2019/10/20

Erreportajea
LA POLÍTICA ANTE EL ESPEJO
Desnudando el «poder» en una sola mirada

Las apariencias engañan. ¿O quizá no? En tiempos de redes sociales, de postureo y de fake news, tal vez deberíamos replantearnos esta vieja creencia. Dicen que el mayor requisito para que una mentira triunfe es que haya alguien dispuesto a creérsela. Pero el mundo nos habla constantemente a través de los sentidos y mentir a través de ellos se antoja bastante más difícil. En su último libro, Patrycia Centeno se sumerge en la esfera política y analiza lo que sus líderes nos comunican «sin decir ni mu».

Iraia Oiarzabal
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Si apagásemos el volumen del televisor mientras emiten la rueda de prensa del presidente del gobierno o un acto de campaña electoral, ¿qué ocurriría? Pues simplemente, que observaríamos la verdad. Así lo afirma la periodista y analista de comunicación política Patrycia Centeno, conocida en redes como @politicaymoda, que en su último libro, “Sin decir ni Mu”, analiza el peso de la comunicación no verbal en los discursos políticos. Unir los conceptos política y verdad en el mismo enunciado puede resultar incongruente para muchos. El desencanto con la clase política es una realidad que no entiende de idiomas y la credibilidad de los políticos cotiza a la baja. Pero, ¿y si en lugar de atender a sus discursos fijamos la mirada en lo que nos transmiten sus gestos o su vestimenta? A los escépticos: dense una oportunidad para observar lo que la imagen nos transmite. No es algo meramente superficial.

«Desde pequeñitos no enseñan a mentir con la palabra. Incluso esa recomendación de madres o abuelas de que si te preguntan por la calle cómo estás, tienes que decir que bien. Es una forma de relacionarnos socialmente. Estamos totalmente acostumbrados a falsear con la palabra. En cambio con la comunicación no verbal esa formación no se nos da», reflexiona Centeno. ¿Pero qué clase de mundo crearíamos si empezáramos todos a manipular también con el lenguaje no hablado? Bien, no es tan fácil porque, como indica la analista, son dos idiomas muy distintos. «Así como la palabra es algo muy consciente, es algo muy preparado y muy humano, requiere de la razón, con el lenguaje no hablado no es así. La comunicación no verbal, sobre todo el lenguaje corporal, depende más de la emoción, de los sentimientos y de la intuición. Es un lenguaje inconsciente que no podemos llegar a controlar del mismo modo que el discurso hablado».

He aquí algunos datos, basados en el análisis de Albert Mehrabian, que ilustran el peso de la comunicación no verbal: el impacto total que la palabra tiene en el mensaje se corresponde a un 7%, un 38% recae en el lenguaje paraverbal (entonación, silencio, cadencia…) y un 55% se corresponde con la comunicación no verbal. No conviene, por tanto, subestimar su importancia.

«Normalmente cuando hablamos del postureo, la teatralización o la puesta en escena del universo político siempre hablamos en términos peyorativos», advierte Centeno. Sin embargo, hay millones de asesores enfocados solamente a maquillar con la palabra: los conocidos como spin doctor. Preparan el discurso de nuestros políticos y están apuntando marcos para que en nuestro subconsciente quede toda esa programación lingüística y nos acerquemos a su mensaje. «Eso lo vemos normal y, en cambio, cuando hablamos de usar una estrategia de comunicación no verbal como puede ser la puesta en escena, el lenguaje corporal o la vestimenta, nos parece un horror. No», constata. Y añade que el peligro reside en qué uso se hace de esas estrategias y con qué fin.

Es decir, es importante discernir cuándo el empleo táctico de las emociones está dirigido a manipular al público. Las emociones juegan un papel esencial y hay que valorarlas en su justa medida; sin demonizarlas como fuente de demagogia, radicalismo o populismo. Aunque obviamente también son –lo han sido históricamente– herramienta para los sectores más reaccionarios. «La megalomanía que acompaña al postureo político toma su adaptación más perversa cuando logra agitar a las masas a través de emociones negativas. Por eso si hay un concepto que resuma perfectamente o mejor combine con la estética populista, ese es el postureo», explica la analista.

