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CRÍTICA «Calle Cloverfield 10»

Un saludable ejercicio de suspense


Vistos los resultados y saludables intenciones que baraja Dan Trachtenberg en este su debut en el largometraje, no resulta extraño que J.J. Abrams –en su variante cinéfaga “Super8”– haya optado por respaldarle en la producción. Buena parte de ello se debe sin duda al guiño constante que realiza a aquellas entrañables producciones televisivas tipo “Twilight Zone” y a una combinación cinéfila que alterna las producciones estadounidenses de los 60 y los 80, lo cual queda rubricado en los sobresalientes títulos de crédito y en unos primeros minutos de vértigo que prologan a un thriller axfisiante y tenso que se escuda en una obligada puesta en escena teatral que se transforma para los tres protagonistas en una enloquecedora tela de araña. Curiosamente, esta “Calle Cloverfield 10” podría funcionar de manera completamente ajena al original “Cloverfield” –titulada en el Estado español “Monstruoso”– ya que, a pesar de que ambas comparten ese miedo nacido de una amenaza extraterrestre, en esta entrega adquiere una especial relevancia lo imprevisible. En constante equilibrio sobre una cuerda floja, el guion consigue transmitir cada una de los capítulos de tensión, suspense y miedo que derivan hacia el peor de los males en una situación de estas características, la paranoia que se establece en el reducido búnker y que amenaza con hacer saltar por los aires la relación de los personajes. Si al buen engranaje del argumento le unimos el peso de un actor como John Goodman, el resultado de esta ecuación maquiavélica resulta tan reconfortante como un divertimento orquestado por un juguetón Alfred Hitchcock. Técnicamente impecable, gracias a la pericia que el autor demuestra a la hora de captar cada uno de los rasgos y palabras de los protagonistas, mención especial merece la banda sonora compuesta por Bear McCreary, un músico que ha dado muestras de su gran valía en series como “The Walking Dead” o “Black Sails”.