Joseba Iturria Fotografías Jon Urbe FOKU
Elkarrizketa
Abraham Olano
Doble campeón del mundo de ciclismo

«El deporte está más arraigado en la gente que lucha por buscarse la vida»

Abraham Olano y Karmele Zubillaga, su mujer, representante y apoyo en su carrera deportiva, abren las puertas de su casa a 7K para mostrarnos su tesoro, una habitación llena de trofeos y maillots que reflejan los éxitos de un ciclista que fue campeón del mundo de la perseverancia.

La de Abraham Olano (Anoeta, 1970) es la historia de un deportista que decidió luchar contra todos los obstáculos que encontró desde su niñez y que no le dejaron disfrutar al máximo ni de sus mayores logros, el Mundial de 1995 en Colombia y la Vuelta de 1998. Tiene un palmarés impresionante que no se valoró en su justa medida porque fue apuntado como sucesor de Miguel Indurain, cuya sombra le acompañó incluso hasta el punto de que su triste adiós le llevó a retirarse cuando todavía estaba a un buen nivel.

Su vida está llena de dificultades desde su infancia, en una familia de seis hermanos en la que costaba tener una bicicleta pese a la afición del aita, que también fue ciclista.

Había una bicicleta en casa y teníamos que compartirla entre todos. El primero que llegaba, se la llevaba, y los demás debían esperar. No llegaba para más, teníamos que compartir todo. La mayoría de los que se dedican a deportes sacrificados no son de familias poderosas. El deporte está más arraigado en la gente que lucha por buscarse la vida.

En esa línea se publicó una biografía suya en la que aparece que le lleva a ser ciclista la cara de sufrimiento de un ciclista suizo en el Mundial de ciclocross de Tolosa en 1981.

Yo ya estaba compitiendo en categoría alevín con once años y ese día echaba una mano a mi padre, porque el Mundial lo organizaba el Tolosa Club de Fútbol. Estábamos con los banderines en la zona más dura del circuito, que la subían los ciclistas a gatas. ‘¿Esto es lo que te gusta?’, me preguntaba mi padre, y le dije, ‘pues sí aita, es lo que me gusta’. El sufrimiento del deportista ante las adversidades, buscar soluciones para salir adelante de las situaciones complicadas.

 

Y para situación complicada, cuando tenía apenas 12 años, la muerte en 1982 de su mejor amigo, Mikel Oiarzabal, cuando el vehículo en el que viajaba con un vecino, su hermano Daniel y su primo Andoni fue arrastrado por una crecida del río Oria. También se publicó que esa pérdida le llevó a pasar muchas horas solo en una cabaña construida en el monte por usted mismo.

Era de mi quinta, vivía en Anoeta, un poco más lejos del centro del pueblo. Cuando no era invierno, íbamos en bici juntos con mi hermano a la ikastola. En la escuela de ciclismo empezamos juntos y en la mayoría de las pruebas yo solía hacer primero y él segundo o tercero. Teníamos un pique de amigos sano y su muerte me marcó muchísimo.

En muchos momentos, cuando estás en el deporte, las cosas no salen y, para seguir adelante, pensaba que no lo hacía solo por mí, también por otra persona que ya no estaba. Recuerdo que fuimos a buscarlos, pero al final nos dijeron que teníamos que ir a casa porque el río venía muy crecido. Se salvó su hermano Daniel y los otros tres fallecieron en el coche. A raíz de ahí, la carrera de juveniles de Anoeta lleva el nombre de Mikel Oiarzabal y Andoni Arsuaga.

Lo pasé mal y me ayudó la familia Ayerza, que llevaba entonces el club Oriako. Tenían una tienda de bicicletas, que se llamaba Ezquerra, donde me puse a trabajar de mecánico media jornada y me entrenaba la otra media. No acabé EGB, los estudios no me iban bien y pensaba que trabajando podía echar una mano en casa con 13 o 14 años.

Destacó en los campeonatos de España de pista, que además le llevaron a conocer a la que sería su mujer, representante y su principal apoyo, Karmele Zubillaga, que también era ciclista cuando en 1989 debutó en el campo amateur con el equipo Frinat-Cegasa y empezó a destacar en la carretera.

