Jon Krakauer, aventura y denuncia
Rica es la colección de relatos que la humanidad ha ido acumulando sobre retos en la naturaleza y aventuras extremas. El montañero y periodista norteamericano Jon Krakauer destacó primero por aunar práctica escaladora y habilidad escritora y después como reportero de denuncia social. La reedición de su colección de vivencias «Eiger Dreams» nos recuerda su andadura personal.

El conocido grupo rockero bilbaino Doctor Deseo debutó en disco en 1987 con “La cara norte del Eigger” como canción destacada. Su vocalista Francis, escalador, se asomaba al vértigo de la pared helada: «Atrapado en la norte del Eigger, jugando con un sueño de hielo, adrenalina en las venas, llenando tu ego. Atrapado en la norte del Eigger, perdido en un abismo infinito, sintiéndote un héroe, temblando de miedo… A caballo del límite bailas cansado en un escenario siniestro. Equilibrio precario, incertidumbre, incertidumbre».
La banda sonora perfecta para el relato autobiográfico “Eiger Dreams: Ventures Among Men and Mountains”, del escalador y escritor norteamericano Jon Krakauer (Brookline, Massachusetts, 1954). Fue publicado en 1990, traducido primero como “Aventuras entre los hombres y las montañas” y después “La maldita obsesión de subir montañas”. Una colección de vivencias bajo el dominante recuerdo de la mítica sombra del Eiger, cumbre de 3.970 metros en los Alpes berneses de Suiza.
La reedición de esa recopilación que estos días ve la luz de la mano de la editorial Geoplaneta explica que el periodista se plantea la reflexión sobre la obsesión montañera “desde el filo mismo del abismo” en doce historias que parten de los “sueños” sobre esa mítica pared norte suiza y viajan hacia Alaska, el Himalaya o las Montañas Rocosas.
Krakauer aclara que la obra no «da la cara y aborda de frente la pregunta central: ¿por qué querrá una persona normal hacer una cosa así? (…) Aunque creo que al acabar el libro el lector comprenderá mejor no solo por qué los escaladores escalan, sino por qué son tan propensos a que subir montañas se convierta en una maldita obsesión».

VIRULENTA INFECCIÓN
La compilación de relatos viene presentada por una reflexión del clásico austriaco Paul Zweig en “El aventurero” y otra del explorador canadiende-islandés Vilhjalmur Stefansson de “Mi vida con los esquimales”. Si con la cita de Stefansson, Krakauer desmitifica de entrada la aureola supuestamente feliz del héroe aventurero, en el prólogo a su lista de historias medita sobre las hazañas montañeras.
«Quien no escala montañas solo puede hacerse una vaga idea de lo que significa escalarlas. Es un tema favorito de películas malas y metáforas espurias. A un psicoanalista seguramente se le pondrán los dientes largos con un sueño donde se escale una cima alta y escarpada. Rodean al montañismo tantas historias de valentía y adversidades que a su lado los demás deportes parecen juegos de niños».
Y remata: «La noción de escalada pulsa la misma cuerda en la imaginación colectiva que más a menudo hacen vibrar los tiburones o las abejas asesinas. El propósito de este libro es acabar en parte con este misticismo desbocado y dejar que entre un poco de luz. Los escaladores no suelen estar mal de la cabeza. Lo único que les pasa es que están infectados por una cepa de la condición humana especialmente virulenta».

UN PIOLET ENANO
Krakauer creció en el estado de Oregón y se graduó en la universidad a finales de 1975. ¿Qué impulso había crecido en aquel joven para ser abducido por remotos picos helados? Él lo sitúa en 1962, cuando el padre, “sensato y rígido”, atormentaba a sus cinco hijos con estudiar cálculo y latín y poner sus miras en carreras como Medicina o Derecho. Pero, «inexplicablemente, cuando cumplí ocho años, este sargento tan estricto me regaló un piolet enano y me llevó a subir mi primera montaña. Mirando hacia atrás, me resulta imposible imaginar qué pudo pasarle por la cabeza al viejo; si me hubiese dado una Harley y metido en los Ángeles del Infierno, no habría saboteado más eficazmente sus aspiraciones paternas».
