Elkarrizketa
Joanes Unamuno «El Negro»

«Antes el rap era algo marginal, ahora hay mucha gente; es el cambio generacional y cultural»

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Fotografía: Conny Beyreuther

Todo el mundo sabe que en Intxaurrondo hay un cuartel de la Guardia Civil, pero la mayoría ignora, incluso algunos de sus vecinos, que a escasos metros de los edificios del acuartelamiento gran parte del callejero de la zona sur y más nueva de ese barrio donostiarra están dedicadas a músicos y a escritores, la mayoría vascos. En esas calles, repletas de viviendas VPO, han crecido: Jone Laspiur –premiada el mes pasado con el Goya a Mejor Actriz Revelación por su interpretación de Ane en la película “Ane”–; Idurre Puertas –la niña que encarna a la comisaria Amaia Salazar en su infancia en la versión cinematográfica de la trilogía del Baztan–; el centrocampista de la Real Luca Sangalli –reciente campeón de Copa aunque una lesión le obligara a seguir la final desde la grada– o “El Negro”, uno de los raperos vascos de mayor proyección, que se presta gustoso a este paseo por su espacio de vivencias.

Al fin y al cabo Joanes Unamuno Gabilondo (Donostia, 1991) tiene apellido de escritor y está intentando vivir de la música, precisamente de ese género urbano que nació en el Bronx y tiene algo de poesía, mucho de confesión y bastante de transmisión. Sin parentesco con el filósofo, profesor y autor bilbaino Miguel de Unamuno, sí lo tiene con otros nombres de la cultura porque por parte materna es sobrino de la actriz, guionista y directora de cine y teatro Mireia Gabilondo y por parte paterna, de Julio Unamuno, integrante de Urretxindorrak, un cuarteto de música vasca creado hace 55 años. Toda su familia es de Bergara, padre, madre, tíos… –bueno, todos no, su mujer Sandibel, y madre de su hijo Amets, es boliviana– y de un entorno bastante musical. «Mi padre ha hecho música toda la vida, es cantautor aficionado, tiene hasta discos y toca la guitarra, la armónica; tengo primos y tíos que son profesores de música. Vamos, que en la casa familiar y en la sociedad se canta y se toca de siempre», cuenta.

Parque de Castelao.

 

 

Hace ya más de tres décadas sus padres se trasladaron a Donostia por motivos laborales, así que “El Negro”, que el próximo mes de mayo entrará en la treintena, se ha hecho mayor por esas sencillas plazas, calles y paseos a las que dan nombre compositores de la talla de Maurice Ravel –el labortano de Ziburu y autor del inmortal “Bolero”, la pieza más interpretada de la historia–; el donostiarra Pablo Sorozabal, director de orquesta, pianista, pero sobre todo compositor de partituras magistrales de zarzuela, ópera y piezas de tamborrada que se siguen interpretando y saltando generación tras generación; maestros como Beltrán Pagola, Francisco Escudero o Juan Gorostidi, también director del Orfeón Donostiarra, el arpista Nicanor Zabaleta, el organista Nemesio Otaño y hasta Juan de Antxieta.

También bajo esos pisos de paredes de pladur y fachadas de colores hay placas dedicadas a escritores como Bernat Etxepare –se le atribuye el primer libro conocido de literatura en euskara –Vicenta Moguel, –la primera en publicar en este idioma–, Axular; los poetas Gabriel Celaya y Gabriel Aresti, el también crítico gastronómico Busca Isusi o el polifacético Castelao, ensayista, dramaturgo, narrador, dibujante y político republicano, además de figura clave del nacionalismo gallego.

A su lado posa “El Negro”, que bajo un sol radiante acude a la cita con 7K vestido con parte de la ropa de merchandising que está comercializando en la actualidad aprovechando la salida de su primer disco, “Focus”. «Me gusta ser de Intxaurrondo porque he hecho aquí mi vida. Es mi casa, están mis amigos y mantengo la misma cuadrilla desde la ikastola», asegura tras la visera que cubre un peinado trenzado. Tiene un pelo bastante afro que cuando se lo peina redondo le hace visible allí por donde va y le da juego en esos vídeos que acompañan sus canciones y cuelga en Youtube. Cualquiera diría que su alias y a la vez nombre artístico tiene algo que ver con su peinado, pero lo aclara. «Me llaman así desde pequeño porque era más moreno que los demás. En todos los barrios hay un ‘Chino’ que no es chino o un ‘Indio’ que no es indio, aunque hay fotos mías a los 5 años que tengo un pelo que parezco Michael Jackson».