Tuve una bonita época en cadetes y juveniles. Era muy pesado y me dediqué a la pista preparando los campeonatos. Conocí a Karmele y, a partir de ahí, siempre hemos ido de la mano. Desde juveniles y aficionados conseguí bastantes campeonatos de España de pista y entré en el plan ADO para los Juegos de Barcelona'92, pero en 1990 me di cuenta de que en la carretera también iba bien. Aunque hacía la mili, mejoré bastante y sentí que, si empezaba a limar el peso, podría superar la montaña y llegar en grupos reducidos. Con ese objetivo, en 1991 me puse en manos de Iñaki Arratibel, médico de Tolosa de toda mi vida. Aunque no estuviera en el equipo conmigo, siempre le he pedido consejos y, en 1992, el año olímpico, el último en el que corrían los aficionados, tuve la oportunidad de pasar a profesionales.

Ángel Edo, Kiko García y la mayoría de los seleccionados para la carretera tenían precontrato para pasar después de los Juegos y le dije al presidente de la Española que me quedaba si me aseguraba un precontrato con un equipo profesional. Yo no quería dejar pasar el tren porque no sabía si iba a volver a parar en mi estación. Los Juegos son importantes para todos, pero no me ofrecieron esa seguridad y renuncié a la opción de ir a Barcelona, cuando tenía plaza segura para la pista y los 100 kilómetros contrarreloj en carretera, cuarteto en el que entré en 1991, para pasar ese año con el CHCS. Y al final me quedé sin Juegos y sin equipo...

 

En el podio de la Vuelta con su segundo puesto en 1995.

¿Cómo vivió el momento en el que el CHCS desapareció tras renunciar a los Juegos?

Siempre digo que he escogido el deporte de la vida porque, si te quedas mirando cuando te caes, la vida sigue adelante y tú te quedas atrás. Si te caes en una carrera, cuando te levantas, el pelotón sigue y olvídate de disputar nada si no lo alcanzas. Lo primero que hay que hacer es intentar seguir. Luego, si no puedes porque tienes una rotura, ya pensarás en recuperarte para otros objetivos.

Esa idea la he aplicado en todo en la vida. Después de ese año, de pasar a profesionales, que era mi ilusión, estar al máximo nivel, se acabó porque era un equipo fantasma que casi no había existido. El CHCS tenía a Jokin Mujika como uno de los líderes y estábamos muchos corredores vascos. El promotor y manager era vizcaino y estuvimos corriendo tres meses gratis poniendo dinero nosotros para ir a las concentraciones y a las carreras. Al final, al no poner el aval, el equipo se deshizo justo antes de la Euskal Herriko Itzulia y me volví a recalificar en el Kaiku Gurelesa para ganarme el puesto para volver a regresar al campo profesional, algo que cuesta mucho. Fue un reto y los retos son para eso, para darles la vuelta a las situaciones difíciles. Lo hicimos bien. En pocos meses gané la Vuelta al Bidasoa y siete carreras más. Era un corredor rápido y apetecible para equipos pequeños para disputar carreras y, a mitad de temporada, fiché por el Lotus Festina.

Y en una de sus primeras pruebas ganó la clásica más cercana de su casa, la de Ordizia.

Tuve una anécdota con Eduardo Chozas porque coronamos Mandubia e iban cuatro corredores por delante. Vino con Arsenio González, se me puso adelante y me dijo ‘ponte a rueda, que bajando los cogemos’. Chozas bajaba muy bien, se echó para abajo, pero en la segunda curva me iba frenando, lo adelanté y en la tercera o cuarta ni me veía. Bajé muy rápido y en Salbatore ya había cogido a los cuatro. Pensé que, siendo cinco, mis características podrían ser apropiadas para disputar la victoria. Cuando te sale el sprint bien y triunfas por delante de un corredor como el difunto Antonio Martín, que era uno de los que apuntaba más alto de los jóvenes con Zarrabeitia, demostré que no iba mal encaminado para ser un buen corredor.

