2019/11/10

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IKER FIDALGO
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La percepción es una construcción cultural. Nuestro cuerpo está preparado para recibir y decodificar estímulos desde su propio sistema sensorial, aunque la interpretación de los mismos está íntimamente ligada a nuestra pertenencia social. Pudiera parecer entonces que somos víctimas de un entorno visual cerrado e inamovible, respecto al que nada puede hacer nuestra imaginación, pues es parte dependiente de una estructura superior. Frente a esto, la creación cultural, entre otras muchas funciones, tiene la capacidad de cuestionar las imposiciones sociales y de proponer nuevas líneas de pensamiento. Cualquier disidencia provoca entonces un permanente estado de conflicto en el que, como público, somos desafiados por cada nueva propuesta. Esto es lo que hace que una sociedad sea susceptible de avanzar, abandonar la hegemonía de los discursos y adaptarse a los nuevos tiempos. Si no hay ruptura, no hay evolución. No hablamos únicamente de una idea concreta o de un concepto revolucionario. También en los ejercicios formales y la experimentación plástica aparecen trazas contrahegemónicas. Los gestos poéticos son tan potentes como los gritos y su eco es capaz de mantenerse incluso por más tiempo.

Dentro del marco de la segunda Bienal Internacional de Arquitectura de Euskadi Mugak, la galería Arteko de Donostia presenta la exposición “Scintillant; De Architectura Naturae”, del artista Jaime de los Ríos (Donostia, 1982). Hasta el 7 de diciembre podemos visitar esta muestra que cuenta con dos líneas principales. Por un lado, el registro de una instalación realizada a base de espejos que son acunados por el viento y la luz en un paisaje natural en Donibane Lohizune, cuya documentación videográfica actúa como prólogo para nuestra visita. Una vez dentro, varias fotografías de Jon Cazenave amplían la visión sobre la obra adquiriendo con cada positivado un corpus propio en el espacio de la galería. Por otro, una serie de pinturas algorítmicas y esculturas sobre pantallas que encuentran su materialidad en las copias de papel de distintos formatos. De los Ríos nos ata al suelo, nos pega las plantas de los pies y nos pide paciencia. A pesar de pensar en la lógica de la pantalla, el lenguaje pictórico impera sobre el píxel. En una primera lectura podríamos creer que es un ejercicio cromático o compositivo, pero finalmente se desprende una relación con el formato y con nuestra propia presencia, cuando nuestra mirada es testigo de cambios lumínicos que suceden lentamente. Puede que nuestra experiencia intente descifrar la abstracción, asemejándola a un paisaje o a un microorganismo unicelular. Nada más lejos de la realidad. Quizás lo más interesante de todo esto sea que la fortaleza de lo abstracto es capaz de crear un espacio de duda y de inconcreción al igual que el viento y la luz hicieran con los espejos. Implicarnos en silencio con una mirada generosa será indispensable para dejarnos cuestionar.

El Museo Guggenheim de Bilbo inauguró el pasado 18 de octubre “La Cuarta Dimensión”, del artista venezolano Jesús Rafael Soto (Ciudad Bolivar, 1923-París, 2005). Quien fuera uno de los artistas más exitosos de su generación y una de las principales figuras del arte cinético, habitará de manera retrospectiva el museo bilbaino hasta el 9 de febrero del 2020. Su trabajo aparece representado desde las diferentes etapas de su evolución. Papel importante juegan las construcciones escultóricas que, bajo el título “Penetrables”, promovían una experimentación participativa del público y un diálogo con el propio material. El museo ha instalado al lado de su característico estanque la obra “Sphère Lutétia” (1996), en un guiño al tránsito urbano que funciona como reclamo de atención.