Reinterpretar

En el año 2002, el teórico Nicolas Bourriaud publicó un volumen titulado “Postproducción”. En él hablaba de las tendencias culturales que trabajan desde materiales ya creados. Utilizando la metáfora del DJ, que crea nuevas atmósferas sonoras con piezas preexistentes, explica cómo el arte contemporáneo es capaz de proponer nuevas creaciones utilizando como materiales originales otras obras. De este modo, la cuestión de la autoría se desplaza hacia una manera de concebir el arte que se revela a través de la reinterpretación de las fuentes. El concepto de obra original e irrepetible desaparece, dando lugar a nuevas lecturas y enfoques. Pero, a pesar de la propuesta de Bourriaud escrita a principios del presente siglo, estas lógicas en la producción artística fueron abrazadas mucho tiempo atrás. Bien desde el dadaísmo, una vanguardia de principios del S.XX, el Pop Art y el uso de la publicidad y los elementos de la cultura de masas o el uso político y revolucionario del “detournement” (desviación) situacionista, la reutilización de referentes para crear algo nuevo es una metodología habitual en el ámbito creativo. En esta ocasión, reseñamos una nueva exposición que desde ese punto de partida realiza una propuesta expositiva a partir de uno de los pintores más icónicos del SXX.
Edward Hopper (EEUU, 1882-1967) es uno de los autores referentes del Realismo norteamericano. Es a partir de los años veinte del pasado siglo cuando, lejos de los movimientos de vanguardia, su pintura comienza a consagrarle como uno de los pintores más conocidos del contexto estadounidense. Las imágenes de Hopper nos llevan hacia un imaginario propio y cercano a una resolución cinematográfica. Sus personajes parecen pelear contra la soledad, una carga existencial o, simplemente, un carácter taciturno. Sus escenas nos revelan una destreza técnica en la representación de la arquitectura y la perspectiva, donde los escenarios en los que la vida tiene lugar se convierten en protagonistas tan relevantes como en esas miradas perdidas enfrentadas con haces de luz que entran por la ventana.
Su legado nos llega, en esta ocasión, a través de la exposición “After Hopper”, inaugurada el pasado mes de febrero en el Museo de Bellas Artes de Bilbo. El artista guipuzcoano José Antonio Azpilikueta (Eibar, 1961), firma una docena de estampas donadas a la colección de la pinacoteca por el editor Jose Ignacio Olave. En ellas, se alude gráficamente a algunas de las piezas más conocidas del autor norteamericano. Las obras de Azpilikueta, en su mayoría enunciadas desde el dibujo, aportan una revisión personal con un alto grado de delicadeza y sensibilidad gráfica. La muestra podrá visitarse hasta el próximo día diecinueve de abril y se antoja tan interesante como recomendable.





