemplo, “E la nave va”, te dices, ¡joder, si parece que siempre me está contando lo mismo!... pero es tan impresionante cómo lo cuenta y cómo evolucionó en su narrativa que nunca pierde su poder de fascinación. Fellini entendió muy bien los factores mágicos y de prestidigitación que hacen posible el cine y lo envolvió todo en un barroquismo desbordante. Muy al contrario de clásicos como Dreyer o Bergman, que se servían de un estilo muy minimalista en su puesta en escena pero que se servían de la herramienta, la cámara, para atrapar el drama de sus personajes mediante angulaciones, primeros planos, cara a caras... El rostro dominaba la escena, lo era todo.

¿En su caso siempre es necesario el reencuentro con los clásicos?

Es que siempre están presentes y claro ejemplo de ello son los grandes éxitos que han obtenido en los últimos años propuestas como “The Artist” o “La La Land”. Quizás la primera es un caso más extremo porque se enmarca en ese periodo en el que el cine comenzaba a hablar y funciona más como un ejercicio de estilo muy cinéfilo, pero en la segunda el director logra plenamente su objetivo de devolvernos a un tiempo en que los sueños y la fantasía eran en technicolor y las personas bailaban y cantaban porque sí o tan solo les hacía falta un leve impulso para volar, como en los grandes musicales de Minnelli. Una especie de subversión muy libre de la realidad. En mi caso, es un cine al que siempre regreso en cuanto puedo porque, aunque las haya visto una y otra vez, siempre tienen la virtud de emocionarme.

¿Hoy en día resulta difícil emocionarse con una película?

Tal vez resulta más difícil sorprender al espectador. La gente está muy edulcorada. No somos los mismos, en el sentido de que tampoco pertenecemos a un tiempo pasado en el que la libertad creativa era reflejo de la propia sociedad. Antes te comentaba lo difícil que le hubiera resultado a Lynch filmar una película como “Terciopelo azul”, pero lo mismo podría aplicarse a un autor como Stanley Kubrick; un genio único, obsesivo y a contracorriente que logró sacar adelante una serie de películas excepcionales con un presupuesto enorme y acorde con sus ideas enloquecidas. Hoy en día el consumo audiovisual es brutal. La oferta es múltiple y al gusto de paladares muy diferentes y que están acostumbrados a todo tipo de variedades. Para mí el papel que están teniendo las plataformas resulta muy estimable porque, de una u otra forma, están potenciando la creación. Yo no me rasgo las vestiduras porque alguien vea una película mía a través de la pantalla de un móvil, porque a veces nos olvidamos de algo fundamental: que no hacemos películas para nosotros mismos y para calmar nuestro ego creativo, sino para que sean disfrutadas por el espectador. En la actualidad a los cineastas nos toca filmar lo que dice un tipo que en su vida ha leído un guión y le da igual de lo que trate. Firma un contrato con un actor, después señala en el calendario la fecha de estreno y, finalmente, se hace con un director y un guionista para sacar adelante el producto.

 

Sam Fuller decía que en Hollywood los que mandan se sientan y hablan como Buda.

Algo así [risas].

Antes ha mencionado los artificios del cine y sus herramientas. ¿Se ha encontrado en la tesitura de hurgar en su chistera para poder sacar adelante una escena?

Unas cuantas [suspira]. A veces, la falta de presupuesto o las prisas provocan situaciones que bordean lo surreal y te obligan a exprimir al máximo la imaginación y la paciencia. Uno de estos episodios lo viví muy intensamente durante las escenas de guerra que abren “Balada triste de trompeta”. Aquello fue una auténtica locura. La rodamos durante un día intenso e infernal, en todos los sentidos. En la película parece que en esas escenas hay multitud de personas, pero en realidad tan solo había unas cincuenta. No teníamos tiempo para parar, ni de volver a grabar las explosiones. Había que medir mucho esa secuencia porque los extras tenían que moverse entre explosivos. No había más remedio que rodarla en una sola toma. Cuando todo se puso en marcha me decía: ‘Esto está saliendo de la hostia’. Y en cuanto terminó, me comentaron que, por diversos problemas técnicos, no pudo grabarse. Al final, tuve que servirme de todo lo que tenía a mano, incluidas cámaras fotográficas, pero me gustó el resultado.

¿Considera «Balada triste de trompeta» su mejor película?

Sí, porque conseguí hacer la película que siempre he querido y esto no ocurre en muchas ocasiones. En ella se citan multitud de inquietudes, referencias, demonios, anhelos... Es una especie de espejo distorsionado que me devuelve mi propia imagen de payaso furibundo y extremo. No me gustan los payasos, pero me siento como un payaso; soy alguien que, al igual que ellos, está descontextualizado. Visten un atuendo y complementos inverosímiles que, supongo, alguna vez provocaron risas, pero que ahora nadie entiende. Esa estampa de zapatones, caras pintadas y narices rojas a veces me provocan lástima, terror y admiración. Por otro lado, en esta película me obligué a dejar a un lado la autocensura y me apliqué a fondo en tratar de buscar un equilibrio entre la tragedia, el amor y el horror. También salió a relucir mi vena más sádica, porque obligué al pobre Carlos Areces a corretear a través de los bosques desnudo y a bajo cero. Supongo que todavía no me lo ha perdonado.

