2020/06/28

Soltar
IGOR FERNÁNDEZ
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Hay veces que no queda más remedio que perder. Durante toda la vida vamos trazando caminos, dando pasos, intentando lograr lo que nos proponemos según los sueños que nos hemos inventado. Sin embargo, nada de todo ello es aleatorio, nada es porque sí, ni mucho menos un capricho. Cuando seguimos nuestros sueños corremos dos riesgos diferentes: cumplirlos o tener que despedirnos de ellos.

Huelga decir que a lo largo del camino, cuando tratamos de seguir esa narración imaginaria que nos contamos en algún momento de la vida y cuyo recorrido parece ser al mismo tiempo como caminar por el filo de una navaja, no hay ninguna certeza. Para empezar, porque a veces los sueños que tan vehementemente perseguimos no son enteramente propios.

A veces, lo que nos proponemos conseguir en la vida pretende servir a otros fines, no necesariamente coincidentes con el propio deseo o la propia elección libre. Hay personas que deciden dedicar su vida a conseguir lo que otros antes que ellos no pudieron, a demostrar su valía en la superación de reto tras reto, o a evitar caer en una categoría a la que sus antepasados no tuvieron más remedio que pertenecer. También hay sueños reactivos, que pretenden negar una realidad anterior, son propósitos que generan una proyección de uno mismo en un futuro en el que algo sucederá, que compensará de algún modo el pasado.

Todos hemos escuchado historias en las que los protagonistas de un sueño como este han invertido muchísimo tiempo y energías de todo tipo en no ser “como su padre”, o en tener esto o aquello que otros no pudieron. Lograrlo tiene un doble extraño efecto. Por un lado, la satisfacción de ir más allá, lograr lo propuesto; pero intrínsecamente, lograr un sueño de este tipo implica perder algo importante: la continuidad o la pertenencia.

Si somos iguales a nuestros antecesores en alguna faceta primordial de la vida, tenemos la sensación de continuar una saga, afianzar un camino ya iniciado por otros como una “buena manera para sobrevivir” y, en definitiva, continuar con un modo de vida. Sin embargo, si vamos más allá, si cambiamos de rumbo y tratamos de salirnos de dicho camino aunque sea para mejorar, para prosperar, y lo logramos, entonces algo quedará atrás.

Incluso mejorar implica en cierto modo negar lo anterior, y si de lo que se trata es de buscar un modo de vida propio, no es de extrañar que se dé cierta sensación de despedida al echar la vista atrás a nuestros antepasados y su forma de ver el mundo. Soñar entonces implica utilizar lo conocido para, de algún modo, saltar más allá, y por tanto, en algún momento será imprescindible soltar. Cuando hablamos de soltar hablamos de deshacernos de aspectos de la vida que han podido ser esenciales hasta ese momento. Quizá dábamos por sentado que siempre llamaríamos a nuestro padre al terminar el día, o que siempre nos gustaría salir a navegar en la txalupa, o que nos dedicaríamos de por vida a lo que habíamos tardado tanto tiempo en estudiar. Esos aspectos de nuestra existencia que se sustentan en creencias aparentemente inmutables nos han llegado sin pedirlo y hemos aceptado sin revisar.

Sin embargo, quizá después de probarlo un rato, algo nos ha dicho que esas ya son historias contadas, que el hecho de que otros lo hayan hecho antes nos obliga a innovar, a ir más allá y negar en cierto modo en adelante lo que hacia atrás era una verdad absoluta. Entonces, cuando ese sueño nace, cuando nos pide vinculación, el dilema es inevitable: continuar contando viejas historias o dejarles a ellos a su suerte y arrojarnos nosotros a la nuestra.