2020/01/26

Por qué cruzamos la acera como lo hacemos
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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Ser un niño que no jugaba a fútbol era toda una experiencia en los años 80. El patio era un lugar de juego reservado a aquellos (ellas eran pocas, o ninguna, por aquel entonces) que le daban duro al balón. El fútbol (que no el deporte) era una centralidad en los espacios de juego, y el resto de actividades (cromos, pilla-pilla…) se relegaba a los espacios que esa actividad dejaba libres, normalmente en los laterales o márgenes del campo de juego.

Esto lo digo sin ningún tipo de rencor; no siento que hubiera segregación, simplemente eso era así porque la sociedad era así; los espacios educativos se construyeron de modo apresurado ante un aumento importante de la natalidad en el último tercio del siglo XX, y se priorizó construir las aulas y espacios “educativos” como bibliotecas, oficinas y elementos higiénicos como baños o comedores. El espacio “sobrante” se convertía en un patio de juegos, configurado como una explanada de hormigón con un par de porterías y poco más. No creo que se deba juzgar a los diseñadores de su momento por este hecho, sino que deberíamos de preguntarnos por qué seguimos diseñando con parámetros de hace 50 años.

Pongamos un ejemplo claro de esto: recientemente, Gran Bretaña ha aprobado alargar el tiempo del paso de peatones, es decir, cuánto tiempo está encendida la personita verde. Puede parecer un tema menor, pero el tiempo estaba calculado a partir de la velocidad de 1,2 metros por segundo, que era la velocidad calculada para un hombre de mediana edad, sano, en 1950. Es decir, que “la personita verde” era en realidad un “señor verde”. Un estudio del University College de Londres reveló que las personas a partir de 65 años tenían un promedio de 0,85 metros por segundo, con lo que se estimó que, al menos, se debía bajar la velocidad –y subir el tiempo en el que el verde está encendido para los peatones– a 1 metro por segundo.

No creo que se deba juzgar a aquellos ingenieros que calcularon la velocidad de paso peatonal, sino que deberíamos juzgarnos por no actualizar los paradigmas de hoy en día, cuando sabemos que la ciudad y la sociedad es compleja y diversa, y no se puede pensar en un “ciudadano modelo”, del mismo modo que no podemos pensar en una familia modelo o en unos niños modelo.

La Asociación Patio Vivo de Chile aplica este concepto a la reforma de los espacios de juegos infantiles. Siguen las enseñanzas de Loris Malaguzzi, educador italiano, cabeza visible de la metodología educativa de Reggio Emilia. Muchas de las enseñanzas de este método ya son visibles en las aulas de las escuelas de Euskal Herria, y nos pueden parecer ya cosas asumidas (el plan de coeducación del Gobierno de Gasteiz que impulsaba diversificar el juego en los patios es de 2014), pero hace no tanto eran conceptos innovadores; Malaguzzi considera el espacio como el tercer educador, siendo los dos primeros los padres y madres, seguidos por los educadores.

Diversificar el espacio de juego. Los proyectos planteados por Patio Vivo se trabajan desde la forma de una asociación sin ánimo de lucro formada por arquitectos, diseñadores y educadores. Las intervenciones que plantean parten siempre de diversificar el espacio de juego, rompiendo la horizontalidad del patio. ¿Por qué es horizontal el patio? Entre los numerosos motivos (más allá de la economía, de garantizar accesos rodados a vehículos de servicio o poder usarse como canchas deportivas) tenemos el de la seguridad; se supone que la falta de diferencia de cotas hace que las caídas sean más improbables. Sin embargo, cualquiera que haya visto una explanada de juego con niños y niñas de distintas edades ve el peligro de tener mucho espacio para correr y “coger carrerilla”.

Simplemente colocando un montículo donde antes había un espacio, se consigue crear distintos espacios a los que cada uno se puede adaptar, formando una variedad de escenarios donde esconderse, escalar, mirar, hablar, jugar, correr…

Malaguzzi planteaba llevar a las aulas un concepto de la sociología urbana como era el derecho a la ciudad, reconocer que no somos iguales y que, por lo tanto, plantear un diseño igualitario (da igual de qué, bien puede ser una plaza, un parque, una escuela, un edificio, una ciudad) daba pie a que unos tipos de personas se impusieran a otro tipo de personas, creando espacios de primera y segunda. De nuevo, no deberíamos de plantear esto como una crítica al pasado, sino como un aviso al presente para actualizar los modos en los que vivimos, analizando la razón primera de por qué vivimos, jugamos o cruzamos la acera como lo hacemos.