 
En el podio de la Vuelta con el primer puesto en 1998.
Y esos meses le permitieron pasar a Clas, luego Mapei (1993-96), donde coincidió los cuatro años con Tony Rominger, ganador de tres Vueltas seguidas, desde 1992 hasta 1994, año en el que usted ganó la Vuelta a Asturias y los dos campeonatos de España...

Había firmado para dos años con Festina, que iba a establecer su sede en Andorra y dejaba de ser equipo inscrito en la Federación Española. Por eso tenía que renovar los contratos y en la prensa salía que el Clas necesitaba un sprinter. Karmele me dijo: ‘Todos los corredores españoles van a dejar el equipo y, si te vas a Andorra, te quedarás solo’. Le llamamos a Juan Fernández para ver si tenía sitio en Clas y así fiché con ellos por las casualidades que surgieron, porque tuve que romper el contrato con Festina y pudimos cambiar.

Siempre me ha gustado aprender de los que lo hacen bien, y estar con Tony me enseñó muchísimo. Del calentamiento para la contrarreloj, de buscar la aerodinámica... En el trabajo era muy constante y se cuidaba mucho en la comida. Para un chaval joven como lo era yo, tener un referente tan cercano y poder seguir sus pasos fue muy importante. Además de otros corredores de los que he podido aprender. Me gustó siempre fijarme en los detalles y para mí ha sido uno de los maestros que he tenido. Otro fue Guido Costa cuando estaba en Mapei para la aerodinámica. Tener un referente tan cercano te permite seguirle. Si a él le sale bien, te amoldas a lo que hace para coger su estela.

1993 fue el año de la transformación. Lo pasé en blanco, con buenos puestos, pero no gané nada porque estuve afinando el peso y perdí esa punta de velocidad para empezar a superar la montaña. Al principio no haces bien ni una cosa ni la otra, ni pasas la alta montaña ni tienes velocidad. Fue en 1994 cuando rompí la barrera de esa transformación y empecé a tener resultados.

 

Con Miguel Indurain en el Mundial de 1995.

Tuvo que asumir grandes sacrificios para bajar mucho peso...

Siendo juvenil y aficionado llegué a pesar 86 kilos compitiendo y, cuando pasé a profesionales, estaba en 80, pero tenía mucho que pulir. Tienes que entrenarte, pero también cerrar la boca -porque me gusta comer-. Tuve que empezar a sacrificarme con la comida y seguir bajando peso. Entrenar no me ha costado nunca, lo que más me costó fue dejar de comer. Llegaba a casa con apetito y no podía comer todo lo que quería porque tenía que seguir afinando hasta llegar a 71-72 kilos. En alguna ocasión me puse en 69 para el Giro, pero por debajo de los 70 ya no funcionaba. Perdía más fuerza que lo que ganaba en ligereza. Con 72-73 kilos empecé a andar bien.

Y así se convirtió en un corredor de grandes vueltas, con su segundo puesto en la Vuelta de 1995, con victoria en las tres cronos de la prueba. La del prólogo le permite vestirse de amarillo dos días, antes de proclamarse campeón mundial en Colombia.

En la Vuelta tenía que correr cubriéndome las espaldas. Jalabert era el líder, yo estaba muy fuerte y, si le seguía, el resto de corredores de la ONCE que estaban en la general por detrás -Johan Bruyneel y Melcior Mauri acabaron tercero y cuarto- se iban a aprovechar de mi desgaste para rematarme. Cuando se iba Jalabert, lo dejaba por imposible, me interesaba mantener el segundo puesto por impotencia, porque no tenía equipo para luchar con la ONCE.

Seguidamente fuimos al Mundial de Colombia y, después de hacer segundo en la crono detrás de Miguel Indurain, me aconsejaban volverme para casa porque no me había preparado en altitud. Los de la Vuelta estuvimos muy poco tiempo, sin casi ocasión de aclimatarnos, y me decían que el primer esfuerzo de la semana lo podía asumir, pero que posteriormente iba a caer. Y, de hecho, el principio del Mundial lo pasé muy mal, me sentía torpe, pesado, pero, pasando los kilómetros, sentía que iba mejorando y, como se ve al final, acabé disfrutando.

