2015 ABEN. 24 EL GENOCIDIO ANUNCIADO AVANZA HACIA BURUNDI DESDE RWANDA El nacimiento oficial de una rebelión armada fue anunciado ayer en Burundi con el objetivo de «derrocar» al presidente Nkurunziza, que siente una creciente presión internacional para que dialogue con la oposición y evite un nuevo genocidio entre hutus y tutsis. Jose Angel ORIA El teniente coronel Eduard Nshimirimana hizo llegar ayer a la agencia AFP un mensaje de audio en el que anuncia el nacimiento de las Fuerzas Republicanas de Burundi «con el objetivo de proteger a la población y a sus bienes». El exoficial de alto rango del Ejército de Burundi explica que antes de tomar la decisión han llevado a cabo una prolongada y profunda reflexión, fruto de la cual han llegado a la conclusión de que es necesario derrocar al presidente. Aseguran los promotores de la nueva guerrilla que es necesario apartar a Pierre Nkurunziza del poder para recuperar el Acuerdo de Arusha y la democracia. El Acuerdo de Arusha establecía un poder compartido entre hutus y tutsis después de la guerra civil que entre 1993 a 2006 opuso al Ejército, mayoritariamente tutsi, contra grupos rebeldes hutus. Burundi está hundido en una profunda crisis política desde finales del pasado mes de abril, cuando Pierre Nkurunziza anunció que aspiraba a un tercer mandato presidencial, con lo que, a juicio de las fuerzas opositoras, violaba la Constitución burundesa, que establece el límite de dos mandatos a los gobernantes. El teniente coronel Nshimirimana, que desertó el 26 de setiembre, se hallaría, según AFP, en la zona rural de la provincia de Buyumbura, desde donde domina la capital. Estaría al frente de un importante grupo armado, integrado principalmente por desertores del Ejército y de la Policía. «Frente a la violencia feroz del Estado y después del rechazo categórico y arrogante de cualquier diálogo, solo queda el recurso de la fuerza para proteger a la población», declaró Nshimirimana. Masacres en el siglo XX Sus palabras vienen a confirmar los temores expresados por diversos observadores: Burundi está pasando de un conflicto eminentemente político (la defensa ciudadana del límite de los dos mandatos, equiparable a la que viven numerosos países del continente) a otro mucho más grave y de fortísimo componente étnico. Para entender esta evolución hay que repasar la historia. Inmediatamente después de la independencia (1959), un partido de unidad multiétnica fue formado para tomar el poder. Lo encabezaba un joven líder tremendamente popular, Prince Louis Rwagasore. En 1961, un europeo le mató. En pocos años, un grupo de oficiales militares tutsis tomó el poder y procedieron a gobernar un Estado étnicamente exclusivo con puño de hierro. En 1972, en el contexto de una rebelión de la etnia hutu, el poder llevó a cabo un genocidio: cientos de miles de muertos, sobre todo intelectuales y potenciales líderes. Hubo nuevas masacres contra los hutus en 1988. En 1993, cuando un líder hutu, Melchior Ndadaye, ganó unas elecciones democráticas, el Ejército acabó con su vida. A estas le siguieron más masacres y comenzó la guerra civil. Estos hechos y los refugiados causados por esas matanzas influyeron en los acontecimientos en Rwanda, incluyendo la guerra civil iniciada en 1990 y el genocidio que tuvo lugar en 1994. Poner tierra por medio Cuando el pasado abril comenzaron las primeras protestas contra las pretensiones de Pierre Nkurunziza, miles de burundeses vieron llegada la hora de huir. Quedaba claro que la población no había olvidado la historia reciente y prefería poner tierra por medio. El Acuerdo de Arusha ya no garantizaba la paz, en opinión de esos burundeses. La situación actual es aún peor, porque los temores iniciales van cogiendo forma y ya se ven ataques a los opositores, represión salvaje, ejecuciones extrajudiciales, cadáveres con signos de tortura y actos en favor de la paz en los países vecinos. El equilibrio diseñado en Arusha ha saltado en mil pedazos. Según recoge TeleSur en un informe sobre aquellos acuerdos, el analista Patrick Hajayandi explica que «las fuerzas armadas y de seguridad de Burundi se componen de un 50% de hutus y de un 50% de tutsis, en consonancia con la paz de Arusha y los acuerdos de reconciliación y el acuerdo de alto al fuego global». Añade que a diferencia de anteriores pogromos que afectaron Burundi en 1972 y 1993, «la naturaleza integrada de la vida social y política disminuyen la posibilidad de una continua conflagración genocida». Reclutamiento forzoso El analista aboga por un enfoque cauteloso, basado en el diálogo, y argumenta que advertencias de un inminente genocidio y hablar de la intervención militar extranjera (la Unión Africana ha anunciado un despliegue de tropas al que se opone el Gobierno de Nkurunziza) inflaman una situación que podría