2016 OTS. 13 JO PUNTUA El imperio (o sea, el régimen) contrataca Floren Aoiz @elomendia La cultura democrática sólo puede generarse desde la movilización y la sensibilización desde abajo. La mera idea de una cultura democrática surgida desde las élites es una aberración. Democracia es la lucha del pueblo que quiere autogobernarse y por ello choca con las minorías privilegiadas. Lo estamos viendo en Nafarroa: las fuerzas del régimen no están dispuestas a aceptar la voluntad popular de cambio porque ven la democracia como una cáscara hueca a la que recurrir para legitimar su predominio, algo que puede arrojarse a la basura si la gente decide elegir el cambio. No puede sorprendernos: de casta le viene al galgo. La tradición golpista y autoritaria pesa. Que se lo digan al “Diario de Navarra”, portentoso baluarte demócrata en cuyas páginas se ha alabado a Primo de Rivera, Hitler, Mussolini, Franco y toda suerte de dictadores y criminales reaccionarios. Uno de sus prohombres, Garcilaso, lo tenía muy claro, por eso definía en 1936 el sufragio universal como «esa mala raíz». Ocurre, sin embargo, que de esa mala raíz viene la democracia. En realidad, de las luchas populares, de las sufragistas, del movimiento obrero, nunca de las élites, cuyo horizonte es mutilarla y, llegado el caso, arrasarla a sangre y fuego, como en julio de 1936. En Nafarroa, tras cuarenta años de dictadura y otros cuarenta de régimen corrupto y elitista, la cultura democrática sólo puede venir de la calle, de la lucha antifranquista, de la movilización contra la corrupción, de la pelea por la justicia social, de la defensa de la lingua navarrorum, de la activación contra el machismo, contra la tortura, contra la explotación, contra los ERE, despidos y demás barbaridades. No pueden soportar que pueda decidir la gente de abajo, la gente «del común», como se decía en otros tiempos. Su sarpullido tiene diagnóstico: es odio a la democracia y el tratamiento exige aumentar la dosis de voluntad popular. No pueden soportar que pueda decidir la gente de abajo, la gente «del común», como se decía en otros tiempos. Su sarpullido tiene diagnóstico: es odio a la democracia y el tratamiento exige aumentar la dosis de voluntad popular.