Poniendo la voz. Él es “El Negro”, que no es negro, y el mismo que pone su voz al anuncio de la campaña sobre el riesgo del juego y las apuestas, un mensaje que lleva unos cuantos meses asomando por las pantallas de ETB y por las emisoras radiofónicas del ente público donde rapea: «La gente sueña con hacerse de oro, pero a este paso va perderlo todo; Y es la misma historia, retirarse a tiempo es una victoria...; Kontuz ibili, danak ixilik». Él escribió esa letra como también la de una pieza que suena en un momento de la obra “Un viaje a América”, uno de los últimos montajes de la compañía de teatro Tanttaka que recientemente se pudo ver en la última edición de D'Feria y hoy mismo se programa en Balmaseda. Trabajos o colaboraciones que le ayudan a tirar para adelante, incluyen el rap y le dan a conocer más allá de los círculos habituales.

 

Su conexión con el género fue temprana. De chaval, cuando su ídolo era el delantero brasileño Rivaldo, sufrió en las rodillas desgaste de huesos y menisco, aunque viendo su agilidad para encaramarse a algún muro en la sesión fotográfica está claro que las lesiones le alejaron del fútbol pero sin grandes secuelas. Frustrado el sueño infantil con el balón, abrazó el rap: «Empecé con 15 años, me gustaba mucho. Comencé a oírlo, me descargué unas bases en el emule y grabé en cinta porque no sabía hacerlo en ordenador. Un poco más tarde aprendí. ¡Ya me dio por el rap! Fue algo natural». Y ahí sigue, intentando convertir esa afición en trabajo y viceversa: «La música es mi vida, y ojalá sea mi trabajo. Soy incapaz de pasarme dos horas delante de la tele viendo algo. Como creador y como consumidor, cuando haces algo u oyes algo que te gusta mucho es una alegría, una felicidad y no solo de rap porque oigo música de todo tipo: escucho reguetón, algo de rock y lejos de la cultura urbana salsa vieja, los soneros de Cuba, el flamenco... Por eso sé que hay reguetones de todo tipo pero se generaliza, se dice que es machista y no es así. Hay canciones de rap con batería de reguetón en las que hablan de que su barrio es una mierda, también reguetones que dicen cosas feísimas y son muy consumidos por los chicos. Pero el reguetón tiene color, alegría, mucho corillo, no es como el rap que puede ser blanco, negro y lineal. Por la mañana mejor una salsa que tiene movimiento que no un rapero que parezca un cura. No discrimino ningún género pero algunos aún no me han llegado. Del punk me gusta la ideología y las entrevistas de Evaristo –el cantante de La Polla Records–».

Unamuno asegura que se inspira en la gente, en lo que escucha y ve a su alrededor y discrepa totalmente de aquellos que le dicen que el rap no es música: «¿Cómo no hay una guitarra o una batería física? Porque haberla sí la hay y de canto cada vez más. Ya no es solo rapear líneas, ya llevo un tiempo haciendo estribillos. Esto es como el flamenco, supongo, el sentimiento se le pone cantando. No soy un teórico del rap pero creo que no escribo tonterías. Hablo de mis vivencias y le canto a la vida en general, a las cosas malas y a las buenas. A la hora de crear no pienso en nada, va saliendo y le voy dando fuerza, pero no escribe mi ego. Hay quien triunfa por cómo lo dice, porque melódicamente está muy bien, otros por su discurso. Yo intento combinar las dos cosas, porque las dos son importantes, y estar en 2021 y no en 1990».

Trap, rap, códigos que parecen funcionar para las nuevas generaciones con mayor presencia en las calles y los oídos de ese público, cada vez más joven, conectados a los cascos permanentemente que escasamente se siente reflejado en los medios tradicionales. Ya lo advertía Boni, el cantante y guitarrista de Barricada fallecido el pasado mes de enero a los 58 años. «Lo nuestro fue el rock, el heavy… pero a mis hijos les gusta el rap». “El Negro” asiente: «Cada uno ha vivido lo que ha vivido, pero los jóvenes vienen con eso ya instalado. Antes el rap era algo marginal, en clase éramos dos o tres y ahora hay mucha gente. Es el cambio generacional y cultural».

Sobre estas líneas, «El Negro» en la plaza Juan Gorostidi, dedicada al que fuera director del Orfeón Donostiarra que en 2018 recordó el 50º aniversario de su muerte cantando junto a sus magnolios.