 
Con Pantani, y en los Juegos de 1996 .
Pero, como siempre, hasta en sus mejores logros tuvo que superar dificultades al acabar la carrera con una rueda pinchada.

Pinché y la rueda se deshinchó muy rápido, era un corte grande con algún cristal. Sabía que Pantani y alguno más venían por detrás y no tenía margen de parar y cambiar la bici. Además, en el coche que estaba conmigo no sabía si la bicicleta llevaba un modelo distinto de pedales automáticos. Lo único que pensaba era en que el tubular estuviera bien pegado porque, si se salía, se iban al traste los 250 kilómetros anteriores. En esa situación valoras que un equipo lo es todo, desde el masajista al mecánico. Es imprescindible que todos sean profesionales.

Será la victoria más especial, porque la mayoría han sido en cronos sin poder levantar los brazos...

Tenía que llegar a meta con tensión y no podía levantar más que un brazo, porque, si soltaba los dos, habría sido doble el espectáculo, por ganar el Mundial y por la voltereta. Sientes alegría, sí, pero también tensión, todo acumulado. He ganado muchas cronos y, aunque crees que puedes ganar, hasta que no llegas a meta no lo sabes y muchas veces no eres el último. En ese momento, cuando cruzas la meta, sabes que has ganado y es una satisfacción, sientes una ilusión a tope...

Miguel Indurain fue segundo y, a pesar de que la táctica era la lógica de atacar para que él pudiera rematar en caso de ser atrapado y de que salió perfecto con dos dobletes en los dos campeonatos, se generó una polémica porque no ganó él...

Entiendo la polémica, pero no la hubo por parte de Miguel. Cuando llegó estaba eufórico, trabajamos como equipo, se movieron las fichas y se consiguió el triunfo. Entiendo el enfado de Banesto, que pensaba que tenía que ganar Miguel porque, al correr yo en Mapei, todo el año éramos rivales. Pero al Mundial fuimos como selección y trabajamos para ganar. Entre Miguel y yo nunca ha habido ningún problema, seguro que prefería ganar él el Mundial pero, cuando llegó a meta, estaba contento. Si me hubieran cogido los demás en la subida, a Miguel se le habría quedado a tiro. Nos salió bien como selección, Evenepoel me igualó lo de ganar los dos Mundiales, pero nunca ha habido dos dobletes como selección en un mismo Mundial.

 

Con el ganador Tonkov tras un tercer puesto en el Giro también de 1996 que le supo a victoria pese a perder la maglia rosa el último día de montaña .

1996 fue el año de la confirmación con el tercer puesto en el Giro tras perder la maglia rosa en la última etapa de montaña en el Mortirolo, victoria en la general en Romandía, podio en Itzulia y casi en el Tour, hasta que el equipo decidió atacar en vez de proteger su segundo puesto y el tercero de Rominger en la etapa de Iruñea...

En el Giro era el penúltimo día, la víspera de Milán, y en el Mortirolo Gotti se puso a tope y se fueron por delante cuatro corredores de dos en dos: Gotti y Tonkov primero, con Ugrumov y Zaina por detrás, y yo fui solo a la caza de los cuatro. Para mí fue la derrota más satisfactoria. Demostré a la gente que, aunque las cosas no salieran tan bien, al final conseguí defender el podio por tres segundos. Estuve muy centrado en el esfuerzo y, por tozudez, como me dice Karmele, por el coraje, nunca he parado hasta que he llegado a la línea de meta. Luego ya tendría tiempo de parar.

Lo suyo era desconectar de la carrera, perder el podio y, sin embargo, me motivé y ese tercer puesto demuestra lo que ha sido mi vida. Luchar, luchar y luchar. Al principio, para bajar el peso; luego, para superar pinchazos y caídas, para perseguir a los rivales... Hay que seguir luchando para lo que sea porque, como te dejes, te quedas sin opciones.

Consiguió la medalla de plata olímpica en Atlanta 96, otra vez detrás de Miguel Indurain, cuando, tras renunciar a Barcelona, podía pensar que no iba a ir nunca a unos Juegos.

