Mariona Borrull

Tristura y delicia

Escena de «Queer», adaptación de la novela del mismo título de William Burroughs, dirigida por Luca Guadagnino.
Escena de «Queer», adaptación de la novela del mismo título de William Burroughs, dirigida por Luca Guadagnino.

La devoción echa cuentas solo a posterioridad, cuando salimos de un amor malsano y no podemos más que aceptar (con un deje de extrañeza) que siempre supimos que no debíamos abandonarnos a quien claramente no nos correspondía. En esos momentos, el «te lo dije» vale lo que una patada moral, y el cariño ante la contradicción se tiene por única salida posible. Es con ese mismo juicio relajado como deberíamos entrar en el último romance de Luca Guadagnino: un trance emocional lisérgico, aunque no menos dolido.

“Queer” se escribe sobre la novela homónima semiautobiográfica de William S. Burroughs, quien en 1951 acababa de huir a Estados Unidos después de matar a su pareja, Joan Vollmer, en un juego borracho de Guillermo Tell. Es cómodo leer la historia que hoy Guadagnino rescata como radiografía franca de un viaje tumultuoso hasta el fondo de la culpa, la adicción y el sabotaje contra uno mismo. I’m not queer, I’m disembodied, dice William Lee (Daniel Craig), un estadounidense corroído por el aburrimiento, aparcado en los decorados inertes de Ciudad de México, recreada sin ápice de realismo en Cinecittà, mientras juguetea con las potencias escapatorias de la heroína. En castellano: “No soy queer, estoy desencuerpado”... Estoy, pero tengo la cabeza en otra parte.

Lee queda prendado del joven Eugene Allerton (Drew Starkey), tan guapo como absolutamente indisponible y, de hecho, más atractivo, si cabe, por esquivo, pues el deseo crece más allá de las puntas de los dedos. Entonces, arranca un juego de seducción que es juego y seducción solo en la cabeza de nuestro narrador adicto, alguien lo bastante enganchado al interés del joven para acordar mantenerlo económicamente y llevarlo consigo en un husmeante viaje por las tripas de América Latina (en busca de yagé, ayahuasca), a cambio de un par de polvos semanales. No juzgamos los arrastres sentimentales del prójimo, por mucho que nos arrastren a una codependencia tremebunda.

La tormenta de Daniel Craig, pulcramente amanerado, si bien luciendo una gravedad nada propia del divertido Benoit Blanc de “Glass Onion”, va resquebrajándose en pedazos que devuelven, sin pudor, el reflejo de todas nuestras instancias de debilidad. Se nos clavan en el alma. “Queer” es la pesadilla compartida del no poder vivir sin ti, un rompecabezas que invoca los abismos apasionados de René Magritte, de Luis Buñuel y de Lisandro Alonso.

A la belleza impresionista de esta trinidad se le suma el surrealismo del propio Burroughs, el onirismo de un viaje que acaba siendo astral (déjense sorprender), y los universos dispares de la comunidad de artistas que Guadagnino invoca: en el reparto figuran el pintor Michaël Borremans, la escultora Andra Ursuta, el cantante Omar Apollo o el cineasta David Lowery; todos a una en este abrazo al dandy vulnerable.