2019/12/01

Posición
IKER FIDALGO ALDAY
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El sistema del arte, entre todas sus complejidades, ostenta sin lugar a dudas una posición de poder. Esta se da en tanto en cuanto es capaz de decidir y legitimar aquello que acaba por entrar en determinados circuitos de visibilización y difusión. Sin embargo, sería caer en un discurso fácil pensar que todo se basa en una estructura piramidal dirigida con mano de hierro. Las diferentes capas en las que el sistema se divide hacen que se expanda hacia espacios completamente diversos. Mientras el mercado del arte no deja de ser una burbuja tan poco real como imaginaria para la gran mayoría de los agentes, existen múltiples escalones en los que la vida artística se desarrolla.

Desde toda la infraestructura educacional que aúna los planes de estudios universitarios y la educación no reglada hasta las instituciones públicas, los museos y fundaciones privadas, el circuito de becas, las residencias, las publicaciones, las listas de distribución de información o las ferias. Cada uno de estos estratos, entre muchos otros, ejerce su propia función, dando lugar a un paisaje tan inabarcable como multiforme. La supuesta inconcreción del arte está entonces en el ADN de la propia estructura a la que pertenece. Admitir esta característica nos hará estar más cerca del entendimiento de determinadas lógicas que sustentan lo que luego nos llega al público en forma de exposiciones, proyectos, adquisición de obra pública o programa cultural.

La Sala Rekalde de Bilbo inauguró el 25 de octubre un recorrido por los 30 años de compromiso de Ignacio Goitia (Bilbo, 1968) con la producción pictórica –podrá verse hasta el 15 de enero de 2020–. Ya desde la calle, la obra de Goitia compite con el resto de escaparates de la Alameda Rekalde. La cristalera transparente nos devuelve una imagen espectacular, cargada de personajes y animales exóticos de gran tamaño que parecen ofrecernos la entrada a alguna suerte de parque temático. En un primer vistazo, estos códigos visuales tan asumidos por la publicidad pueden producir una sensación empalagosa que responda a una sobrecarga de nuestro estímulo visual.

La maestría técnica del artista nos hace perdernos en una resolución efectista de la obra en la que todo corre el peligro de convertirse en una pirotecnia de poca duración en la que, desaparecida la luz, todo se desvanezca en forma de humo. Claramente atractivo para una visita poco exigente, nuestra vista quedará contentada ante la amabilidad de sus cuadros, pues los paisajes arquitectónicos y los personajes de sus piezas pueden resultar tremendamente seductores para nuestra atención. Sin embargo, si somos capaces de sobreponernos a las primeras sensaciones, veremos cómo toda esta pomposidad es a la vez una interesante estrategia para introducir una reflexión comprometida políticamente con varias de las cuestiones que atañen a nuestra realidad social. Las cuestiones relativas a los fenómenos migratorios actuales, así como a las consecuencias de la globalización económica y cultural, salpican las diferentes zonas en las que se divide la muestra, desvelando una profundidad del relato mucho más rica que lo que pudiera parecer en una primera sensación.

El museo Guggenheim de Bilbo alberga hasta el 16 de febrero “Obras maestras de la Kunsthalle Bremen: de Delacroix a Beckmann”. Una exposición colectiva que da buena cuenta de la colección que la institución alemana lleva cultivando desde que se fundara por un grupo de ciudadanos en 1823. El final del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, es la época de la ruptura y el surgimiento de lo que se conoce como periodo de las vanguardias históricas. Esta acotación temporal es clave en la distribución de la muestra y nos permitirá encontrarnos con nombres tan importantes en la historia del arte occidental como Picasso, Degas, Cézanne, Monet, Rodin o Vincent van Gogh, entre muchos otros.