Fue la primera vez que los profesionales podíamos participar, hasta entonces solo se podía competir como amateur. Por eso todavía no tenía tanto arraigo en el ciclismo, pero los Juegos son los Juegos y fue especial poder acudir al estadio a ver a los demás atletas y encontrarte con los mejores deportistas. Podías ver a algunos que no pesaban ni quince kilos y a monstruos de 200, todos eran los mejores en lo suyo y ese contraste solo se da en los Juegos.

En 1997 pasó a Banesto con la responsabilidad de cubrir la retirada de Miguel Indurain, con un físico y características parecidas. ¿Le ha perseguido esa presión de sustituirlo?

La gente se equivoca porque no fui a Banesto como líder cuando negocié con José Miguel Etxabarri el contrato antes de la Vuelta en la que se retiró Miguel. Hubo polémica con Banesto y decidió no seguir en el equipo. Pensaba seguir haciendo lo mismo que con Tony, que fuera Miguel el líder y ya veríamos luego el calendario. Quería madurar y seguir con él mi línea de aprender de esos corredores a los que has visto siempre un escalón por encima. Pero no siguió y ahí sí me encontré con el pastel de ir a un equipo sin él, con lo que había sido. Como heredero de Miguel, su palmarés me quedaba muy grande.

Siempre he sido responsable. Si no he conseguido más es porque no he podido. Igual he trabajado incluso demasiado por querer hacer las cosas bien. Prefiero pecar de hacer de más que no quedarte con la sensación de que no ganas porque has hecho de menos. Había presión, pero es la que me meto yo más que la que me meten los demás. Siempre he sido muy exigente sobre la bicicleta.

 
Abraham Olano celebra la victoria más importante de su carrera en el Mundial de Colombia tras recorrer los últimos kilómetros con la rueda pinchada, lo que le impidió levantar los dos brazos para celebrar el triunfo.
El primer año quedó cuarto en el Tour con victoria en una crono tras ganar Asturias y Euskal Bizikleta y ser segundo en Dauphiné, a trece segundos del ganador Udo Bolts.

En Dauphiné estaba muy bien. Iba líder en la última etapa cuando nos caímos Virenque, yo y un compañero de Banesto, Miguel Ángel Peña, que se perforó un pulmón con un pino. Fue un trompazo muy grande y, después de ese golpe, mi cuerpo estaba tocado. En el Tour no iba ni la mitad que en Dauphiné. Se me iban quince o veinte cuando entonces aguantaba con los cinco mejores escaladores. Se iba un pelotón y no tenía capacidad muscularmente. Sentía impotencia. El cuerpo no se recuperaba de la caída y me pasé todo el Tour persiguiendo en todas las bajadas y arriesgando para recuperar tiempo. Fue un Tour de persecución.

En 1998 abandonó en el Tour tras decidir dejar la carrera varios equipos después del caso Festina y ganó la Vuelta otra vez con un obstáculo inesperado, con el enemigo en casa. A pesar de que lideró la prueba desde que ganó la crono de la novena etapa en la Alcudia, el Chava Jiménez animaba a los rivales a atacar y se creó una polémica cuando lo critica su mujer Karmele, a la que dedicó la victoria. La forma de la Vuelta le permitió convertirse en el primer corredor en ganar los dos Mundiales al imponerse en el de contrarreloj.

Antes de la Vuelta, en la noche de la clásica de Donostia, mi mujer se puso de parto. Yo ese día iba a dormir en el hotel con los compañeros y me iba después a la Vuelta a Galicia. El equipo me dejó ir a casa esa noche porque estaba a punto de dar a luz, pero al día siguiente me tuve que ir con el equipo a Galicia y con ese post parto que tuvo que pasar sola, Karmele tuvo una depresión. De Galicia me iba a otras carreras y a la Vuelta sin pasar por casa. Por eso Karmele fue a la Vuelta para estar cerca de mí, para que estuviera más calmado, y al final surgió la polémica. Fue un triunfo muy sufrido, teníamos más ganas de que se acabara la Vuelta que de ganarla.