Los créditos iniciales de «Balada triste de trompeta» son ya de por sí una pequeña pieza maestra.

Muchas gracias. Buena culpa de ello la tienen los tambores que incluyó Roque Baños en la banda sonora... perfectos.

¿Es Álex de la Iglesia un cineasta obsesivo?

Soy histriónico, sobreactuado, soberbio y un auténtico petardo. Soy una persona tremendamente obsesiva y compulsiva. Filmando tengo una gran obsesión por los finales que bordean el abismo en su clímax, me gusta filmar las alturas en su sentido más literal. Soy de esas personas que lee las críticas y se pone fatal cuando ve que han puesto a parir a mi película. Me encierro en mí mismo y busco explicaciones para saber por qué diablos no ha gustado o en qué he fallado. Cuando me encuentro en esta tesitura, soy una persona insoportable. También me importa, sobre todo, la opinión del público que es, sin duda, la que más valoro. No me enfado cuando me paran por la calle para pedirme que haga una segunda parte de películas como “Acción Mutante” o “El día de la bestia”. Por el contrario, eso para mí es motivo de orgullo porque esas personas me demuestran lo mucho que les han gustado estas películas. Cada vez que termino un proyecto,intento que el siguiente sea diferente o que tienda a buscar una nueva ruta. No me gusta quedarme a mitad de camino y siguiendo una línea que ya conozco. Me gusta bordear el precipicio, a pesar de que sienta vértigo, pero ello me obliga a realizar un esfuerzo extra y es entonces cuando entro en una especie de bucle demencial.

 

¿Está de acuerdo con quienes afirman que no sabe finalizar sus películas?

Me lo han dicho muchas veces y será que tienen razón [risas]. Cuando Jorge Guerricaechevarría y yo trabajamos en la idea de un proyecto, tendemos a respetarnos mutuamente y a decirnos cosas como ‘eso que has escrito es una tontería’. De la complicidad que ambos compartimos desde hace más de veinte años prende esa mecha que nunca sabemos a ciencia cierta hacia dónde nos llevará. No obstante, me siento responsable del rumbo definitivo del proyecto y soy consciente de que hay películas en las que me dejo llevar: no me gusta levantar el pie del acelerador incluido a sabiendas de que, al doblar la curva, te puedes encontrar con un muro de hormigón y pegarte una gran hostia. Eso no me importa, porque disfruto con el exceso. No me conformo con lo que se denomina como ‘real’ y tiendo a buscar nuevos cauces que me diviertan y que me digan algo porque lo que yo hago es ficción y eso me da la posibilidad de reinventar lo que me de la gana. Creo que Alfred Hitchcock lo resumió a la perfección cuando dijo que el punto de partida de una buena historia es un pobre hombre metido en una historia que le supera por completo. Por ese motivo me gusta la exageración, porque de una manera muy subversiva altera la realidad que tendemos a relacionar con lo previsible.

Lo fantástico es una de las vías a las que suele recurrir habitualmente. Narciso Ibáñez Menta me contó que el miedo, desde una óptica terrorífica, siempre le resultaba muy estimulante porque le hacía reencontrarse con una noche del pasado, recorriendo el pasillo estrecho de su casa mientras el viento movía las cortinas. Era él sintiendo miedo siendo niño y ello le devolvía a sus recuerdos más intensos de su infancia.

Es que lo fantástico te permite subvertir la realidad. Me gusta el terror por la ternura que desprenden sus criaturas pero, sobre todo, porque te coloca en una tesitura de indefensión. Ibañez Menta siempre estará ligado a mis primeros terrores de la infancia y a su hijo, Chicho Ibáñez Serrador, lo admiro por igual. Una vez me resumió en una escena lo que para él es el terror: vas por la calle y te encuentras con una señora que empuja un carrito de niños, te detienes y te agachas para contemplar a la criatura que tiene el rostro semitapado por una manta. Le quitas la manta y observas la sonrisa del bebé que te mira fijamente y, de repente, descubres que su boca tiene dientes de persona adulta. No obstante, lo que de verdad me aterroriza es la gente normal.

Siguiendo esta senda también topamos con el interés que le despiertan tanto la mitología como las leyendas vascas y cuya estética hizo propias en «Las brujas de Zugarramurdi» y por las que apostó como productor en «Errementari», de Paul Urkijo.

En “Las brujas de Zugarramurdi” también sentí la necesidad de meter fragmentos del imaginario de mi infancia con la inclusión del Gargantúa de Bilbao, que me producía un pánico increíble. De verdad que no intento parecer pedante, pero la idea de esta película nació de mi paso por la universidad, donde estudié Filosofía, Hermenéutica y Antropología. Mi profesor de Hermenéutica, Andrés Ortiz, me descubrió el choque diferencial entre el matriarcado vasco primigenio y el patriarcalismo europeo o cristiano. En esas mujeres injustamente condenadas por brujería encuentras el sustrato de una religión primigenia en la que la mujer es la reina de la naturaleza. Es la diosa madre respecto al gran dios, que es hombre. Cuando el hombre esculpió una religión a su propia imagen, todo se jodió. En cuanto a la película de Paul Urkijo, me gusta mucho su concepto de lo fantástico y la perspectiva, tanto visual como argumental, que adoptó en “Errementari”. Mi papel tan solo se limitó en darle mi apoyo desde la producción. El resto fue resultado de su gran talento.