2019/10/06

Erreportajea
La memoria de la niñez
Los juguetes perdidos del comunismo

Un coleccionista recorre Rumanía con una exposición de miles de juguetes de la década de los 70 que han sido rescatados en su mayoría de diferentes ferias, y también del abandono. Son los juguetes de los niños rumanos de esa década, que ahora los contemplan ya en la edad adulta. Un encuentro nada fácil para el visitante, ya que supone para muchos mirarse en el espejo y recordar su pasado personal en un país donde la negación del pasado se ha convertido en la ideología dominante de los últimos años.

Corina Tulbure
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Los pioneros rumanos (juventudes comunistas) de la época de la Guerra Fría también jugaban. Era posible modificar los juguetes, destrozarlos, rehacerlos, regalarlos, amarlos, pero nunca olvidarlos. Los juguetes no solo eran la compañía y los interlocutores diarios, sino que se dejaban a los hermanos, vecinos o eran cortejados por todo el grupo de los pioneros del bloque, como, por ejemplo, un cochecito a pedales, caro y difícil de conseguir, que provocaba colas de pioneros que querían pedalear un rato. Ningún partido habría podido entrometerse en la mente de los niños. «Había una relación afectiva con los juguetes, una relación que duraba años, no solo unas pocas horas después de comprarlos», se ríe Cristian Dumitru, ingeniero coleccionista de juguetes. En el comercio, dependiendo de la década, si había crisis económica o no, si estaba de moda la relación con un país o con otro, había escasez de colores. Más que de juguetes, la escasez era de materiales. Y la imaginación de los más pequeños era insaciable. No podía con ella ni la censura.

Así es que en la década de los 70 o de los 80 una forma de tráfico florecía en las fronteras aéreas o terrestres de Rumanía, el tráfico de juguetes. El Telón de Acero no conseguía controlarlo. Dentro del país existía toda una red de distribución y de multiplicación del nuevo juguete introducido en el mercado. No es que se censuraran, sino todo lo contrario: se pedían más y más y por eso se buscaban nuevos modelos. El comercio clandestino o “bajo cuerda”, como se llamaba, era «un sistema absolutamente reglado. Había una red preparada, protagonizada por los pilotos y la tripulación de los aviones que iban al extranjero, y un disco de música o un juguete muy pequeño de algún país del otro lado del Muro de Berlín o de otros países del Este era fácil de introducir en Rumanía. Mi mejor amigo de clase era un tipo que tenía juguetes que no se encontraban en el mercado. Su padre era un chófer de camión que iba al extranjero y, al regresar, escondía juguetes. Nos hicieron un día una prueba, una especie de examen de orientación profesional y nos preguntaron qué profesión pensábamos elegir de mayores. De los cuarenta chicos, 38 dijeron que querían ser chófer de camión. En general se compraban juguetes japoneses que en aquel momento, en los 70, eran famosos en Alemania del Este», cuenta Cristian Dumitru. El ingeniero quiere recuperar toda la infancia de la época comunista, no solo los juguetes. Va en busca de sus huellas: manuales escolares, cajas de bombones o cuadernos de los antiguos pioneros hoy día convertidos en hombres de negocios o inmigrantes. Lo que le da miedo a Cristian es el olvido, que la gente olvide los juguetes y con ellos se pierda su memoria.

La época de la transición en Rumanía, tras 1989, fue dominada por líderes políticos y mediáticos defensores de la entrada en la UE, muchas veces bajo la condición de haber borrado todo pasado anterior a ese año. Existe una memoria oficial, difundida y reconocida, de este pasado anterior a 1989 basada en su condena y negación. Al lado coexiste otra memoria, la de los objetos y de la vida diaria de aquel entonces y que forma la memoria de cualquier persona que haya vivido en Rumanía antes de ese año. Parece que las dos se entrecruzan solo a ratos o han sido obligadas a separarse. Recientemente un partido de poco recorrido en el escenario político rumano, formado por gente joven y considerado de centro, USR (Unión Salvad Rumanía) ha emitido una propuesta de ley conforme a la cual se pena con 10 años de cárcel la promoción de cualquier símbolo comunista. No se especifica demasiado en la propuesta de ley qué formas tiene este símbolo: podría ser cualquier cosa, desde un libro de Marx o Gramsci hasta un cochecito de juguetes con un chófer de plástico con corbata de pionero. En la condena del pasado cabe todo.

Se emigra sin juguetes. El ingeniero Cristian Dumitru inició su colección cuando era adolescente, en los años 80. Una parte de este mundo, que abarca unos 1.500 juguetes, se ha expuesto en un museo de Suceava, una ciudad al norte de Rumanía: «Primero los nos pasábamos de generación en generación. El juguete era un pequeño lujo en la década de los 70 o los 80. Cuando yo me aburría de un juguete se lo dejaba a mi hermano que, a su vez, lo hacía sobrevivir para pasárselo al hermano menor, había una diferencia de 12 años entre ellos. Y en la misma época empecé a coleccionar maquetas de cochecitos, de trenecitos. Y en los 80 se habían convertido en una pequeña colección que ha ido creciendo en la medida en que encontraba juguetes viejos en casa de mis amigos. En 1889 tenía cientos de ellos».

