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Sentimientos que remueven a la gente abertzale


En asambleas, documentos, pancartas y prensa las personas de la izquierda abertzale reflejamos un día y otro nuestra ideología y la consiguiente evaluación de los sucesos que surgen. Pero, al margen de esas ideas y apreciaciones que nos remueven y nos diferencian del resto, ¿cómo somos la gente abertzale dentro de nuestra piel? ¿Qué sentimientos abundan entre nosotros? Podría alguien comentar que son temas secundarios. Pero no es el caso. Los sentimientos son el combustible de nuestra ideología.

Vamos a citar tres de esos sentimientos. Primeramente, el dolor. A diferentes niveles. En su raíz se halla la conciencia de vivir en un país herido y gestado desde fuera. Situación que nos golpeó siniestramente hace cinco siglos, y que aún pervive ya que no vemos a corta distancia una Euskal Herria autogestionada. Además, esa desazón de vivir oprimidos se ha hecho en las últimas décadas una herida sangrante con las decenas de miles de detenciones, miles de torturados, de huidos y de encarcelados que han ido sucediéndose, y que supuran hiel en otros miles de personas azotadas directamente por ese sufrimiento de sus hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos y amigas.

Al lado de ese dolor se agita entre la gente abertzale otro duro sentimiento. El enojo contra nosotros mismos. Desde luego tenemos enojo y se nos altera la sangre contra el pie que nos aplasta, sea de partidos políticos, poderes legislativos, judiciales, penales o de élites económicas. Pero aquí nos referimos al enojo frente a nosotros mismos. Como aparece en las aportaciones recogidas en la primera fase del proceso Abian. Una especie de autoacusación de que no sabemos actuar, que estamos actualmente decaídos, que nos falta ilusión, que no se han cumplido nuestras expectativas, que estamos bloqueados en nuestra dinámica, que no llevamos bien la gestión del proceso y hemos perdido el rumbo, que nos hemos convertido en un partido más, que estamos más atentos a las elecciones que a las movilizaciones, que nos hemos convertido en un gueto más... Desde luego, no se puede replicar a cada una de esas consideraciones que nos muerden porque siempre desearemos más de lo que tenemos y de lo que conseguimos. Ni mucho menos debemos anular ese enojo. Nos queda simplemente la posibilidad de transformarlo en una repetida voluntad de reemprender la marcha.

Hay un tercer sentimiento, contrapuesto al dolor y al enojo. La euforia. La que sentimos cuando logramos hacer manifestaciones que llenan las calles; cuando celebramos la liberación de un preso como si viéramos en ella, aunque sea de lejos, la liberación y la vuelta a casa de todos los demás; cuando hacemos fiestas que reflejan la vitalidad, ganas de vivir, ruptura con la moral hipócrita que nos arruina las vidas.

Con ese triple recuento de dolor, enojo y euforia ¿se cierra el cuadro de nuestros principales sentimientos? Hay que nombrar otro, aunque, a decir verdad, lo tenemos en el sótano, cerrado en un cajón. Y si decidimos abrir ese cajón, nos toparemos con que es un sentimiento mudo. Eso mismo. Mudo. ¿De qué se trata? Del deseo-sentimiento de cohesión vasca. No sería acertado negar que exista ese sentimiento, pero lo tenemos vacío. Se nos llena la boca con la palabra independencia. Le ensanchamos el término «socialismo». Añadimos incluso «feminismo». Pero no nombramos, ni sopesamos, ni alimentamos ese sentimiento-deseo de cohesión interna vasca. «¡Eso ya está incluido en el objetivo independencia!». En modo alguno. La independencia es un objetivo para pasado mañana. La cohesión del país es una tarea de hoy, y la condición sin la que esa misma independencia perdería utilidad. En este momento somos una serie de zonas desconectadas, de sectores sociales desligados, de partidos políticos que no se buscan sino que andan a la greña.

