2019/08/11

Eirikur Orn Norddahl
 
«Ahora mismo la izquierda trabaja en la misma dirección que la derecha y se mueve en su misma órbita y espacio» - Eirikur Orn Norddahl
Queralt Castillo
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Illska. La maldad” (Hoja de Lata, 2019), de Eirikur Orn Norddahl (Reikiavik, 1978), se mueve entre la novela y el ensayo. Amor, fascismo e historia. Populismo y un nazi culto y simpático que es capaz de enamorar al lector. Es esta una historia que retrata el auge del populismo, la decepción, las expectativas y la traición. Retrata el Holocausto lejos de Auschwitz o Mauthausen para enseñar el nazismo del día a día, el que encerró a judíos de toda Europa en sótanos, escondidos de sus vecinos desde que empezaran a mirarlos de reojo. En “Illska. La maldad ”, Agnes, una doctoranda que estudia el fascismo, se enamora de uno de los nazis a los que entrevista, Arnór. El triángulo amoroso se completa con Ómar, la pareja de ella. La historia de amor a tres se entrelaza, como un puzle, con la masacre de los judíos de Jurbarkas, en Lituania. En 1941, la mitad del pueblo mató a la otra mitad. Se calcula que perecieron unas dos mil personas. Con un lenguaje seco, pero increíblemente poético, Eirikur Orn Norddahl es capaz de presentar, a través de la polifonía, una fotografía tridimensional de la Europa de los últimos años, una historia de amor a tres de lo más común y la peligrosidad de una ideología, el fascismo, que cada vez se vuelve más real en nuestras calles.

¿Cómo se lanza a hablar del Holocausto, un tema del que tanto se ha dicho? Hay muchísima documentación, libros y películas. ¿Qué se puede decir del Holocausto que no se haya dicho ya?

En primer lugar, la coincidencia me llevó ahí: en 2008 fui a un festival literario en Jurbarkas, en Lituania, y me enteré de la historia del pueblo: durante la Segunda Guerra Mundial, colaboracionistas locales de los nazis masacraron a todos los judíos. De vuelta a casa, investigué sobre esa historia. Después pensé: ¿Cuál es el libro que nunca escribiría? Una novela histórica. Es cierto que ‘Illska. La maldad’ no es una novela histórica, pero sí tiene algunas características. Decidí ir un poco más lejos: ¿Qué tipo de novela histórica nunca escribiría? Una novela sobre el Holocausto, sin lugar a duda. Y ahí me di cuenta de la dificultad añadida que mencionas: hay muchísima cultura literaria alrededor del Holocausto y una especie de dramatismo bonito que se ha construido alrededor de este hecho histórico. Después de ver las películas que tratan el tema, la gente se siente bien. Piensan: ‘¡qué bien no ser un nazi! ¡menos mal que ya no existen!’ Esto es una simplificación muy peligrosa sobre la realidad nazi y la realidad contemporánea. Lo tomé como un reto.

Un dramatismo que atrae. El Holocausto continúa despertando mucho interés a diferencia de otros genocidios, como el de Ruanda o el de pueblo armenio. ¿Por qué continúa atrayendo?

Hay varias razones. Creo que el Holocausto es el peor crimen que ha cometido la humanidad. Por otro lado, es nuestro crimen, es el crimen de Europa, es nuestra culpa. Siempre quisimos ser alemanes, menos durante el nazismo. No obstante, en todos los países hay movimientos equivalentes, y en muchos de ellos tuvimos fascistas elegidos democráticamente, incluso antes que Hitler. Había una realidad política compartida en toda Europa y eso es algo que tendremos que cargar para siempre.

¿Son las nuevas generaciones de jóvenes conscientes de lo que realmente pasó y de la peligrosidad de coquetear con el fascismo?

Hay una pregunta que nos debemos hacer: ‘¿A qué edad se nos puede empezar a hablar del Holocausto?’ Yo se lo expliqué a mis hijos cuando salió el tema; creo que es importante hablar de cosas complejas con los niños, si sale la ocasión. Evitamos el dramatismo, se les explican los hechos y ellos sacarán sus interpretaciones. Los sobreprotegemos y luego esperamos que a los 18 años lleguen a la universidad sabiéndolo todo. ¿Cómo lo van a saber si no se lo explicamos?

Se obsesionó con la extrema derecha cuando era un adolescente. En «Illska. La maldad» menciona a Einstein, que con el auge del nazismo decía que no había razón para desesperar. Quizás miraba hacia otro lado, que es lo que se hace ahora con lo que pasa en las fronteras y en nuestros mares. ¿La historia se repite?

