2016 MAR. 28 ASTELEHENEKOA El color del miedo Mercedes HAUVILLER Vivo en Bruselas desde hace siete meses y no importa todo lo que haga para encajar, siempre voy a ser extranjera. Y eso no está mal. El problema es que la extranjería se siente demasiado, hasta doler, cuando se combina con el miedo. Porque el color del miedo cambia según la historia que traemos de casa. Tuve miedo el noviembre pasado, cuando se persiguió después de los atentados de París –sin alcanzarlo– a Salah Abdeslam. Y mientras a los belgas los tranquilizaba la presencia de las fuerzas armadas en las calles, yo viví con miedo todos estos meses de tanques, botas y cascos siendo parte del paisaje cotidiano. Este «no es un estado de sitio, estrictamente hablando, son precauciones para cuidarnos», que a los locales los hacía sonreír, a mí me cortaba la respiración. Cada vez que estaba en un bar tomando una cerveza con amigos y los militares entraban a dar una ojeada, yo me pasaba esa noche entera sin dormir, acompañada de la cortina musical de los helicópteros sobrevolando la ciudad. Pero el pasado viernes 18 de marzo detuvieron a Salah Abdeslam. Por fin, qué alivio, justo a tiempo para el comienzo de la primavera. Y después de todos estos meses de alerta nivel 3, vino bien un poco de aflojar el control. Y entonces esta mañana, mientras repasaba para mi oral de francés, pensando: «qué bueno sería zafar hoy», llegó la profesora y dijo lo de la bomba. Por un momento pensé que había entendido mal, después de todo mi francés recién empieza a hacer pie. Pero había entendido bien, habían puesto no una, sino tres bombas. Dos en el aeropuerto de Zaventem y una en la estación de subte de Malbeek, acá a seis cuadras de mi casa. Eran bombas de verdad, no una broma de mal gusto de adolescentes para librarse de un examen. Me da miedo que Bruselas esté de nuevo en alerta nivel 4. Y salgo del instituto de francés y en las calles de nuevo hay militares, en grupos de cuatro o cinco, con sus uniformes camuflados, sus FAL cruzados en bandolera, sus cascos verdes, sus borcegos. Los transportes públicos han dejado de funcionar y la mayoría de los negocios bajó las persianas, al menos por hoy. Y ahora al ruido de los helicópteros que sobrevuelan la ciudad, se agrega el de las sirenas de las ambulancias, de la policía, de los bomberos. Porque esta vez hay muchos muertos y muchos heridos y mucha urgencia por enfrentar. A mi miedo real, mezclado con tristeza, inevitablemente se suma el miedo coloreado por mi historia nacional: el miedo de que la seguridad se coma a la libertad, a la diferencia. (...) © Página 12