 

Un cambio que estaba deseando que llegara y que sigue esperando a que se manifieste en plenitud. Tiene sus peros y lo refleja cantándonos a cachos el tema “Mi show”, incluido en su disco –«Por mí no daban un euro, no apostaron por esto, pero yo sigo humilde sigo con mi show. Ahora quieren pegarse pero nunca sufrieron, quieren meterse en la foto con el photoshop»– e incluso hablando y es que cree que los medios de comunicación no han estado a la altura: «Desde 2006 al 2017 me han puesto barreras en los medios. No hemos estado vetados pero no les interesaba poner rap de aquí en las radios y van tarde. Los kazetaris que están ahora en la facultad y les interesa la movida urbana luego van a ir a las radios y a las teles; habrá más promotores. Y ese es el cambio generacional que estoy esperando con muchas ganas porque esos que están estudiando periodismo saben quiénes son los raperos, ya han oído rapear, perrear. Hasta en las tiendas venden indumentaria relacionada. Hay mucho movimiento en Donostia, Bilbo…».

Soñar a lo grande. Es consciente de que, en su caso, está gozando de un reconocimiento que trasciende al barrio. «Canté en Apolo y era el Madison Square Garden y no me culpes si en el barrio se sueña a lo grande», ha compuesto para recordar que en febrero de 2020, justo antes de la proclamación de la pandemia, participó en una gira con Delaossa, el rapero malagueño que como el sevillano Toteking valoran su talento y lo mencionan en sus podcasts. «Yo tengo suerte porque soy un loco de la música, un cabezón, me lo curro mucho y llevo muchos años. Imagínate los demás, que no tienen un sitio donde enseñar su trabajo. Yo tengo poco pero otros menos. No hacemos locuras, los conciertos se llenan. Solo pedimos apoyo. Estoy criticando en nombre de otros y también por lo que me ha costado hacerlo a mí», admite.

Pero en tiempos de internet hay otras posibilidades. Esa red que transformó la industria discográfica y ha servido para que muchos raperos se hicieran un sitio tiene beneficios e inconvenientes, se llega a mucha más gente por menos dinero pero hay que pagar ciertos peajes. Por ejemplo, ahí está la dictadura de los likes. «Hay ciertos cantantes que se han hecho famosos mundialmente sin un sello por detrás y con un equipillo. Instagram es mi oficina. No la uso para poner qué guapo es Joanes, pero si cuelgo un vídeo en Youtube aviso a mis seguidores por ahí, para eso es. Me dan igual los ‘me gustas’, si al final no sabes quiénes son. Los seguidores sí, porque cuantos más tengas, más se enteran de tu música».

Precisamente su disco “Focus” lleva semanas sonando en Spotify, esa aplicación empleada para la reproducción de música vía streaming y ahora ha empezado a distribuirse en CD. Su título hace alusión «a estar enfocado» y le ha mantenido absolutamente ocupado en tiempos de pandemia. La salida de esta mixtape de seis temas, que ha hecho en The Music Room, ha estado precedida de media docena de vídeos para los que crearon una ficción, una historia por capítulos que se fue desvelando durante seis domingos consecutivos. Por supuesto, los vídeos se realizaron en Intxaurrondo, convertido en su plató, durante un proceso de creación y de producción tan intenso como complicado. «Realmente ha sido mucho trabajo. Lo que más tiempo nos ha llevado han sido los vídeos con unos rodajes en los que se ha involucrado mucha gente del barrio. Les estoy muy agradecido por haber colaborado. El trabajo de producción es de Ignacio Arrue y Mikel Iturriaga de Milagro Producciones, las bases son de Denso y el diseño de la portada de Josu Zuriarrain. Podría decirte el nombre de todos los que me han ayudado, que pueden ser hasta 32; en el libreto sí les he puesto en agradecimientos. Muchas horas, con mascarillas...».

El rapero en la plaza Gabriel Celaya.