Siempre se encuentran justificaciones para los asuntos que nos causan incomodidad. En Alemania, la gente sabía lo que pasaba, dejaron de ver a judíos en sus calles y, además, se sabía cuál era el proyecto político: empujar a los judíos hacia Israel. Hacía tiempo que se buscaba un hogar nacional judío: se había hablado de Argentina, de Sudáfrica o de Madagascar. Los nazis, los antisemitas británicos y otros colectivos financiaban ese proyecto. Mucha gente en Europa, cuando dejó de ver a los judíos en las calles, dijo: ‘¡Ah, pensábamos que se habían marchado a Madagascar!’. Pero lo cierto es que todo el mundo sabía a dónde los llevaban. Posiblemente se comentase en pequeños grupos. La gente recrea esas justificaciones todo el tiempo, y es lo que nosotros estamos haciendo ahora con los refugiados. Vivimos en una espiral del silencio que parece no tener fin, y terminamos justificándolo todo para evitar la culpa.

Hay un auge de popularidad de los partidos de extrema derecha. ¿Es un síntoma o una consecuencia?

Es un síntoma de la época post capitalista en la que vivimos. El discurso fascista entra muy bien: vivimos en un tiempo con muchísima gente marginada en Europa. Alguna de esta gente marginada se organiza contra la otra gente marginada porque cree que los otros les están robando oportunidades. Sin embargo, el fascismo también puede ser visto como el fallo de la izquierda, y eso es una consecuencia.

Esa era la siguiente pregunta. ¿Dónde están las izquierdas?

La izquierda ya no es izquierda. ¿Al Partido Socialista Español se le puede considerar izquierda? No. Representan el ideal y en el espectro político se autodenominan de izquierdas, pero no son izquierda. Ocupan un espacio grande en el margen izquierdo de ese espectro político, pero sin hacer políticas de izquierdas. En Europa, aunque hubiese más gobiernos de izquierda, no serviría para nada, porque no aplicarían políticas de izquierdas. Ahora mismo la izquierda trabaja en la misma dirección que la derecha y se mueve en su misma órbita y espacio. Y es, precisamente en ese espacio, donde cada vez hay menos seguridad, lo que hace aparecer la rabia de los que abrazan la extrema derecha.

¿Dónde ha quedado la fuerza del 15M, el Ocuppy Wall Street o las revueltas árabes de 2011? Hubo un momento en que parecía haber cierta esperanza. La gente tenía ganas de cambiar las cosas.

Esos discursos fueron engullidos por el stablishment político. En Irlanda, muchos de esos líderes de las plazas terminaron en el parlamento con trabajos bien pagados y viajando de un sitio a otro cada semana. Perdieron la perspectiva y se convirtieron en políticos profesionales. Dejaron la política a pie de calle y la movilización. Lo único que ha pasado es que sus líderes están en las instituciones y se han profesionalizado. Perdimos los líderes y el movimiento y es una lección que debe ser aprendida. Hay mucho poder en el parlamento, pero el verdadero poder está en la calle, siempre y cuando esté organizado.

Con el personaje de Arnór rompe los estereotipos del nazi: es una persona muy leída, increíblemente culta y con las ideas bien argumentadas.

Solemos creer que los fascistas son estúpidos, y tampoco vamos tan desencaminados. Algunos líderes fascistas lo son, pero también hay fascistas intelectuales cultivados que escriben libros y artículos. Hay toda una filosofía e historia del pensamiento fascista que no debe ser ignorada. Quería que fuese difícil para el lector odiar a Arnór. Desde el principio supe que un nazi no iba a generar simpatía en los lectores; además, tenía que buscar el modo de no odiarlo yo mismo, así que también le di parte de mi infancia. Quería que fuese un personaje cercano, que la gente no lo odiase del todo.

Pero asusta cuando te das cuenta de que no lo odias y de que has generado empatía hacia el nazi. Pasa en “El club de la lucha” o en “American History X”.

Eso me pasó a mi con ‘Hable con ella’, de Almodóvar. ¿Cómo puedes sentir pena por un tío que viola a una mujer en coma? Sientes que su amor es puro, pero tu cabeza te dice que es un monstruo horrible. Esto hace que pensemos en nuestros puntos ciegos. Es la riqueza del arte. Cuando tenía 16 años leí “Crimen y Castigo” y pronto me di cuenta de que eso es lo que hacemos los humanos: hacer algo mal y luego justificarnos hasta que se nos perdona. Lo hacemos todo el tiempo. ‘Illska. La maldad’ va precisamente de eso.

¿Qué es la maldad?

Es la justificación de esos puntos ciegos y la manera en cómo nos hacemos fáciles las cosas. Es en ese punto, en el hacerse fácil la vida, donde aparece la maldad. No creo que la gente sea mala, pero todo el mundo es capaz de generar maldad de diferentes maneras e intensidades. Hay maldades banales y luego tienes el Holocausto. Lo que siempre hacemos es justificar nuestras maldades: estaba triste, estaba enfadado, estaba borracho, tenía el corazón roto, el otro se lo merece o tuve una infancia difícil. Inventamos un sinfín de excusas y razones para justificar nuestras maldades; y no creo que nadie sea puro o pueda escapar de eso.

