2019/12/01

Solo monos
IGOR FERNÁNDEZ
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En un libro de divulgación que estoy leyendo sobre la evolución humana, el autor hacía una reflexión que me gustaría compartir por estas líneas. Hablaba de la rápida ascensión del Homo sapiens a la cúspide de la cadena alimenticia, si lo comparamos con los cientos de miles de años e incluso millones que les ha llevado a los grandes depredadores del planeta ganarse esa posición. Como resultado, estos animales son seres majestuosos sin complejos para colocarse y asumir dicha posición, como los leones, los tiburones o las águilas. Los seres humanos, sin embargo, fueron catapultados a esa cima tras la revolución cognitiva de hace 70.000, pasando de dominar el fuego a crear armas nucleares en pocos miles de años. Fruto de este trampolín evolutivo, decía el autor, los seres humanos no nos hemos convertido ni mucho menos en animales majestuosos, sino más bien en inseguros, temerosos y soberbios.

No es nada nuevo que el miedo y la paranoia son colaboradores necesarios y tampoco lo es que el impulso de eliminar lo que nos da miedo es una reacción habitual, en particular cuando el temor se vive en grupo. La palabra pierde fuerza ante la respuesta contundente, totalitaria, radical y aniquiladora, que es ejercida habitualmente en plena alienación, una que nos permite deshumanizar al otro, despojarle de flexibilidad o de otra intención que no sea la de aniquilarnos primero. Y ese mismo ejercicio de alienación empieza por arrebatarnos la capacidad de contarnos historias alternativas, el sentido del humor y la capacidad de relativizar, para ir transformando las palabras en expresiones de rechazo, y de ahí en mensajes de odio lleno de temor.

Desafortunadamente, los conflictos entre grupos que han dado forma a la Europa que conocemos, y algunos de los cuales siguen sin estar resueltos, han requerido de esta desconexión de la majestuosidad de nuestra inteligencia, para dar paso más bien a un razonamiento a ras de suelo, mucho más primitivo y dicotómico. De nuevo, la inseguridad nos hace peligrosos, tanto para los demás como para nosotros mismos, para nosotras mismas.

La inseguridad sobre quiénes son nuestros aliados y nuestros enemigos, no solo en la guerra sino también en la vida cotidiana, sobre de quiénes nos tenemos que defender y quiénes son solo hermanos pero diferentes, con otros hábitos, tradiciones, intereses…o miedos. Es como si en los crecientes conflictos dialécticos de estos días, se constatara que nuestra especie no ha superado aún la adolescencia. Primero, parece que no supiéramos quiénes somos realmente, cuáles son nuestras potencialidades y límites, y esto nos dejara en un terreno de nadie que nos mantuviera aún vulnerables. Tendemos entonces a sospechar de la vecindad, demostrándonos mutuamente quién es más fuerte, inteligente o exitoso, exitosa, y dándonos sustos unos a otros. Las parejas que tienden a competir constantemente por cualquier cosa, los compañeros de trabajo que se ponen la pierna encima o los hinchas de dos equipos de fútbol que se esperan de un partido a otro para ajustar cuentas, parecen actuar de una manera pueril, a pesar de que a veces los resultados puedan ser nefastos.

Pasa el tiempo, una vida entera incluso, y hay veces que es como si nuestra mente adulta, la que mira alrededor y se percata de lo que es conveniente y no, la que nos permite estar relajados y atentos, esa, todavía (evolutivamente) no gobernara sobre nuestras emociones más desaforadas y antiguas. Una manera de pensar en el paso de la adolescencia a la vida adulta es generar la capacidad de construir una historia, una sobre quién es él o ella, una que se cuente tantas veces que finalmente se condense en una idea: “este, esta, soy yo”. Parecen solo palabras, pero las palabras son extensiones de nuestro periplo a lo largo de cientos de miles de años hasta llegar aquí, pero ellas mismas también sentarán las bases de quiénes seremos cuando crezcamos… Si es que llegamos.