2019/04/21

«Vitoria, 3 de marzo»
MIKEL INSAUSTI
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En pocas ocasiones toda una ciudad habrá estado tan pendiente del estreno de una película, y es que en Gasteiz se cuentan los días y las horas que faltan para que “Vitoria, 3 de marzo” (2018) llegue a las salas de cine. En respuesta a tanta expectación se ha escogido una fecha tan señalada como la del Primero de Mayo, y este año dicha festividad obrera toca en miércoles, por lo que no habrá que esperar al fin de semana para poder ver en la pantalla grande ya terminado un proyecto que ha sido muy seguido desde su misma concepción. Pero aunque este largometraje les pertenece por derecho propio a los y las gasteiztarras, su vocación localista no se queda ahí, porque el fin último es dar a conocer al mundo unos hechos históricos cuya herida sigue abierta y sangrante. El inicio del largo camino para su difusión se dio en la pasada edición del Zinemaldia donostiarra, y el proceso a seguir debería de ser el de la producción pequeña que se va haciendo grande gracias al apoyo del público.

Los avances que se han ido viendo en internet han conseguido el primer y fuerte impacto visual, gracias a que las imágenes que se muestran resultan sorprendentes para un producto tan modesto y sin apenas margen presupuestario. Una vez más el factor humano y el trabajo colectivo se sitúan por encima de los medios técnicos a su disposición, lo que tiene aún mayor mérito al tratarse de la realización de un debutante. No cabe duda de que el director Víctor Cabaco ha contado con un equipo volcado, que ha sido capaz de recrear con el máximo detalle lo que eran la ciudad y sus gentes en el año 1976, a pesar de la gran transformación urbana que ha conocido la capital verde desde entonces. El universo marcadamente gris del tardofranquismo y la incipiente transición en falso quedan tan bien reflejados que las nuevas generaciones viajarán en el tiempo para descubrir aquella realidad tal como fue. La fotografía de Gaizka Bourgeaud, junto con la dirección artística de Koldo Jones y el entusiasta departamento de efectos especiales sumergen al espectador en la pesadilla vivida aquel trágico 3 de marzo, con escenas de caos envueltas en el humo de los gases lacrimógenos más propias de una acción bélica que de una carga policial.

Aunque estamos ante un largometraje de ficción, el rigor histórico empleado proviene de una base documental, a la que ha contribuido una ciudadanía dispuesta a aportar información de primera mano. Andoni Txasko, en cuanto portavoz de la Asociación de Víctimas del 3 de marzo, representa el sentir de una población que sigue pidiendo una reparación que, 43 años después, no encuentra respuesta en los tribunales de justicia del Estado español a un acto a todas luces genocida que se saldó con cinco obreros muertos, a pesar de las denuncias llegadas desde Argentina y de la intervención del Parlamento Europeo.

El tono documental del que hablamos queda sobre todo patente en la utilización de los audios de la Policía española, que son estremecedores, y en los que se reconoce la brutalidad utilizada en el desalojo de la asamblea obrera de la iglesia de San Francisco, en Zaramaga, calificada desde el primer instante como una auténtica masacre. A ningún guionista, por mucha imaginación que le echara, se le habrían ocurrido esos macabros diálogos entrecortados.

La parte ficcional se centra en el efecto demoledor que tuvo sobre unas familias corrientes una ruptura tan brusca de la convivencia cotidiana, y lo difícil que fue recuperarse y volver a la normalidad después del violento episodio. Se escoge a un periodista radiofónico (Alberto Berzal), cuya hija (Amaia Aberasturi) es estudiante y sale con un activista sindical (Mikel Iglesias), dentro de un movimiento en crecimiento que tiene a uno de sus líderes en Javier (Iñaki Rikarte). Del otro bando están el gobernador civil (Asier Makazaga) y Manuel Fraga Iribarne (Pepe Penabade) como máximos responsables.