El valor de ser vulnerable ¿Qué imagen tenemos de los líderes políticos? ¿Valoramos de igual forma su conducta sea hombre o sea mujer? Rotundamente, no. La influencia del sistema heteropatriarcal es clara también en política. Centeno explica que la imagen del poder está construida en tres cualidades: la seguridad, la seriedad y la proximidad. «En el único en el que las mujeres nos hemos podido sentir cómodas ha sido en el de la proximidad. Porque social y culturalmente esas cualidades están tipificadas y a las mujeres como que se nos concede que tengamos mucha más empatía que los hombres. La seguridad y la seriedad, que social y culturalmente sí están estipuladas como cualidades que tienen más que ver con la madurez e incluso con la fuerza, se las otorgamos a los hombres. Históricamente, a través de los siglos, se nos ha enviado ese código. Para ser poderoso, para ser un gran líder o para ser un buen estratega tienes que ser una persona con experiencia y además fuerte físicamente y emocionalmente. Es como si a las mujeres se nos estuvieran poniendo unos límites: hasta aquí podéis entrar», expresa.

El mínimo gesto puede ser muestra de ello. Por ejemplo, Centeno menciona en el libro la diferencia en la toma de espacio por parte de hombres y mujeres. «A priori puede que no implique nada más, pero los hombres toman más terreno que nosotras y, por lo tanto, suelen considerar que es lo normal. Es decir, a ellos les llega la señal de que merecen más espacio y libertad (y tienden a expandirse) y a nosotras la de que debemos pasar desapercibidas para que no nos ataquen».

Frente a ello, a lo largo de la historia se ha tendido a imitar el patrón masculino y es ahora cuando esa visión del poder y del liderazgo está cambiando. «Ha llegado un momento en el que hablamos de inteligencia emocional y la inteligencia emocional no tiene tanto que ver con la fuerza física como con la fuerza emocional. También está probado científicamente que las mujeres estamos mucho más preparadas no solo para empatizar sino para enfrentarnos a situaciones muy delicadas. Seguramente por todo este recorrido histórico que nos ha tocado padecer como sexo débil, hemos soportado circunstancias mucho más duras, más pesadas», sostiene.

Otro ejemplo: cuando se produce un ataque es muy común que el líder de ese pueblo atacado salga públicamente con un mensaje amenazante. Si tú me atacas yo te ataco, esa es la idea. Centeno pone sobre la mesa un caso que muestra otra forma de responder en situaciones de crisis, el de la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern. «Tras los ataques contra las mezquitas de Christchurch lanzó un llamamiento a la unidad, a comprometerse con un mensaje de amor y apoyo a todas las personas que sufrieron. Estamos viviendo como una evolución hacia darnos cuenta de que la vulnerabilidad no es debilidad».

A su juicio, estamos denotando que la fuerza física, el dominio o la autoridad no son tan eficaces para poder convencer o poder vivir en sociedad. Lamenta, no obstante, que los referentes de feminización de la comunicación aún siguen siendo hombres. «Lo vemos en referentes como Barack Obama. A ellos les permitimos que se les caiga una lágrima, que su sonrisa no sea diplomática o falsa sino que sea sincera, que puedan estar jugueteando con niños, que en un momento u otro puedan explicar anécdotas personales e íntimas… Todo eso a las mujeres se nos censura y no solo eso, nosotras mismas muchas veces nos autocensuramos porque durante muchos siglos hemos sido el sexo débil y ahora no nos podemos permitir transmitir esa vulnerabilidad», señala. Podríamos hablar de la sanción social de género.