ser mantenida a baja intensidad y resuelta mediante la negociación. Los ciudadanos de Burundi están «cansados de la guerra» y han demostrado «gran resistencia contra los esfuerzos de los promotores de la guerra y empresarios étnicos», sostiene. Pero esos «promotores de la guerra» siguen sembrando miedo y odio. Tanto en Burundi como en Rwanda. El exfuncionario de la ONU Jeff Drumtra, que trabajó durante cinco meses en el campamento de refugiados burundeses de Mahama (Rwanda), fue testigo de un esfuerzo de reclutamiento en el interior del campo, de cara a una especie de servicio militar obligatorio, del que tratan de escapar quienes ya huyeron de la violencia. Los rebeldes eran reclutados y enviados luego a Burundi. «El reclutamiento militar solía suceder por la noche, cuando el personal internacional, como yo mismo, no estaba en el campamento. Debido a restricciones de seguridad de la ONU, se nos obligaba a abandonar el campamento antes de que anocheciese. Por eso, la mayor parte de este reclutamiento ocurría de noche. Aunque no lo viésemos, fuimos uniendo los puntos, porque los refugiados, que tenían miedo de que los obligasen a unirse a un ejército rebelde y que los forzasen a combatir, venían a hablar con nosotros y contarnos sus miedos y preocupaciones. Así fuimos juntando las piezas de lo que sucedía y varios testigos oculares nos dijeron quién estaba involucrado en este intento de reclutamiento masivo, de forma que cada vez quedó más claro que no se trataba de un puñado de refugiados intentando reclutar una fuerza rebelde, sino de la mismísima mano del Gobierno ruandés: sus oficiales de Inteligencia y de Policía. Además, podíamos notar los efectos que esto causaba, ya que un montón de refugiados venían a explicarme que tenían mucho miedo de lo que pudiera ocurrirles», relató el exfuncionaro de la ONU a la periodista estadounidense Ann Garrison. Oficiales del Gobierno ruandés, según la versión de Drumtra, vigilaban constantemente al personal de la ONU, por lo que acercarse a ellos para expresarles una queja resultaba muy peligroso. Los reclutadores normalmente se llevaban a refugiados varones, chicos jóvenes y hombres de mediana edad, «supuestamente para entrenarlos militarmente y, posteriormente, para las misiones que tuvieran». Drumtra destaca que tanto la ONU como el Gobierno de EEUU conocen esta situación, ya que él mismo les informó a sus representantes, por lo que les reclama una acción eficaz que detenga el reclutamiento y la guerra que puede desencadenar. El mortero y el palacio presidencial Garrison preguntó al exfuncionario de la ONU sobre las acciones de los opositores armados en Burundi, que han llegado a atacar con fuego de mortero el palacio presidencial en Buyumbura. Drumtra cree que eso es como jugar con fuego sobre un charco de gasolina. «Tras haber trabajado en asuntos de Rwanda y Burundi de manera intermitente durante más de 20 años –responde el exfuncionario–, históricamente, por lo que sabemos, esa violencia empeora y el riesgo de las atrocidades masivas se hace mucho más inminente cuando ambas partes se sienten victimizadas. Así, un ataque de mortero sobre el palacio presidencial (si alcanzase su objetivo y dejase tras de sí un gran número de muertos, o incluso provocase la muerte del presidente), crearía sin lugar a dudas una situación en la que el partido gobernante y todos los que lo votaron en Burundi se sintiesen victimizados de una forma radicalmente nueva. Y si ocurriese algo así, entonces, tal y como ya ha ocurrido antes, la violencia en Burundi empeoraría mucho, y ese es el temor de todos». «La violencia en Burundi siempre ha tenido un tinte étnico, pero es principalmente política. No obstante, el miedo de todos es que se transforme en una violencia étnica indiscriminada. Y de ser así, podría pasar cualquier cosa, porque ya vimos en la década de los 70, 80 y 90 que Burundi puede dejar decenas de miles de refugiados en una sola semana. Puede dejar cientos de miles de nuevos refugiados en cuestión de semanas», explica Drumtra. El presidente de Rwanda, Paul Kagame, tacha de «infantiles» las acusaciones lanzadas en su contra por favorecer el reclutamiento de los grupos armados entre los refugiados burundeses acogidos en Mahama. Kagame manifestó en una rueda de prensa en Kigali que «hablan como si Rwanda les diera armas y les dijera ‘id a luchar a Burundi’, pero no he visto pruebas». La ONG Refugees International había denunciado que «grupos armados no estatales» que operan en Ruanda están nutriéndose de los solicitantes de asilo burundeses. AÚN PEOREl Acuerdo de Arusha ya no garantiza la paz. La situación actual es aún peor, con ataques a los opositores, represión salvaje, ejecuciones extrajudiciales, cadáveres con signos de tortura y actos en favor de la paz en los países vecinos.