 

Un disco muy deseado. «Tengo más hambre que los nuevos talentos, sigo de pié y ellos me daban por muerto, esta ambición es la que me tiene despierto, a veces pienso que esta mierda es una pérdida de tiempo. Te va a doler cuando te digan en la calle que al final me ‘pegué’. Eso te va a doler, como un abuso de poder», canta en “Te va a doler”, otro de sus temas. Unamuno ha apostado por este proyecto con dedicación absoluta y, aunque no pueda vivir de ello, ha tenido un primer premio, está satisfecho con el resultado: «El formato disco está guay, he tenido que hacer uno para darme cuenta de lo que me gusta. Pero ahora mismo de esto no vivo, aunque un poco más arriba me pagaría el alquiler. Antes costaba más que un rapero se ganara la vida, ahora hay una industria. Igual viene una discográfica y te dice, ‘hazme un tema de amor, que no te sale te lo hago yo’. Pero ese no es mi flow, no es mi rollo. Yo no quiero hacer un producto que funcione, quiero que mi producto funcione, hacer mi música. Y no lo veo tan lejos, comparando con lo de antes»

¿Y si no funciona, tiene otro plan? «Si llevo tantos años y no lo he dejado, como para dejarlo ahora, ¡ya! –exclama–. Llevo un año de paro dedicado a esto y si no funciona trabajaré de lo que sea… tengo un hijo». Ya lo ha hecho antes, ejerció de obrero en una fundición cuando un verano se le ocurrió ir a Soria y se quedó siete años en Ólvega, un pueblo del Moncayo, manejando una grúa y volcando chatarra. Aquella experiencia le sirvió para independizarse, pagar las facturas, descubrir el hastío que le produce el trabajo rutinario, conocer gente distinta y recopilar material para sus canciones. Pero añoraba su mundo: «Imagínate un chaval de 21 años que desde el primer día quiere volverse al barrio y está negativo y amargado. Venía aquí los fines de semana y me volvía apenado. No era dramático pero ¡buff!, ¿qué hago yo aquí?, pensaba. A mí me gusta mi gente y eso que lo mejor de allí era la gente de los pueblos, que no te conocen de nada y se enrollan a tope»

Sus últimos conciertos fueron en plena pandemia, uno virtual a propuesta de Donostia Kultura y otro en directo en la Casa de Cultura de Intxaurrondo con los asistentes sentados y provistos de la correspondiente mascarilla. «En el primero, ellos lo colgaban en su canal cuando no se podía ni salir; el otro fue aquí. Actuar en el barrio es una gozada porque la gente te conoce y te quiere, el personal saltando y todos contentos. Ahora, la última vez había que estar en una silla y es otro flow, aunque si toca hacerlo así, así será». Como el sector de la cultura en general y el de la música en particular, el rap está sufriendo los efectos del covid-19: «A los que viven de eso les habrá jodido no tener conciertos. Yo como no como de esto tampoco tengo mucho déficit. Me ha pillado haciendo el disco, así que he estado entretenido».

La rapera navarra La Furia ha señalado en alguna ocasión que el rap nació para ser la voz de los sin voz, pero a algunos cantar lo que piensan les ha pasado factura. Perseguidos, juzgados y hasta encarcelados, Valtònyc y Pablo Hasél han sido acusados de apología del terrorismo e injurias a la Corona: «Una locura… Los han puesto como cabeza de turco para decir eso de ‘no vayáis por ahí que mira lo que pasa’. No es normal que te juzguen por eso».

En un mercado dominado por los profesionales estadounidenses, en su opinión, los latinos están ganando terreno. Habla maravillas de la escena underground dominicana y destaca que «el puertorriqueño Bad Bunny es el que más números ha hecho en Spotify 2020, antes sería Drake o J.Balvin», es decir, uno de Toronto y el otro colombiano.

Respecto al nivel euskaldun considera que «hay de todo, está creciendo cada vez más. Está saliendo una “olilla” de música moderna entre rap, trap y reguetón; reivindicativa en algunos». Lo que no abunda en Euskal Herria son las competiciones de freestyle rap, popularmente conocidas como “batallas de gallos”, una variante ligada a la improvisación de las rimas en las que el campeón mundial de 2014 es vizcaino y se llama Endika Gutiérrez, alias Invert. Ni su estatus de mejor “gallo internacional” ni la larga experiencia de vascos en el bertsolarismo han lanzado el género. «He oído muchos bertsos, en mi casa se comía después de ‘Hitzetik hortzera’. La improvisación está muy bien si está bien hecha, ahí están también los soneros cubanos».

¿Y esas rimas idiomáticas?: «I'am a boss desde que tengo hamabi y a este paso me presento para lehendakari»; «Salí por ahí y planté ikurriña, casi casi canto la de Egun da Santimamiña. Tengo raíces, tengo valores». «Ja, ja. Quizás componga un rap en euskara bergarés e inglés», concluye.