Lo que me molestó fue que, en vez de Escartín o Jalabert, mis rivales de otros equipos, fuera un compañero, el Chava Jiménez, el que se marchara para provocar los movimientos de los escaladores. Me habría parecido normal que hubiera aprovechado si atacaba Escartín para seguirlo, pero que incitara a los ataques, a que se movieran los demás... Yo trataba de asegurar que la Vuelta no se me escapara, pero si me empezaban a atacar todos... Los demás compañeros trabajaron muy bien, pero que él atacara en solitario con los escaladores me ponía en situaciones complicadas cuando, haciendo eso, el Chava no habría ganado la Vuelta, sino que lo hubiera hecho Escartín, y, si se hubiera limitado a ir a rueda hasta el final, habría ganado las mismas etapas. No llegaba a entender que desde el equipo no se le dijera que estaba poniendo en juego el triunfo en la Vuelta.

 
Abraham Olano, con el maillot de campeón del mundo logrado en Colombia y con la bicicleta de ese día que tiene en casa con una rueda pinchada que nunca más volvió a utilizar. La conserva tal como cruzó la meta.
Por eso decidió dejar Banesto para pasar a la ONCE, donde corrió desde 1999 hasta 2002.

No me apetecía seguir. Hasta la Vuelta habíamos hecho las cosas bien, pero después de lo que pasó, si no vas a apostar por mí, si esta es la confianza... No es cuestión de que haya más o menos líderes, me daba igual que estuviera el Chava, pero si vas a poner en tela de juicio mi rendimiento, valoro la posibilidad de irme a otro equipo. Así me fui a la ONCE de Manolo Saiz a trabajar con otra forma más agresiva, diferente a lo que era la de la estructura de Etxabarri y de Unzue, más conservadora de Banesto-Reynolds. Mi primera casa fue la de Clas, porque me inicié allí, y era volver a una estructura similar. Daba igual los líderes y los gregarios que había.

Y al año siguiente fue sexto en el Tour y se retiró de la Vuelta por una caída sufrida cuando iba de amarillo...

Me caí en la etapa del Angliru bajando El Cordal después de ganar la crono a Ulrich y llegar a esa cima quinto por delante de él, que era el rival directo en la Vuelta. Me bastaba solo con acompañarlo en el resto de etapas, pero acusé esa caída. Aunque no quería decir nada para que no se enteraran los rivales hasta que llegáramos a Pirineos, no me podía poner de pie en la bici. Tenía que sentarme y, aunque parecía que fallaba, que no estaba tan bien como había demostrado en el Angliru, perdí las opciones de la general por una lesión. Me hice las placas en Catalunya y tenía una fisura en dos costillas.

Y en 2001 subió con Unai Osa a su último podio en una grande como segundo clasificado del Giro.

Se suspendió una llegada en alto que podía favorecerle y Unai se quejaba de eso el último día en Milán. Se lamentaba por la suspensión de esa etapa, decía que podría haber sido segundo porque a Simoni no le podía ganar. Yo le decía, ‘Unai, deja de pensar en lo que podías haber hecho y disfruta del podio que has conseguido porque vas a venir otro año bien preparado, no lo vas a conseguir y te vas a arrepentir de no disfrutar del momento’. Con los años, Unai se acordaba y me decía, ‘cuánta razón tenías. He ido de líder a un montón de carreras y no he conseguido algo así’. Se arrepentía de no haber disfrutado del momento. En el ciclismo dos y dos no son cuatro. No eres solo tú, son los rivales, y muchas circunstancias que a veces salen bien y, otras veces, no salen.

 

Y al año siguiente, 2002, decidió dejarlo de manera sorprendente con solo 32 años. Lo anunció el día antes de ser segundo en el campeonato de España detrás de un poco conocido Juan Carlos Guillamón. Luego ganó la crono por equipos con la ONCE en el Tour y subió al podio como ganador de la general colectiva, con segundo puesto además de Joseba Beloki. Casi fue su despedida porque luego solo corrió una clásica en Alemania.

Ese año la Vuelta empezaba con una contrarreloj por equipos. Manolo me metió en la lista del equipo y le dije que no estaba para correr. Él me decía que sí: ‘Abraham, entrénate, que nos vamos a poner primeros en la general y te vas vistiéndote de amarillo en el último año’. Le dije que vale, que iba a seguir entrenándome y, no sé si estaba enfermo o qué, pero hacía diez kilómetros y me volvía a casa vacío. Con lo que me ha gustado entrenarme siempre...