¿No se puede hacer nada para escapar de la maldad?

No. Tan solo gestionarla como podamos y, sobre todo, ser capaces de perdonarnos a nosotros mismos. Si no nos perdonamos, nos volvemos peores.

El texto tiene tres voces diferentes, pero la estructura de la novela, en partes cortas y bien diferenciadas, hace que la lectura sea fácil. Las tramas están sorprendentemente bien entrelazadas, no parece sencillo.

Estuve dos años escribiendo sin parar, sin saber hacia dónde iba. Después fui recortando aquellos textos y los estructuré en tres partes, cada una de ellas contiene 150 partes pequeñas en las que se alternan diferentes voces. Cuando tenía el espacio matemático definido, fue fácil mantener la temporalidad del relato para que funcionase. Antes de organizarlo todo leí ‘A diary of a bad year’ de J.M Coetzee (Viking Books, 2008), un libro con tres voces que se interrumpen constantemente entre ellas. Me fascinó que pudiese leerlo sin confundirme, y me di cuenta de que es así como leemos actualmente: leemos un poquito en el móvil, pasamos al ordenador, donde tenemos cien pestañas abiertas, leemos media noticia, nos cansamos, nos vamos a otra... Y así funcionan las redes sociales, en cierta manera, como voces fragmentadas. ¿Y si fuese más fácil leer de esta manera?

Fundó y es miembro de Nýhil, una cooperativa de poetas. Hacen autoedición y son uno de los referentes del espectro creativo independiente en Islandia. ¿Son necesarios este tipo de iniciativas, apartadas de los circuitos culturales «mainstream»?

El circuito underground es inmensamente importante. La sangre del tejido cultural islandés procede de iniciativas autogestionadas, en la mayoría de los casos. En los últimos 30 años, todos los poetas islandeses se han autoeditado o han estado en estos círculos creativos que se encuentran fuera de los circuitos populares. Casi todos los escritores empiezan allí, se curten y luego se instalan en editoriales más grandes. Y realmente creo que ese es el proceso: es necesario aprender lo que implica la edición y tener opiniones. Ser escritor es más que entregar un manuscrito en una editorial, es aprender a formar parte del proceso. Eso no implica que se tenga que hacer todo, pero sí tener una opinión.

«Tener a gente en prisión por las ideas políticas es de fascistas», dijo hace poco en la entrevista que le hicieron en Fira Literal en Barcelona.

Encarcelar a los oponentes políticos es un movimiento fascista, pase donde pase. Estoy fascinado con la política española y catalana, pero la encuentro muy complicada. Me sobrepasa, es apabullante todo lo que pasa.

Varoufakis distingue entre ser patriota y ser nacionalista ¿Cuál es la diferencia?

No creo que haya demasiada diferencia, pero sí es cierto que es una diferencia que se oye a menudo, sobre todo, en la escena política norteamericana. Creo que los que se autodenominan patriotas son más liberales y no se quieren identificar con los nacionalistas de extrema derecha. Yo me identifico con el internacionalismo, no creo en los estados independientes, pero respeto que la gente sí quiera independizarse. Nunca le diría a nadie que no puede o que debe ser independiente. A pesar de ser internacionalista, creo que el poder se tiene que mantener lo más local posible; y tiene que emanar de la calle. Creo en formar parte de una comunidad internacional.

¿Utopía?

Posiblemente. Tengo dos por excelencia. Por una parte, creo que todo el mundo debería tener el mismo poder económico; sé que es complicado, pero deberíamos movernos hacia esa dirección. En segundo lugar, creo que deberíamos desmantelar todas las fronteras.

¿Se está perdiendo el valor de la palabra nazis por un sobreuso? Usted mismo dice que a veces su hijo le llama nazi cuando no hace lo que él quiere. ¿Hemos banalizado la palabra?

No creo en la banalización de las palabras. Creo que las palabras tienen diferentes significados y pesos, dependiendo del contexto. La misma palabra en dos situaciones diferentes tiene significados completamente distintos. El ‘fascista’ que emplea mi hijo de diez años no tiene nada que ver con el ‘fascista’ que yo empleo para dirigirme a Le Pen. No creo que sea un problema ni que nadie lo use mejor que nadie.

«Lo que hacemos los humanos es hacer algo mal y luego justificarnos hasta que se nos perdona»

«No podemos escapar de la maldad, tan solo gestionarla como podamos y, sobre todo, ser capaces de perdonarnos a nosotros mismos. Si no nos perdonamos, nos volvemos peores»

«Encarcelar a los oponentes políticos es un movimiento fascista, pase donde pase. Estoy fascinado con la política española y catalana, pero la encuentro muy complicada»