2019/06/09

Sabemos que ocurrirá
IGOR FERNÁNDEZ
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A veces tengo la sensación de escribir con demasiada frecuencia sobre las cosas difíciles de la vida, y me pregunto de vez en cuando el por qué. Supongo que tengo un deseo cuando escribo: que alguien pueda usar aunque sea un párrafo para facilitar y mejorar su vida de alguna manera. Porque es evidente que las situaciones desafiantes, difíciles en general, se nos van a plantear antes o después, si es que no están sucediendo ahora. También es evidente que solo de nuestra manera de afrontarlas –a partir de nuestra elaboración y de la compañía que tengamos– surgirá un escenario psicológico que nos haga sufrir o uno lo suficientemente favorable como para seguir creciendo y prosperando de una manera profunda y estable en el tiempo.

Ya que las dificultades vendrán, lo ideal es que no nos muramos en el intento y que sea posible –y seamos capaces de– incorporar algún elemento nuevo que nos haga más fuertes, más sabios, que nos conecte más con nosotros mismos y nuestras necesidades, como para que la próxima vez la dificultad no nos pille desprevenidos y nos confunda durante demasiado tiempo.

En estos casos, el apoyo de los demás es determinante, pero al mismo tiempo necesitamos una voz interna suficientemente dispuesta a aliarse con ese apoyo, que confíe y que mantenga sus palabras de ánimo cuando no estén.

En otras palabras, antes o después nos quedaremos solos, solas, para afrontar lo que sea que nos aflija sin la mano física en la espalda o sin la mirada comprensiva. Ahí es cuando esa voz interna se convierte en nuestra aliada o nuestra enemiga, en función del camino que abramos. Lo primero a la hora de afrontar el impacto de una situación difícil es que tenemos que recordar que la emoción manda; nuestra percepción, nuestro razonamiento y nuestra planificación se van a ver limitados por la explosión emocional. Entonces no conviene tomar decisiones importantes en caliente –de ahí la necesidad de buena compañía–, porque serán decisiones dirigidas a mitigar el impacto emocional aunque suenen perfectamente razonables en ese momento (recordemos que la toma de decisiones es en gran parte emocional; es decir, decidimos en función de lo que nos hace sentir la opción que elegimos).

Conocer este proceso involuntario nos permite tomarnos tiempo. Vamos a necesitar hacer cosas durante ese tiempo pero por lo menos no nos vamos a empujar más allá de lo que podemos en cada momento. Entre ellas, darnos el permiso de buscar lo que nos viene bien, porque esto nos ayudará a estabilizarnos (las conversaciones con los incondicionales, dormir cómo y cuando necesitemos, comer bien, y no forzarnos –lo notaremos– a adaptarnos a la vida cotidiana –de los otros–). Esta moratoria es importante porque cuando algo nos impacta emocionalmente, lógicamente trataremos de buscar la estabilidad lo antes posible, pero si nos apresuramos a cerrar el por qué de lo sucedido con una frase, o a no sentir del todo en ningún momento o hacer que no ha pasado nada, cerramos también la oportunidad de que algo diferente nos suceda. Evitaremos sentirnos derrotados o sometido al dolor; pero que sea así de vez en cuando durante el proceso no es necesariamente malo. Y sobre todo, al igual que en una herida física, la curación implica que el cuerpo expulse las impurezas.

En nuestro caso, estas no son más que unas expectativas que se rompen, unas guías que ya no podemos volver a seguir sin perdernos. Todo lo cual es imprescindible, ya que la realidad externa habrá cambiado, probablemente para siempre. Si somos entonces conscientes de lo que nos pasa cuando “cerramos un capítulo”, quizá podamos observarnos con compasión y comprensión, confiar en que echaremos mano de lo que venimos aprendiendo y de los que nos quieren, para ver que lo que hoy se viste de dolor allá en el fondo y cuando llegue el momento de desvestirse, destapará realmente la oportunidad.