Karlos Zurutuza
Ser niño en Siria

Crecer bajo una mortaja

Diar pasó su infancia ayudando a su padre a limpiar cadáveres. Cumplida la mayoría de edad, la ofensiva turca le obliga hoy a abandonar su casa.

gara-2019-11-12-Reportaje

El que falte el té durante un reencuentro en Oriente Medio es realmente extraño, aunque esta vez las razones fueran sencillas. El pasado 9 de octubre, la primera bomba turca sobre suelo kurdosirio destruyó una planta de tratamiento ubicada justo en la frontera; medio millón de personas llevan sin agua potable desde entonces. Fue justo ese día cuando los Jalil, padre e hijo, huyeron de su Serekaniye natal para buscar refugio en Hassaka, 80 kilómetros más al sur. Pero allí tampoco llegaba el agua.

«Pronto traerán unos bidones, será cosa de unos minutos», se volvió a disculpar Ali, el padre, antes de volver a ofrecer cigarrillos.

Había conocido a los Jalil en noviembre de 2014 en Serekaniye. La localidad más occidental del cantón kurdo de la Yazira se convirtió entonces en un infierno por la ofensiva de los yihadistas de Al Nusra que llegaban desde el sur, pero también desde Ceylanpinar, en el lado turco (Ceylanpinar no es más que la traducción de Serekaniye, “cabeza de manantial”).

Visitar una zona en crisis pasa por dos visitas ineludibles: el hospital da una idea de los niveles de violencia; la escuela, de la cantidad de gente que ha huido. En noviembre de 2014 la escuela estaba cerrada, pero alguien en el cuartel de la milicia kurda me dijo que quedaba todavía un niño en la ciudad. Lo encontraría en la Asociación de Familias de los Mártires. Media hora más tarde, me hallaba en uno de esos lugares en los que se limpiaban los cadáveres y se los vestía de uniforme antes de meterlos en un ataúd. Las fotos de los caídos locales colgaban de las paredes, y eran sus padres, madres, esposas, hermanos e hijas las que gestionaban el centro. Ali Jalil me señaló el retrato de su hermano. Decía que soñaba con ser periodista hasta que lo mató un francotirador yihadista, en noviembre de 2012. Fue al primero al que enterró, y habían sido unos cuantos desde entonces. Le ayudaba siempre su hijo Diar. Tenía 13 años.

«Estos tres llegaron completamente carbonizados; a esta le cortaron la cabeza, lo mismo que a esos dos». Uno a uno, Ali desgajaba la historia de media docena de entre el más de un centenar de rostros cuya mirada se perdía en el infinito de aquella habitación. El chaval no levantaba la vista del suelo mientras su padre desgranaba el catálogo del terror. Solo la llegada de dos féretros interrumpió el monólogo. Tras descargarlos e introducirlos en la estancia, padre e hijo los envolvieron en la tela roja habitual, a la que añadirían la enseña amarilla de las YPG (el combinado militar kurdo-árabe) y una corona de flores de plástico. Se movían con la precisión adquirida tras una rutina repetida a diario, y durante años. Ali decía que amortajar los cadáveres era mucho más laborioso, pero insistía en que su hijo siempre estaba ahí para echarle una mano. Justo entonces entendí que estaba ante una de las entrevistas más difíciles de mi vida.

¿Qué se le pregunta a un niño que amortaja cadáveres? Hablar de la escuela o de si le gustaba jugar al fútbol con sus amigos los fines de semana no era una opción.

«¿Por qué no quieres hablar ahora? Dile cuánto querías a tu tío; dile que os pasabais el día juntos en el cibercafé», insistía su padre. «Explica al periodista lo que decías los días en los que más bombas caían: ‘¡Que echen todas las que quieran, que no nos vamos a ir!’». Diar evitaba el contacto visual, ocupándose de centrar la corona sobre el segundo ataúd. Cuando se incorporó, le pregunté qué quería ser de mayor. «Seré soldado».

Una pared blanca. Si bien les mandé la historia que publiqué entonces a través del e-mail de otro voluntario de la asociación, nunca recibí respuesta. Muchas veces me pregunté qué habría sido de Diar; si lo habrían matado, o si seguiría vivo entre todos aquellos muertos. El pasado mes de febrero volví a Serekaniye para salir de dudas. La asociación seguía igual, excepto por una hermosa estufa de leña y el gran número de nuevas incorporaciones en las paredes. Había gente tomando té, tanto familiares de los muertos como otros que no tenían nada que ver con todo aquello. Sin electricidad, pero con calefacción y té gratis casi a todas horas, probablemente no hubiera mejor lugar en Serekaniye para matar el tedio.

En mitad de una conversación casual pero apagada, alguien comentó que el último cadáver había llegado quince días atrás; nada que ver con los peores años de la guerra. Zahra, una de las voluntarias, se acordaba de mí y yo de ella. Le hizo ilusión que reconociera a su hijo entre los retratos. Recordé que era el único que posaba con visera. Le pregunté por Diar y Ali, y ambos aparecieron diez minutos después tras una llamada de teléfono. La familia había recuperado sus tierras tras la expulsión de los yihadistas del territorio y, a pesar de aquel invierno inusualmente frío, se esperaba una buena cosecha de trigo. A punto de cumplir los 18, el chaval era ya más alto que su padre y lucía uno de esos cortes de pelo de futbolista que tanto gustan en Oriente Medio. Él mismo me explicó, en inglés, que habían dejado la asociación en 2017 y que, para entonces, ya solo ayudaba con los muertos a la salida de la escuela. No hacía falta incidir sobre aquello. Diar estaba a punto de acabar la Secundaria y se matricularía después «en alguna ingeniería» en la Universidad de Rojava. En mitad de una guerra, los kurdos habían sido capaces de levantar una universidad.

