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CRÍTICA «La juventud»

El último sueño


Al igual que en los sueños, la imperfección se asoma a lo largo de este sinuoso y barroco adiós a la vida que, entre sonrisas cómplices, ha elaborado Paolo Sorrentino en complicidad con una pareja de actores de gran calibre como Michael Caine y Harvey Keitel. A medio camino entre un sueño y un cuento, el cineasta rinde un sentido homenaje a los sueños y el barroquismo excesivo de Federico Fellini y a la puesta en escena coral o los movimientos de cámara que Ettore Scola aplicaba a sus paseos y bailes filmados. Todo en “La juventud” es un gigantesco paisaje onírico en el que la oportuna escenografía de un balneario perdido en mitad de los Alpes suizos se transforma en epicentro de emociones crepusculares compartidos por un prestigioso compositor y director de orquesta (Caine) y un cineasta (Keitel) que pretende rodar su testamento fílmico. Alrededor de esta amistad singular en la que nunca hubo tiempo para compartir malas noticias, se asoma un variado muestrario de personajes que parecen atrapados en un lugar atemporal y a ratos siniestro. La constante referencia a la dictadura del reloj vital tan solo se trastoca en cuanto salen a pasear los fantasmas del pasado y la realidad se muestra cruel en su empeño por dinamitar los anhelos que rara vez se cumplen y que tienen por objetivo teñir de esperanza los compases de una vida que comienza a agonizar. Elaborado mediante planos calmados y composiciones a rato cargantes y excesivas, esta tragicomedia teñida de saludable melancolía incluye en su bestiario la presencia de un Diego Armando Maradona que, cual Moby Dick, asoma de las profundidades de una piscina mostrando en su espalda el rostro tatuado de un Karl Marx que amenaza con expandirse hasta el infinito. Mención especial merece la breve pero telúrica irrupción de una Jane Fonda impecable en su rol de diva otoñal y de uñas afiladas.