Manolo me insistía: ‘La semana que viene te llamo, sigue entrenándote, no te preocupes’. Pero al final le dije que prefería que llevara a un chaval para hacer la mitad de la Vuelta y ganar experiencia porque no iba ni a acabar la crono por equipos ni a vestirme de amarillo. Intenté hacer las cosas bien, pero no podía hacer un entrenamiento en condiciones y así me quedé sin ir a la Vuelta.

Me vino a la cabeza Miguel Indurain cuando se bajó en la Vuelta antes de los Lagos y las críticas que recibió por haberse retirado. Mi planteamiento fue que, si a Indurain, que nos dio tantos éxitos durante muchos años, la primera vez que no le salió el Tour como quería y no se encontraba bien en la Vuelta recibió tantas críticas... ¿Qué me iban a hacer a mí o a otro ciclista que, aunque quiera seguir, lo haga mal en un momento? Antes de tener un día en el que me saliera todo mal y recibir criticas, decidí dejarlo.

Me podía dedicar a intentar ganar carreras como Dauphiné o vueltas de una semana que tuvieran cronos, pero no a disputar ni el Tour, ni la Vuelta ni el Giro. Pensaba que no iban a aceptar ese planteamiento y, el primer día que vi que empezaba a bajar la motivación y no conseguía alcanzar el rendimiento que tenía, no quería vivir lo que le hicieron a Miguel.

¿Siente que le ha marcado hasta en su retirada llegar al ciclismo después de Miguel Indurain? ¿Cree que tiene un palmarés impresionante que no se valora porque antes él había ganado cinco Tours y dos Giros?

También Miguel nos ha hecho grandes a todos, hizo que los medios de comunicación se volcaran con el ciclismo. Él lo hizo perfectamente y hemos sabido valorarlo el resto que hemos venido después. Siempre quieres compararte con los grandes. Acaba de pasar uno de los más grandes y no se valora igual a otros que lo hacen bien, pero lo que hicimos no es lo mismo que ganar cinco Tours y, hasta que no llegó Contador, nadie pudo acercarse a eso.

 

Abraham Olano, en la sala de su casa en la que guarda los muchos trofeos conseguidos, los maillots más especiales, el rosa de líder del Giro y el amarillo de la Vuelta que ganó, y los recuerdos de una carrera deportiva en la que sumó 50 triunfos.

Luego corrió la Titan Desert, maratones, fue director técnico de la Vuelta de 2004 a 2013, pero su mayor vinculación con el ciclismo ha sido ayudar al Oriako y en la Guipuzcoana.

He ayudado siempre que he podido al Oriako porque es el club en el que me hice ciclista. Cuando era director técnico de la Vuelta estaba mucho tiempo fuera, pero en invierno o al principio de temporada era director del equipo juvenil. Siempre he agradecido lo que he recibido y la mejor manera es devolverle lo que me ha dado a la escuela que me formó. Sigo echándoles una mano.

Este año es el cuarto en el que estamos en la Federación. Se quedó huérfana, los que estaban lo iban a dejar y nos juntamos distintos clubes del Goierri, Tolosa, Zumaia y alguna persona suelta. Uniéndonos los clubes, formamos un grupo de trabajo para sacar adelante la Guipuzcoana.

Destacan desde su directiva que es el primero en llegar a trabajar a todos los sitios en la línea de toda su vida.

Esto es un grupo. Me ha gustado siempre trabajar en equipo y la Federación es lo mismo. Agradecemos a todo el que se quiera incorporar a echar una mano. Al final, todos hemos sido chavales y hemos querido que alguien se involucrara para sacar el ciclismo adelante. Necesitamos de gente que quiera aportar y ayudar al ciclismo en esta época cada vez más complicada que nos viene para los voluntarios y clubes pequeños que intentan sacar sus carreras. Solo se encuentran con problemas y unos costes que no pueden asumir. Se está profesionalizando todo en la élite, pero el ciclismo de base está en riesgo, en decadencia, y no se hace nada para buscar soluciones.