2019/06/09

La destrucción de la arquitectura que nos rodea
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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En la tercera temporada de la serie “The Wire”, tres jóvenes pandilleros presencian cómo el alcalde de Baltimore guía un evento que celebra la inminente demolición de las torres de Franklin Terrace. El alcalde pronuncia una palabras sobre la regeneración de la ciudad, sobre aprender de los errores cometidos, sobre cómo las nuevas promociones de viviendas “bajas” harán que el barrio y la ciudad mejoren. Mientras avanzan a través de la multitud para no perderse el espectáculo de la demolición, uno de los pandilleros, Poot, demuestra su tristeza porque con la destrucción del edificio parte de sus recuerdos desaparecerán. Su amigo Bodie, encargado de vender droga en la torre que están a punto de demoler, no ladea tanto al sentimentalismo: «Es solo acero y hormigón, tío. Puto acero y hormigón».

El alcalde, bañándose en los gritos de su electorado, hace un gesto y el entramado de hormigón armado recibe una serie de pequeñas explosiones que lo desploman como un castillo de naipes. La polvareda que levanta inunda los aledaños y cubre de una niebla marrón a los asistentes al evento, al alcalde, a Poot, a Bodie. Poco a poco la serie irá desentrañando las razones detrás de esta demolición, dejando a la vista, una vez la niebla marrón se va disipando, cómo el precio del suelo puede bajarse para conseguir una reconversión a favor de los intereses de los especuladores.

La serie de David Simon toma como inspiración un episodio vivido por la mayoría de las grandes urbes estadounidenses durante la década de los 80: la demolición de los grandes complejos de vivienda social surgidos al albur de las ideas del Movimiento Moderno provenientes de Europa. En el Viejo Continente la socialdemocracia y el estado del bienestar estaba demostrándose efectivos a la hora de proteger a la ciudadanía más vulnerable, dotándose de un parque de vivienda social y en alquiler. El modelo no prosperó en Estados Unidos, con un entramado público escuálido y con la ciudades en una práctica bancarrota a final de los años 70.

Sin dinero público para mantener en buen estado los grandes complejos residenciales para la población en riesgo de exclusión social –en su mayoría negros–, y en un contexto económico de recesión, los grandes inmuebles residenciales de vivienda social de Estados Unidos empezaron a tener sus canalones agujereados y sus paredes manchadas de moho. En la película de 1982 “Koyaanisqatsi”, los primeros planos de las ventanas rotas del complejo de Pruitt-Igoe, en Saint Louis (Missouri), acompañan los acordes de la música de Philip Glass. Cuando la música alcanza su mayor intensidad, las explosiones se suceden, y ese día, el 15 de julio de 1972, es considerado el momento en el que la arquitectura del Movimiento Moderno cierra un ciclo. El crítico y arquitecto Charles Jencks va un paso más allá y proclama la muerte de la Modernidad en la arquitectura, dando paso a la Posmodernidad, término tomado prestado de la crítica literaria.

Si la Modernidad se distinguió por la presencia del planeamiento y el funcionalismo –aquí coma usted, allá trabaje, más allá disfrute de su tiempo libre–, la Posmodernidad se abrió en canal a los intereses de los promotores inmobiliarios en Estados Unidos y Gran Bretaña (otro día hablaremos de Euskal Herria). En territorio británico también se plantearon destruir el parque público de vivienda, pero con un estilo menos traumático; en la era Tatcher se dieron créditos a muy bajo interés para que los inquilinos de vivienda social pudieran comprar su vivienda. El desmantelamiento del aparato público ha sido progresivo, y no ha tenido una gran explosión, sino una demolición controlada. Como epítome de todo esto tenemos la demolición del complejo residencial de Robin Hood Gardens, de Alison y Peter Smithson, obra denostada y encumbrada a partes iguales, y que comparte similitudes con el caso de Pruitt-Igoe; vivienda social con baja inversión en mantenimiento y población en riesgo de exclusión que convierte el complejo en un polvorín.

El impacto del derribo. La demolición en la arquitectura como catarsis es evidente en varios momentos de la historia, y casi podríamos recorrer la del capitalismo a través del derribo de sus edificios: empezando con los citados ejemplos de Pruitt-Igoe y Robin Hood Gardens como final de la Modernidad, la destrucción de las Torres Gemelas como inicio del Nuevo Orden Mundial o el incendio de la Torre Windsor como prolegómeno de la crisis del 2008. La destrucción causa un profundo impacto en nosotros, poniendo de relevancia la interdependencia con la arquitectura construida que nos rodea.