Pero el golpe de suerte para Dumitru llegó en la década de los 90 con la primera emigración masiva de ciudadanos rumanos durante la llamada época de la “transición” hacia un nuevo modelo económico. En aquel momento, el destino era Canadá o EEUU gracias a los programas de visados, sobre todo para profesionales de la ciencia. «Miles de personas emigraban. La gente vendía su piso en busca de dinero para iniciar su vida allí. Y con el piso se deshacían de muchos recuerdos. Me llamaban amigos y me decían: ‘Ven, que se va mi primo, vete a recoger los juguetes, que los va a tirar’. La gente tiraba sacos enteros. En aquel entonces se emigraba así. Por un lado estabas alegre porque encontrabas cosas; pero, por otro lado, estabas triste. Mi prima dejó aquí sacos enteros llenos. Ahora, después de décadas, se ha llevado dos muñecas a Canadá. Tiene a su familia allí, vienen a Rumanía muy de vez en cuando, pero sigue por internet todas mis exposiciones de juguetes».

Dumitru dirige junto con su hermano el Museo de los Juguetes en Bucarest y su casa es un depósito de esa memoria de los niños pioneros: «No tengo dónde guardarlo todo: cámaras de fotos viejas, maquetas inmensas de juguetes, cuadernos de primaria de la época comunista, abecedarios, libros de texto, uniformes». Una memoria hecha de piezas sueltas que va coleccionando y ensamblando en las exposiciones con las que recorre el país. Sin embargo, en la exposición que tuvo lugar en la ciudad de Suceava, donde mostraba juguetes desde 1930 a 1980, la mayoría de los visitantes han sido adultos. Más de una lágrima ha caído sobre el suelo del museo. «Los niños se quedan solo media hora, los adultos no se pueden ir de allí. Una mujer ha visto una muñeca de trapo de los 50 y no se podía separar de ella. Yo mismo, a veces, cuando voy a una feria veo un juguete que recuerdo haber tenido y es toda una memoria la que se reaviva».

Jugar, un nunca acabar. «Nosotros hemos sido una generación que en un determinado momento hemos tenido que hacernos solos los juguetes», comenta el ingeniero y coleccionista. ¿Y cómo eran? Toda una generación se crió con el cochecito Dacia, que imitaba el Renault de los adultos. La diferencia por sexo determinaba el modelo de juguete, aunque en aquella época muchas de las fábricas donde trabajaban miles de hombres estaban dirigidas por mujeres. Sin embargo, en las casas de los pioneros los roles seguían diferenciados. Ellos tenían coches y trenes, y no se vendían juguetes que pudieran inducir a la violencia: ni tanques, ni pistolas, excepto las de agua. Las pioneras tenían sus muñecas, aunque diferentes a la Barbie. No era pecado capital que la muñeca tuviera unos kilos de más y eran de todos los colores, no solo rubias. La máquina de coser Rodica que imitaba a una real era el juguete de cualquier pionera: «Hasta conocí a una señora que se arregló las cortinas con esa máquina». Además, todo el mundo sabía qué juguete tenía el otro.

Lo que el pionero aprendía de pequeño era a hacer de adulto. Se vendían cocinas en miniatura, muebles para baños, juegos para montar y desmontar coches. A los juguetes que uno encontraba en el mercado, se añadían los que cualquier pionero fabricaba: «Existían clubs de los pioneros, donde uno aprendía ya con ocho años a confeccionar sus propios juguetes. Yo iba a un club que se llamaba Mecánica y Juguetes. Todavía hoy recuerdo al profesor Niculescu que, desde los 50, publicaba libros sobre cómo confeccionarlos o cómo comprar un juguete sencillo del comercio y ponerle un motor. Estoy hablando de libros publicados en los años 50 o 60 con los proyectos que él creaba. Teníamos allí toda la maquinaria para hacerlo, era un pequeño taller en el que hacíamos los juguetes más complicados que nos podíamos imaginar. Había maquetas del tamaño de una habitación, maquetas de trenecitos, y nosotros las mejorábamos. Cuando se derrumbó el Club del Pionero se acabó también con la vida de la maqueta, nadie supo nada más de ella». Recuerda que a los 6 años le regalaron un avión que producía chispas y explosiones y que hoy día sería considerado un juguete peligroso.

Los que más éxito tenían también eran los que te exigían actuar como un adulto: montar y desmontar camiones, conducir trenes: «Algunos juguetes eran incluso moralizadores». Hasta hoy, Dumitru guarda más de cien maquetas y unos 15.000 juguetes, de los cuales la mayoría los ha adquirido a través de redes de personas, antes de la llegada de la compra online: «A veces la gente me los regala, los que se van. Aparece entonces el nombre de la persona que ha donado los juguetes». El coleccionista quiere guardar no solo el objeto, sino también la historia del dueño del objeto. «Es parte de nuestra memoria colectiva y de nuestra vida, incluso ahora, de alguna manera. No puedo decir que no tuviéramos juguetes, tuvimos tantos cuantos necesitamos. Era otro mundo. Había más de 200 fábricas que los fabricaban, no tenían tecnología, pero se vendían de forma muy rápida y por eso se instaló la monotonía, se producía lo mismo. En los años 80 se importaban desde Alemania del Este y de Bulgaria. Se copiaban modelos de fuera; por ejemplo, los de Hungría copiaban modelos de Alemania, y en Rumanía vendíamos los mismos juguetes de Hungría».

Los pioneros de diferentes países del otro lado del Telón de Acero jugaban con los mismos modelos, no tan diferentes de sus colegas occidentales. No obstante, tras lo caída del Muro, los antiguos pioneros no supieron muy bien qué hacer con sus juguetes ni con su pasado. Muchos de ellos los tiraron. Y muchos otros guardan en su mente algún recuerdo de su infancia, algún juguete que ya no se fabrica, porque todo su pasado ha desaparecido: «Los que más se enganchan a mis juguetes son los adultos, algunos me siguen en todas las exposiciones itinerantes que hago», señala Dumitru.