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CRÍTICA «El cadáver de Anna Fritz»

Esta muerta está muy viva


Apropósito de “El cadáver de Anna Fritz” tengo que decir lo mismo que en su día comenté de “Buried” (2010), aunque la película de Rodrigo Cortés fuese mucho más ambiciosa. Son guiones que apenas dan para un cortometraje, así que se alargan artificiosamente hasta completar una duración comercial, con el agravante de que la ópera prima de Héctor Hernández Vicens se ha quedado a duras penas en hora y cuarto. Si el público pagase los estrenos por minuto proyectado habría que devolverle en este caso parte del dinero. Y como en “Buried”, se trata también de explotar una situación única y al límite, dentro de un reducido y claustrofóbico escenario. Y aunque pasamos de uno a cuatro personajes, tampoco faltan las licencias y trampas de guion para que la acción avance en la medida de lo posible.

La supuesta polémica sobre la necrofilia suscitada en el Festival de Sitges resulta de todo punto incomprensible, ya que el tema sirve de mero pretexto para el arranque argumental. Y eso por no hablar de que técnicamente solo existe un cadáver en el título, puesto que esta muerta está muy viva. En realidad la película es como aquellas producciones baratas de los años setenta y ochenta que versaban sobre violaciones, y que terminaban en una venganza sangrienta.

La figura de Anna Fritz nunca llega a ser creíble, ni como muerta ni como resucitada. Al principio se escuchan unos cortes radiofónicos, mientras la llevan en camilla por el pasillo de la morgue, que la califican de un auténtico mito de la pantalla. Pero esa dimensión se pierde por completo en cuanto su cuerpo cae en manos de unos fans que en ningún momento parecen sentirse ante alguien famoso. Con lo que aquí la teoría de que las grandes estrellas se hacen todavía más inalcanzables cuando fallecen se viene abajo. La tal Anna Fritz solo está para gritar, reaccionar o arrastrarse cuando el guion lo exige.