La feminización es el futuro Durante décadas, las mujeres que han dado el salto a la esfera política se han tenido que estar enfrentando a un sistema que las rechazaba. En un momento de cambio político y social, en el que cada vez es más palpable el feminismo en las calles, la analista cree de justicia reconocer que todas ellas, sean de derechas o de izquierdas, han aguantado y han sumado a «siglos de lucha caracterizados por un exceso de testosterona». «Margaret Tahtcher no sería un liderazgo o un patrón femenino, porque es muy masculino, pero también porque en ese momento no tenía otra. El día en que dice que se va a presentar a primera ministra británica, lo primero que le dicen sus asesores es que tiene que retirarse las joyas, el bolso, los tocados y además tiene que cambiar su entonación porque es demasiado femenina. Ella dice que de acuerdo pero que las perlas y el bolso ni tocarlos. Sí que es cierto que lo que nos transmite con su imagen, incluso con los tejidos de su indumentaria y las líneas tan rectas de sus looks, incluso con su lenguaje corporal, es una comunicación no verbal muy alfa. Es comunicación política de seguridad, de seriedad, de autoritarismo, de dominio, de control, de fuerza física… Pero a cambio ella quiso mantener algún filón femenino», concluye.

Viniendo a tiempos más cercanos, relata por ejemplo cómo Angela Merkel sí tuvo que renunciar a toda su indumentaria y su gesticulación porque todo su entorno era masculino y los medios de comunicación no daban cuenta de su mensaje hablado sino de todo lo que comunicaba. «Estábamos acostumbrados a que todo el liderazgo, tanto político como social estuviera dominado por hombres. No es fácil. Tú llegas allí, que ya es complicadísimo, y se te presenta un problema añadido: ¿Cómo asumo este liderazgo? ¿Imito a mis colegas hombres o apuesto por desarrollar un nuevo modelo?», se pregunta.

En busca de nuevos patrones, resulta inevitable mencionar a la congresista demócrata en EEUU Alexandria Ocasio-Cortez. «En este momento es un fenómeno. ¿Por qué? Porque es una mujer que aun siendo de izquierdas, porque normalmente las mujeres de izquierdas tienen más problemas para incluso defender la cuestión de la estética o de la empatía, como que se les exige que sean más fuertes también que una mujer de derechas, ella reconoce públicamente que se maquilla, se pone tacones… No solo eso es la feminidad, incluso en su lenguaje corporal el hecho de poder sonreír sinceramente, de poder llorar, de poder expresarse… Podríamos decir que es un líder vulnerable pero, aun transmitiéndonos toda esa vulnerabilidad, no la percibimos como una persona débil sino como una persona muy fuerte que tiene un autoestima muy alto, cree en ella misma y que puede permitirse el lujo de explicarnos sus pequeños momentos. Esa sí que es la humanización», señala.

Ahora bien, no confundamos humanizar al político con ridiculizarlo. Una confusión en la que, cree Centeno, muchos asesores están cayendo. «Humanizar no quiere decir que te vayas a un programa de televisión y empieces a bailar, a cocinar… Humanizar es: yo te veo como un igual pero aun así quiero que me lideres porque confío en tus capacidades intelectuales».

La indumentaria y algunos falsos credos «No es la apariencia, es la esencia. No es el dinero, es la educación. No es la ropa, es la clase». Estas palabras de Coco Chanel que Centeno incluye en su obra resumen a la perfección la importancia de la indumentaria a la vez que desnudan algunas falsas creencias al respecto. «La religión y la filosofía occidental nos han machacado hasta la saciedad diciendo que todo lo que tiene que ver con el cuerpo es negativo. Esa ideología aún a día de hoy sigue teniendo parte de sus seguidores. Dentro de la izquierda es como un credo que todo lo que tenga que ver con la apariencia es negativo. Teniendo en cuenta que en teoría a la izquierda todo ese tipo de religiones le quedan aparte, aún así defiende teorías tan pobres como esta. Cuando hablamos de indumentaria lo que ocurre es que se ve solo como un trozo de tela que nos camufla», advierte.

Si damos por buena la premisa de que el sistema político es conservador por defecto, cualquier cambio será percibido como una amenaza. «Y cualquier cambio puede ser algo tan “ridículo” como un cambio estético. Que utilices maquillaje, que lleves un bolso, que utilices unos tacones e incluso entre los hombres que aparezcan con rasta, que se deshagan de la corbata o que aparezcan con una camiseta es una amenaza para el sistema político conservador», afirma. En este sentido, observa diferencias evidentes entre hombres y mujeres, así como signos incipientes de que algo está cambiando. «A la mujer siempre se nos critica sea porque vestimos de una manera muy femenina o sea porque vestimos de una manera muy masculina. La forma de vestir masculina ya está reconocida en la política y en la sociedad. Es decir, dentro de los negocios la primera época en que llegó la mujer y empezó a romper los techos de cristal estábamos acostumbradas a verlas vestidas como ejecutivos, imitando las formas masculinas para emular el cuerpo de los hombres y parecer más poderosas (hombreras, cortes rectos…). Esto está cambiando. La nueva revolución ya no es tanto de la mujer, hemos hecho los deberes. Creo que la revolución indumentaria depende más del hombre».