¿Que cómo puede alimentarse ese deseo de cohesión? No hay una clave. Lo que si resulta imprescindible es que miremos la situación actual. Mirarnos sin prisa. Al detalle. A ver si percibimos que no somos un país sino un conjunto de poblaciones y tierras que no interrelacionan. ¿Que ya lo sabemos? Pues, vamos a saberlo mejor. Llevemos los ojos a la Rivera del Ebro, a Cascante, Viana, Los Arcos, a la Rioja, a Laguardia. Labastida, pasamos a Treviño con su cincuentena de localidades, sigamos hacia Bilbo, Elorrio, Deba, Tolosa, Irún. Biarritz, Donibane Garazi, Maule... No tengamos prisa en apartar la vista. Y de ese modo, mirando el mapa, digámonos con toda crudeza que somos poblaciones y tierras que no se conocen, ni se tratan.

Eso, respecto a las tierras. ¿Y las personas? ¿Qué tipo de gentes somos? Volvamos a mirarnos fijamente. Para no dispersar el cuadro, vamos a quedarnos en las opciones políticas. Hallamos que hay gente que vota PNV, que vota UPN, al Partido Socialista Español o Francés, al PP, a Podemos, a Bildu o EH Bai, o al Partido Centrista... Además de un gran porcentaje de gente que no vota. Lo queramos reconocer o no, somos una cuadrilla de tierras y personas mal avenidas. Así que, volvamos a pasarnos por delante esa realidad una y otra vez. A ver si empezamos a sentir un leve deseo de conexión y de cohesión, y poco a poco se nos convierte en verdadera ansia.

Otro punto. Vamos a mirar ahora nuestra actividad específicamente política. Ahí estamos magníficos ¿no? Un día sí y otro también, mostramos lo hipócritas, vacíos o contradictorios que son los otros. Y les ganamos batallas, batallitas, pleitos de palacio, juegos de palabras. Nos encanta tener razón desde la mañana hasta la noche y chuparnos los dedos de gusto. ¿Sentimientos-ganas de cohesión? Pues, a decir verdad, abunda más el sentimiento de ganarles la partida a los demás. Lo del sentimiento de cohesión vasca se nos queda en el subsuelo.

Pero, bueno ¿qué es lo que deberíamos hacer? En realidad se trata de una tarea muy sencilla. No vencer a los otros sino buscar cohesión con ellos. No reñir en las instituciones sino buscar cohesión. No vencer a otros vascos sino buscar cohesión con ellos. Buscar relación, buscar contacto, buscar un trato de compañeros de viaje, oírles, mirarles, entenderles.

¡Vaya por dios con esa puñetera cohesión vasca! ¿O sea que vamos a tener que rehacer un sinfín de maneras, términos, actitudes? ¿Ir a la Ribera del Ebro, a la Rioja alavesa, celebrar manifestaciones en Tudela, convocar asambleas en Viana, organizar reuniones con la gente de Nafarroa Behera y de Zuberoa, decirle a la gente de la costa que haga turismo por Lizarra, Peralta, que siga el curso del Arga, procurar hermanamientos de municipios bizkainos y gipuzkoanos con municipios que lindan con Calahorra, Aragón o San Vicente de la Sonsierra? ¿Y hablar con nuestros contrincantes aunque no quieran hablar con nosotros? ¿No será que esta serie de moralejas sobre conexión o cohesión son elucubraciones de alguna noche de insomnio?

Puede ser. Desde luego, hay una clara alternativa a todo ese quehacer. Seguir como hasta ahora. Nutrirnos de sentimientos de odio, dejar que nos asome el enojo contra nosotros mismos, echarnos unos tragos de euforia cada tanto, decirnos que somos los auténticos abertzales. Todo ello no nos quitará el hambre, pero nos dejará sobrevivir. «¿Y qué hacemos con esa bendita cohesión vasca?» La verdad es que punza el tema. «¿Ya hablaremos de ello cualquier día, si sacamos tiempo?». ¡En modo alguno! Tenemos que hacerlo ya. No sea que tengamos que cambiar ese precioso nombre de Aberri Eguna y celebrar simplemente Aberri Hautsiaren Eguna. El día de la patria rota.