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EL VERDADERO PODER EN NAFARROA AÚN RECAE EN FAMILIAS QUE FAVORECIÓ FRANCO

Los navarros tienden a estar orgullosos de su relativo bienestar comparado con el Estado. Es cómodo pensar que eso se debe al trabajo y el esfuerzo. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si lo que es Nafarroa tiene más que ver con botines y sagas de caciques? ¿Y si es un «corralito»?


Hitler da orden a sus hombres de que mueran en Stalingrado, que no se rindan ante el empuje del Ejército Rojo, les ordena morir. Y morirán por miles. Es 21 de enero de 1943 y el Führer vive la primera de una cadena de derrotas que será definitiva en la comodidad de su refugio en los Alpes bávaros. Hasta aquí, lo conocido por la mayoría de historiadores. El ojo más fino del periodista Iván Giménez detecta algo más. Ese día Hitler tiene visita. Viene a verle el ministro franquista José Luis Arrese, casado con una corellana, y enamorado de la localidad ribera donde pasaba los veranos. Arrese hoy da nombre al colegio y a una calle, pero su legado más importante fue el poder, que han ido heredando los prohombres de Corella. Hasta hoy.

El capítulo dedicado a Corella es una de las joyas que engarza “El corralito foral”, un libro que se presenta esta tarde en el Instituto Plaza de la Cruz y que, sinceramente, es demoledor. Al calor de Arrese medran figuras como Navarro Castuera (mentor del futbolista que llegó a presidente, Miguel Sanz) o los hermanos Julio y Antonio Asiáin, que se enriquecieron en un doble papel de líderes falangistas y constructores de casas baratas al amparo de la dictadura. Los hijos de Antonio Asiáin, en particular, José Antonio, ocuparán cargos de peso como vicepresidente de Urralburu y, después, como último presidente de CAN o experto de la Junta Arbitral que rige las disputas económicas entre Nafarroa y el Estado (o sea, el que metió la pata con el caso del IVA de Volkswagen el verano pasado). En el libro que edita Pamiela, Giménez también señala que en Corella tiene hoy su Fundación el ministro Arrese, para la que fueron elegidos patronos Sanz y Asiáin. Se supone que entre sus cometidos está el de mantener el museo que le honra, en el que se conservan libros que a día de hoy están prohibidos en Alemania.

A lo largo de 347 páginas (más bibliografía), el autor hinca el diente a todo hito navarro hasta demostrar que la Nafarroa de hoy poco le debe a los Fueros y al supuesto carácter montaraz, recio y trabajador de los navarros. De hecho, casi no deja algún símbolo a lo que agarrarse sin pasar algo de apuro. Las principales marcas de pacharán (Zoco y Etxeko) se hicieron hegemónicas ya que sus dueños, hermanos, se contaban entre los prohombres del régimen. La historia de Hemingway en La Perla, pura farsa. No pasó en ese hotel una sola noche, prefería el de su amigo Juan Quintana, al otro lado de la plaza, en los pisos superiores del Txoko. Pero Quintana era republicano (salvó el pellejo por ser un gran aficionado a los toros y se había ido a ver una feria al Estado francés). La Perla, por contra, estaba dirigida por convencidos fascistas, como el que metió preso a Pío Baroja, motivo por el que el escritor, ya viejo, se tuvo que marchar para esquivar un ajusticiamiento o, quizá, la prisión de Ezkaba. El chupinazo también tiene origen republicano, borrado y reescrito durante años por periodistas de Falange que llegaron a concejales. Ni pan se puede comprar con tranquilidad si se conoce bien cómo José León Taberna «amasó» su fortuna con leña y harina fruto del pillaje.

El mito de cómo nafarroa se hace rica

En lo que sin duda destaca el libro en enumerar con ánimo enciclopédico linajes de las grandes familias que han atesorado el poder, como los Urangas que controlaron la Falange, Príncipe de Viana, Caja Rural, Caja Navarra y, por supuesto, el “Diario de Navarra”. También se adentra en los entresijos de los Huarte y cómo se forja el emporio del enmedallado Félix Huarte, manejando con una mano la Diputación y, con la otra, empresas a las que llegaba el dinero público a raudales. Se interna en el caso Fasa, aquel escándalo por el que dimitió Jaime Ignacio del Burgo y que, a la postre, fue un paradigma de cómo una gran empresa republicana acaba en manos de los grandes caciques. Y en definitiva, nos destapa «el corralito foral».