El confiado progenitor le regaló también el tocho sobre escalada “Montañismo: la libertad de los montes”. Aquella primera montaña de la excursión familiar fue la nada difícil Hermana del Sur, cerca de casa, y la iniciática experiencia acabó en desastre para el chaval. Pero la semilla estaba plantada como para que en 1964, con diez años, alcanzara la cima del exigente monte Rainier, de 4.378 metros. Al final de sus obligaciones estudiantiles «no pensaba en otra cosa que en escalar: trabajo, escuela, amigos, planes de una carrera, sexo, dormir, todo giraba alrededor de subir montañas».
En 1974 vivió “el acontecimiento decisivo”, su primera expedición a Alaska, durante un mes y con seis compañeros. Escribe que «una mañana de junio, a las dos y media de la madrugada, tras escalar doce horas seguidas, alcancé la cima del monte Xanadú. Era una aleta de piedra de una angostura inverosímil, seguramente el punto más alto de toda la cordillera. Y nuestras botas eran las primeras que la pisaban… Un aire gélido que atravesaba la tundra desde el mar de Beaufort me volvía las manos de madera. Nunca había sido tan feliz en mi vida».
MEDIOCRIDAD ALPINA
Tras la universidad, pasó ocho años ganándose la vida como carpintero y en la industria del salmón en Colorado, Seattle y Alaska, «trabajando lo justo para costearme la siguiente excursión». Pero se empezó a “quemar” cuando se comparaba con sus excompañeros de escuela que «formaban familias, invertían en fincas, compraban muebles para el jardín y estaban muy atareados en amasar dinero».
Dejó los montes y, aunque la abstinencia duró poco, algo profundo había cambiado: ya no se sentía obligado a «llevar las cosas hasta el extremo, a ver a Dios en cada largo, a que cada escalada fuese más radical que la anterior». Se comparaba con «el alcohólico que ya no se pasa la semana bebiendo whisky y se las apaña para conformarse con unas cervezas el sábado por la noche. Me pasé felizmente a la mediocridad alpina».
Un segundo hecho definitivo ocurrió en su vida cuando en 1981 vendió un primer artículo a una revista. Se compró un procesador de textos, se quitó el arnés con el material de escalada -«esperaba que por última vez»- y empezó a ganarse la vida escribiendo. Cuando publicó su primera colección de relatos viajeros confesó que «las historias sobre montañismo siguen siendo las que me resultan más cercanas y queridas».
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DE LO MÁS ALTO AL BÚLDER
La docena de recuerdos de aquellas andanzas, en la obra ahora reeditada, arranca con “Sueños del Eiger”, rememorando a Clint Eastwood en las primeras secuencias de “The Eiger Sanction” (“Licencia para matar”), película recreada en los casi dos mil metros del gigante alpino, escalado por primera vez en 1938 en una hazaña deportiva del nazismo. Krakauer subraya que las epopeyas en la Nordwand han quedado grabadas en el inconsciente colectivo «con terrorífico detalle tras miles de artículos». Una montaña que «resuena con la lucha de gigantes como Buhl, Bonatti, Messner, Rebuffat, Terray, Haston y Harlin» y los nombres de sus paredes: Manguera de Hielo, Vivac de la Muerte, Araña Blanca, Grieta Difícil… Jon narra con vívido ritmo su fracaso en aquellos gélidos muros.
En “Gill”, segundo relato de su antología, homenajea al pionero escalador de búlder John Gill, recordándolo en Colorado, en la extensión de las Grandes Llanuras que da paso a las primeras ondulaciones de las Rocosas. Subraya que la reputación de John descansa en ascensiones de menos de diez metros de altura de meros bloques de piedra: «las ascensiones serán diminutas, pero no fáciles». Gill opinaba que «el búlder no es en realidad un deporte. Es una actividad de escalada con resonancias metafísicas, místicas y filosóficas».
La crónica “El hielo de Valdez” revive el terrible terremoto de 1964 y la catástrofe ambiental con un vertido de petróleo de 1989 en la localidad del mismo nombre, en Alaska. Pero el texto se pierde feliz entre «las formaciones de hielo más impresionantes que se encuentran en las laderas inferiores de las cúspides de mil y pico metros, afiladas como dientes de tiburón». Una historia de trepadas por cascadas heladas que deja entrever los vértigos gélidos del gran montañero.
ODISEAS ALASKEÑAS
En “Encerrado en una tienda”, Jon avisa sobre la posibilidad de «encontrarte rehén de los elementos, días y quizás semanas enteras, y desmenuza los riesgos del aburrimiento cuando la meteorología manda. Desde elegir bien la compañía a usar juegos de distracción, libros con enjundia o «estudiar los sobres de sopa, memorizar los conservantes poli silábicos o contar los hilos del techo de la tienda».
