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ROSA RODERO
VIUDA DE JOSEBA GOIKOETXEA, MUERTO EN ATENTADO DE ETA

«Esto se va a terminar y tenemos que escribirlo bien, sin páginas a medias»

Rosa Rodero quedó viuda en 1993, cuando su marido, Joseba Goikoetxea, sargento de la Ertzaintza, murió en atentado de ETA. Hoy tomará parte en un acto por la paz en Euskal Herria vetado por el Congreso pero que reúne a víctimas de distintas violencias.

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En conversación telefónica con GARA, Rosa Rodero lamenta el veto del Congreso y remarca el valor de actos como el de hoy en Madrid, especialmente fuera de las fronteras de Euskal Herria.

¿Qué sintió cuando le comunicaron que el Congreso no permitiría celebrar el acto?

No lo entiendo. Me sentí mal, una víctima de cuarta categoría. A mí no me dejan hablar, cuando lo voy a hacer en mi nombre, pero otras señoras que dicen representar y hablar por otras víctimas pueden hacerlo cuando y donde les dé la gana.

¿Observa utilización política?

Ha habido una utilización total. ¡Esto estaba aceptado desde hace cuatro meses! En aquel momento hubo unanimidad. No entiendo por qué ahora nos dicen esto. Tampoco que una asociación diga que se va a sentir mal cuando nosotros solo vamos a dar nuestro testimonio y decir qué queremos. Nada más.

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Se da la paradoja de que el encuentro del Congreso iba a tener lugar en la sala Ernest Lluch, muerto en acción de ETA, e iba a contar con la presencia de Rosa, una de sus hijas...

Precisamente. Ya que Rosa iba a participar, hacerlo en el Congreso de los Diputados, en la sala dedicada a su padre, era importante. Era también un homenaje a Ernest Lluch, buscando que la gente entendiese un poco la opinión de otras víctimas y no solo que viesen una representación que no es la opinión de todas.

¿Qué cambió en los últimos cuatro meses para que la aprobación de todos los partidos se transformase en veto?

Ha sido en una semana. Esto lo tenemos cerrado hasta hace 15 días cuando la señora [Ángeles] Pedraza, presidenta de la AVT, dice que se siente indignada, que se va a hacer daño a las víctimas y que si nos presentamos ahí ellos no van a acudir el 30 de junio al Congreso. Eso porque vamos víctimas de ETA, de los GAL y de otras cosas. Pues, irónicamente, a ver si tengo suerte y me invitan a mí. Llevo 22 años viuda y jamás me han invitado al Congreso a hablar.

¿Hay discriminación?

Estoy viendo que hay muchas clases de víctimas: de primera, de cuarta y de quinta. Y yo soy de las últimas.

Les han llegado a acusar de pretender «humillar a las víctimas». ¿Ese era el objetivo del acto de hoy?

Al contrario. En ningún momento. En todo caso, queremos poner en conocimiento que las víctimas no somos iguales, que cada una tenemos una forma de relacionar y de ver, que no todas tienen odio. Porque se suele decir que las víctimas guardan mucho odio y no es cierto. El proceso que hago es que existen unas leyes que hay que acatar, me gusten más o menos. Voy a dar mi opinión yo, Rosa Rodero, viuda de Joseba Goikoetxea. No creo que eso pueda hacer daño a otra víctima.

También les acusaron de «tener síndrome de Estocolmo».

Nos han dicho muchas cosas. Yo 22 años con síndrome de Estocolmo no llevo y este discurso lo mantengo desde entonces. Hay que ver todas las realidades de Euskadi. Mi marido era un ertzaina, un hombre de partido, nacionalista, que con veintitantos años estuvo en la cárcel por pertenecer al PNV en la época franquista, que salió con el indulto por la muerte de Franco. Si esto es tener síndrome de Estocolmo, que baje Dios y lo vea.

También se ha puesto en cuestión la participación de exmiembros de ETA en estos encuentros. ¿Existen problemas para explicar todas las realidades de sufrimiento?

Es bueno saber qué pasa dentro de las cárceles y lo que han tenido que vivir muchas veces. Porque no nos enteramos. Las familias tienen que hacer cientos de kilómetros en un día para, muchas veces, no poder verles. Es una parte de nuestra historia que hay que contarla. Como lo que pasó el 3 marzo en Vitoria. Hay que ver todas las historias. Esto se va a terminar, sí, pero no se pueden dejar páginas a medias. Tenemos que escribirlo bien. Quizás es pronto, pero con el tiempo nuestros nietos conocerán un pais diferente.

Ha mencionado las reticencias a escuchar a víctimas de otras violencias. ¿Por qué tanta oposición a escuchar esas voces?

Hay asociaciones que se dedican al apoyo a las víctimas, pero otras nacieron y crecieron cuando el PP empezó a acordarse de que existíamos. Hasta el año 1996 las víctimas no eran interesantes y nadie se acordaba, y a partir de entonces empiezan a hacer política. Utilizan a las víctimas para hacer política.

Tras las quejas públicas de la AVT, ¿alguien de la asociación se puso en contacto con usted?

Jamás se ha puesto en contacto conmigo nadie. En su momento, hace 20 años, cuando fue el primer juicio de mi marido, pedí a la AVT que no participase. Fueron y el juez terminó por expulsarles del juicio. Sobre esta cuestión en concreto, he preguntado a algunos que están en la AVT y me han dicho que no les habían consultado. Así que no sé quién toma las decisiones.

En el contexto actual, ¿qué papel cree que deberían tener las víctimas?

Políticamente no tienen que intervenir. No es nuestra labor. Se nos tiene que oír, que se conozca nuestra historia. Eso es lo que podemos aportar y ese es nuestro papel. Sobre todo, fuera de Euskadi. El problema lo tenemos en casa y lo tenemos que dar a conocer fuera, que es donde nos ponen las pegas. Con los exmiembros de ETA quien va a convivir somos nosotros. No van a vivir en Madrid. Esa es la ley, la acatamos y la respetamos. Porque hay una cosa muy importante, que es la paz, que por fin haya paz. Nuestro papel es que vean que no todo es política, que las víctimas somos diferentes y que todas tenemos una historia.

¿Cree que la mención a ETA se ha convertido en una frivolidad dentro de la política?

Hace tiempo que procuro no escuchar a nadie. Que se utilice a las víctimas me duele, y se ha utilizado a todas, incluso a mí, y he podido no darme cuenta. Aquí hay que solucionar las cosas. Tenemos una legalidad que está ahí escrita. Por ejemplo, me han dicho que la ley no dice exactamente que los presos tengan que estar cerca de su lugar de residencia. Cierto. Pero el reglamento sí lo dice. Deben estar cerca de sus casas y creo que es lo más normal. Lo mismo que ocurrió con la «doctrina Parot».