Antes de despedirnos, les pedí que posaran en el mismo lugar en el que lo habían hecho cuatro años atrás. Ya no había ataúdes en el suelo, y la pared a su espalda era blanca porque las fotos se habían enmarcado y colocado en una especie de santuario dedicado a la memoria de los mártires en el que ya no había espacio para más. Pero estábamos equivocados.

El pasado 9 de octubre arrancó “Manantial de paz”; así es como Ankara bautizó su última operación militar sobre el norte de Siria, la segunda más importante desde que “Rama de Olivo” arrasara con el territorio kurdo de Afrin antes de dejarlo en manos de yihadistas el pasado año. Ya hemos dicho antes que la primera bomba cayó en Serekaniye, por lo que llamé a Diar nada más enterarme. El chaval me dijo que la situación era crítica por los bombardeos turcos, que seguramente se irían. Lo harían pocas horas después, uniéndose a un flujo de 300.000 desplazados según Naciones Unidas que llega hoy hasta Hassaka.

No tenía planes de volver a Rojava en breve, pero quedarse en casa habría sido peor. Las guerras son aún más indigeribles cuando uno es capaz de poner nombres y apellidos a las víctimas. Tras más de diez coberturas en la zona –desde que los kurdos liberaron el territorio, en julio de 2012–, mantenía vínculos de amistad con demasiada gente que ahora corría para salvar su vida y la de sus hijos. Estar con ellos, aunque solo fuera por unos días, era una deuda que nadie me reclamaba además de mi propia conciencia. Poco más podía hacer. La escandalosa tibieza que la UE mostraba ante un nuevo episodio de limpieza étnica por parte de Ankara reforzaba la idea de que escribir sobre kurdos realmente no sirve para nada; la cercanía y la solidaridad con su causa del pueblo vasco, o de cualquier otro, no acababa articulándose en un gesto a nivel político que pueda parar la masacre. Mientras tanto, los kurdos elegían entre huir o morir.

Lo más amargo. «Llegan en masa desde Serekaniye, pero también desde prácticamente todos los pueblos y aldeas de la región», decía un voluntario de una ONG local en Tel Tamer. Esa era la primera parada para los que huían de las bombas turcas, uno de esos escenarios de las guerras de hoy en los que hay wifi gratuito en cada barrio pero faltan el pan y el agua. Los últimos escupidos de las guerras kurdas se hacinaban en escuelas vacías, casas abandonadas, o incluso pueblos enteros. Tel Nasri, a poco más de cinco kilómetros de allí acogía a treinta familias de Serekaniye que vagaban entre las ruinas de sus dos iglesias. Hacía tiempo que el Estado Islámico había vaciado aquel enclave cristiano siríaco. Los yihadistas lo celebraron dinamitando ambos templos antes del colapso del Califato. Me lo contó un grupo de niños mientras me guiaban entre los cascotes.

Siempre me ha llamado la atención la capacidad de los críos para seguir jugando en mitad del desastre, como si todo fuera una gran aventura. Nunca me olvidaré de un nigeriano de 10 años que vi aparecer en la cubierta de un barco de rescate en la costa libia, allá por 2015: no había ni miedo ni cansancio en su rostro, sino la emoción del que se sube a una noria, o a una montaña rusa. Quizá sea el de la risa, el del juego, un mecanismo de defensa tan innato como lo es el del rechazo natural hacia el sabor amargo. Dicen los científicos que el veneno está generalmente asociado a esos sabores, que se trata de una «programación genética» que dura hasta la adolescencia.

Unicef sitúa en dos millones y medio el número de niños sirios hoy desplazados en todo el país, una cifra casi idéntica a la de los que se encuentran refugiados fuera de Siria. En Tel Tamer y alrededores se quedaban los hijos de los que no se podían permitir nada mejor; los más afortunados enfilaban hacia Hassaka, a una prudencial distancia de la frontera turco-siria de 80 kilómetros. Los Jalil llevaban ya dos semanas viviendo allí, en una habitación en casa de una hermana. Ali contó que sus antiguos vecinos le acababan de decir aquella mañana que habían saqueado su casa.

«Se lo han llevado todo en camiones, esto es todo lo que nos queda», decía, posando la vista sobre un par de bolsas con ropa y unas mantas. Ahora sí, se preparó el té. «Hace cinco años aguantamos en el pueblo a pesar de la ofensiva yihadista; Diar era el único niño en Serekaniye, ¿recuerdas?», soltó Ali. «Pues imagínate lo que ha tenido que ser ahora». Al igual que cuando les conocí en 2014, Diar escuchaba de boca de su padre un nuevo capítulo del horror en silencio, con la mirada perdida en una baldosa. Ali decía que el chaval pronto cruzaría al Kurdistán iraquí, que tenía un tío allí que le podía ayudar. «Alemania», remató, señalando con la mano hacia su espalda, y en la dirección correcta.

Sigo en contacto con Diar. Mientras escribo estas líneas me dice que se encuentra en el campo de refugiados de Bardarash, en el Kurdistán de Irak. Veo que ha sustituido su foto en su perfil por una diapositiva negra con la fecha del día en el que tuvo que huir de su casa para volver a empezar de cero. Probablemente no haya metáfora que ilustre mejor el drama de todo un pueblo.