Homenajea después a los pilotos de Alaska en el relato “Los chicos voladores de Talkeetna”, pueblo central del valle de Susitna de Arriba. En sus dos pistas, a 90 kilómetros del monte McKinley, de 6.200 metros y punto más alto de Norteamérica, aterrizan y despegan las avionetas que trasladan a gentes aventureras. Con atrevidos expertos en “vuelo de glaciares” como Doug Geeting, “autén-tico oso peludo”, y otros “personajes de novela”.
Denali es el nombre original del McKinley y en el escrito “Club Denali” Krakauer rememora correrías de montañeros como el citado Reinhold Messner, Popovich, Cassin, Scott, Haston o Casarotto en aquella mole. Y avisa premonitoriamente de la masificación, la basura y las intenciones de muchos visitantes que «no lo hacen para estar en comunión con la naturaleza, sino porque querrán sumar el pináculo de Norteamérica a su colección de trofeos». Aunque la mayoría de quienes intentan escalarlo vuelvan de vacío, incluido él mismo, que relata al detalle su derrota.

REINA CHOMOLUNGMA
Chamonix, al pie de las vastas faldas de granito del Mont Blanc, de 4.807 metros de altura y punto más alto de Europa occidental, se autoproclamó en su día “capital mundial del esquí y del alpinismo”. Otra denominación fue la de “capital mundial de los deportes que matan”. Krakauer informa en el artículo que titula con el nombre de esa localidad gala que el doctor Michel-Gabriel Paccard inventó el deporte de la escalada de montañas en 1786 cuando completó el primer ascenso al Mont Blanc, en compañía del cazador de rebecos Jacques Balmat. Muchos años después, el visitante yanqui analiza los caracteres nacionales de los montañeros en el marchoso bar Choucas y nombra las actividades aéreas que surgieron de esos ambientes: puenting, surf extrême, ski sur herbe -esquí sobre hierba-, ballule y el más popular, parapente.
Los parajes de la narración “Barranquismo” se localizan en los cañones donde el río Salt serpentea por la cintura de Arizona, corre hacia la frontera de Nuevo México, el desierto de Sonora, Phoenix, se entrega al río Gila y este al Colorado. Jon cañonea a través de pétreos recovecos con nombres como Trena de Salomé, Puerta del Infierno, el Castor Seco, la Gaita del Diablo, Mogollón… «Un fantasmagórico laberinto de simas de piedra rojiza».
En la indagación “¿Una montaña más alta que el Everest?” se rememora la leyenda de 1852, cuando el experto del Gran Estudio Topográfico de la India, Sir Andrew Waugh, fue informado del descubrimiento de la montaña más alta del mundo, sobre la cresta del Himalaya, en Nepal, y conocida por el número romano XV. Fue bautizada en honor de Sir George Everest, un predecesor topógrafo. Aunque el pueblo tibetano la llama con otros nombres como Chomolungma, “diosa madre de la tierra”. Disputó su reinado con el andino Chimborazo o las también himalayenses K2, Dhaulagiri y Kangchenjunga y fue oficializada como la más erguida del mundo, con 8.872 metros sobre 8.616 de su hermana K2.
MENTIRAS, TRAGEDIAS Y ÉXITO
“Los Burgess Boys” es la lectura más gamberra de la antología de Krakauer. Narra la trayectoria de los salvajes gemelos británicos Adrian y Alan Burgess, crecidos en EEUU, enormes escaladores, pero con casi más aventuras interurbanas que alcanzando cumbres. Titularon su biografía como “The Burgess Book of Lies”, o sea, “El libro de mentiras de los Burguess”.
Bien distinta es la historia “Un mal verano en el K2”, que refiere la tragedia de 1986, con trece personas muertas en esa cima, «230 metros más baja que el Everest, pero de proporciones más airosas, su perfil más cortante hace que sea más llamativa y mucho más difícil de escalar. De las catorce que hay en el mundo que sobrepasan los 8.000 metros, es la que tiene mayor porcentaje de fracasos y muertos». Jon recogió aquella desgracia de altura en el libro “Into Thin Air”.