Para buscar una explicación a todo esto debemos remontarnos al siglo XIX, cuando la burguesía decide que para que el mundo los vea como seres inteligentes tienen que ser mucho más sobrios en el modo de vestir. «Ya no les preocupa que les vean como bellos sino solo que los vean como inteligentes. Entonces decide que será a partir de sus propiedades como demostrará que sigue teniendo gusto y poder económico. Sus propiedades en aquel momento eran las casas, los coches de caballos pero también eran las mujeres, amantes, hijas», expone Centeno. Es decir, los hombres renunciaron a su pluralidad indumentaria de forma voluntaria mientras las mujeres optaron por mantenerla. «Normalmente dentro de las corrientes feministas esta pluralidad indumentaria siempre se ha visto como algo negativo, que iba en contra de la mujer. Creo que es todo lo contrario. La riqueza indumentaria de la mujer sí que nos causa muchos problemas porque es una crítica constante de muchos hombres hacia las mujeres pero por otro lado es nuestra gran fuerza y nuestro gran aliado. Es una estrategia de comunicación como otra y los hombres la han perdido», añade.

Por ello cree que la tarea del hombre ahora es recuperar esa libertad, transgredir algunas normas no escritas. «Poder llegar al Congreso de los Diputados con una falda o poder utilizar rimmel… Los romanos iban con falda y no pasaba nada. Una persona culta también demuestra cierta sensibilidad hacia su cuerpo y su apariencia. Las mujeres ya hemos superado eso. Hemos demostrado que sea con una zapatilla deportiva o con un tacón podemos estar en la primera línea política y ser más capaces que cualquier compañero hombre», subraya. Y adelanta que cualquier cambio podría augurar una transformación de gran calado: «Las grandes revoluciones vienen marcadas por un vestido que anuncia el cambio de era. No ha habido un cambio de era porque falta esa revolución».

Política mediocre Entretanto estamos en un momento de desencanto generalizado y con una nueva campaña electoral acechando a la vuelta de la esquina en el Estado español. Centeno es rotunda: la clase política española deja mucho que desear también a nivel comunicativo. «Su puesta en escena es muy mediocre. Y eso es lo más terrible que nos puede pasar como sociedad. Además lo aceptamos. Muchas veces, y yo como crítica también, ponemos el foco en el político. Pero también deberíamos reflexionar y hacer autocrítica sobre qué papel y qué responsabilidad tenemos el electorado sobre ello. Nos están vendiendo no solo un mensaje hablado tristísimo, sino que la puesta en escena denota una desidia y una falta de respeto y de educación hacia las personas a las que se están dirigiendo que no sé hasta qué punto el país debería aceptarlo».

La analista hace una fuerte reivindicación del respeto diplomático. «Eso no quiere decir que te lleves bien pero sabes cuáles son las reglas del juego y sabes que dentro de la política siempre hay un momento que tienes que acabar cediendo o negociando y por lo tanto hay líneas rojas que no se pueden superar».

Por contra lo que es palpable, y la tendencia es global, tenemos ante nuestros ojos liderazgos muy alejados y nada actuales. Basta observar las imágenes de cualquier alta cumbre gubernamental. «No te sientes representado, no sabes qué hacen ni para qué sirve».

No existen recetas mágicas, así que como propone Centeno, ¿qué tal si empezamos por admitir que existen otros códigos y conductas para expresarse, interactuar y negociar? Mientras, cada imagen que nos llega desde nuestras pantallas nos señala las debilidades y carencias del poder. De dónde deseamos escapar y hacia dónde queremos ir

Prueben ahora. Shhh… Apaguen el volumen del televisor.