Krakauer recuerda que «el 23 de junio dos vascos -Mari Abrego y Josema Casimiro- y cuatro miembros de una expedición franco-polaca» lo escalaron. Los navarros fueron los primeros que lo lograban con pasaporte estatal. Liliane Barrard y Rutkiewicz eran las primeras mujeres que lo hacían y sin botellas de oxígeno, pero Liliane murió en la bajada junto a su marido Maurice. El devastador relato avisaba de que «el nuevo modus operandi deja tan poco margen para el error que los escaladores comienzan ahora sus ascensiones entendiendo que, si las cosas se ponen feas, el lazo entre compañeros de cordada, hasta hace poco sacrosanto, puede deshacerse para que cada uno cuide de sí mismo».
Krakauer remata su libro compilatorio con quizás su vivencia montañera más emblemática: “El Pulgar de los Diablos”. Milimétrica y hermosa descripción de escalada extrema en solitario, con 23 años, a ese pico de Alaska. Había visto la impactante foto en la guía que le regaló su padre de chaval y la imagen le persiguió. Hasta que aquel mes de mayo de 1977 «me alejó un pasito más de la obstinada inocencia infantil. Me enseñó algo acerca de qué pueden las montañas y qué no, algo acerca de los límites de los sueños. En su momento no lo vi como esa luz benéfica, pero ahora doy gracias por ello».

NUEVAS INVESTIGACIONES Y REFLEXIONES
Si el ahora reeditado “Sueños del Eiger” recogía el legado escalador de Jon Krakauer en forma de artículos sueltos para revistas, el ejemplar “Hacia rutas salvajes”, de 1996, fue su salto literario. El magnífico y exitoso libro contaba la experiencia del joven bohemio Christopher McCandless, fallecido en 1992 en una arriesgada aventura en las profundidades de Alaska. El realizador Sean Penn lo adaptó acertadamente al cine en 2007 y la hermana de Christopher, Carine, recogió su testimonio en “The Wild Truth” y ayudó a promover un centro en recuerdo del a la vez admirado y discutido trotamundos.
Como montañero, pero a la vez periodista de investigación, Krakauer volvió al Himalaya en 1996 para analizar la comercialización del alpinismo. Se vio envuelto en una catástrofe y escribió “Mal de Altura. Un relato personal del desastre del Monte Everest” sobre la muerte de doce escaladores en una dura tormenta, de la que él se salvó tras hacer cumbre. De nuevo best seller, Baltasar Kormákur lo adaptó al cine en la comercial “Camino a la cima: muerte en el Everest”. El libro levantó alguna polémica y la película no gustó mucho al escritor.
El alpinismo fue perdiendo peso en su trayectoria periodística y en 2003 divulgó “Obedeceré a Dios: Dios, los mormones y el fanatismo religioso”, sobre la secta polígama del gurú Warren Jeffs y la muerte de una mujer y su hija por parientes mormones. La obra alcanzó repercusión y tuvo también su documental: “Prophet’s Prey”.
Krakauer llevó en 2009 sus denuncias al corazón del Ejército estadounidense con “Donde los hombres alcanzan toda gloria: la odisea de Pat Tillman”. La manipulada historia de un héroe deportivo y patriota enrolado en la ocupación colonial de Afganistán y muerto por fuego amigo.
La saga de revelaciones continuó en Asia en 2011 con “Tres copas de engaño: cómo Greg Mortenson, héroe humanitario, perdió el rumbo”. Evidenciaba a ese autor de exitosos libros basados en experiencias personales en Afganistán y Pakistán que se habría inventado su propio secuestro, una aventura en el K2 y otras falsedades.
De vuelta a casa, en 2015 el incisivo periodista condensó en “Missoula: violación y sistema de justicia en una ciudad universitaria” su trabajada investigación sobre agresiones sexuales en la universidad de esa localidad del estado de Montana. Entre 2008 y 2012 la Policía recibió 2.350 denuncias y el informador sacó a la luz experiencias espantosas y las prácticas negacionistas del estamento universitario.
En 2019, Jon Krakauer reunió otro bagaje de experiencias en “Reflexiones sobre el riesgo y la condición humana”. Diez nuevos relatos de avalanchas, erupciones volcánicas, sádicas terapias para adolescentes en la naturaleza o los últimos días del legendario surfista Mark Foo. La rica travesía vital de Jon Krakauer y sus hermosas versiones relatadas reflejan con ágil destreza escaladora y literaria diversos mundos de aventura y riesgo del alma humana.




