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Simplemente crimen

A raíz de hacerse públicos los manejos en paraísos fiscales de destacadas personalidades del Estado español, se pregunta el autor por la razón por la que no se utiliza también el término crimen para calificar ese tipo de conductas, teniendo en cuenta «que pueden comportar daños extremos a colectivos más o menos extensos.»


El término crimen tiene una variedad de significados realmente extensa, aunque normalmente se emplea ese concepto restrictivamente, como delito extremo en sociedades normales, en lo que respecta a agresiones con daño físico notable o decisivo para seres humanos concretos. Y, sin embargo, no se aplica la calificación de crimen para enjuiciar conductas morales, políticas o económicas que pueden comportar daños extremos a colectivos más o menos extensos, como ocurre por ejemplo cuando se daña material o moralmente por objetivos espurios a todo un pueblo o a una nación. En tal caso la palabra crimen se gradúa muy «cuidadosamente» sólo para trances en que quiera destruirse obscenamente al enemigo «criminal». En estas circunstancias el término «crimen» sirve para justificar habitualmente una actividad bélica que en el fondo tiene por objetivo resolver violentamente una miserable confrontación política evitando la condena general de la sociedad correcta, que se ve protegida de los asesinos radicales. Ante lo que afirmo analícense los numerosos casos acontecidos en Africa, Oriente próximo o ciertos estados centro o suramericanos. Esta observación me parece válida si consideramos el uso que suele hacerse del crimen «contra los derechos humanos», recurso muy frecuente por parte de las grandes potencias agresoras, que con ello justifican sus acciones represivas, que tanto daño global conllevan, contra los pueblos o gobiernos que quieren someter a su voluntad. Entonces la palabra crimen recupera magnificencia hasta llegar al nivel de genocidio que se carga a la espalda del agredido. Es el «gran crimen», que antes se resolvía sin más con la llamada política de las cañoneras. Todo esto hay que considerarlo con mucho rigor para no emplear la justicia o la política como moneda falsa. Ahora está en pleno vigor el llamado derecho del enemigo, que escandalosamente pudre la justicia que pretenden impartir con toda solemnidad unos tribunales simplemente ejecutores, tantas veces, de una pretensión política introducida de urgencia como delictiva en el código penal. Con ello la justicia retrograda su esencia hasta los tiempos en que el derecho no había surgido como ética conductora del juicio y se asentaba la condena de los hechos en el perfil estricto de los mismos, dictado por el poder real imperante. A veces pienso que hemos retrocedido de la solemne eticidad de la «lege» romana a la pétrea y babilónica columna del amorreo Hammurabi, monumento que, con todo, admiro por la claridad de sus circunstanciadas penas ante la malvada oscuridad de los tantas veces cínicos «corpus» actuales. Está visto que hemos de arrancar la historia otra vez desde los amorreos, pueblo en el que hubiera lucido un ministro como el Sr. Montoro, del que diré algunas cosas más, de variado juicio, en lo que sigue.

Hace apenas una semana el Sr. Montoro advirtió, al pie del escandaloso descubrimiento de los papeles de Panamá, que los capitales expatriados hacia sociedades offshore –aquellas habitualmente registradas en paraísos fiscales y que no realizan en ellos ninguna actividad productiva– lo hacían con uso de una legalidad formal poco discutible. Sin embargo, al informar sobre esta «legalidad», el Sr. Montoro hizo un evanescente gesto burlón al advertir que el contenido ético de dichos manejos «era ya otra cosa». El contenido de lo que pensaba realmente el polícromo ministro de Hacienda quedó revelado cuando dos o tres días después sentó «que los ministros no debían figurar en esas sociedades». Hacía solamente unas horas que el ministro español de Industria, Sr. Soria, abandonaba aturulladamente el putrefacto nido del Sr. Rajoy.

Y ahora, al rebufo de estos sucesos tan notorios, viene la pregunta obligada: ¿es crimen o no es crimen esta maloliente manipulación del dinero que han producido miles de trabajadores con su esfuerzo? Porque el dinero no surge de una fontana solitaria en la finca del poderoso. El dinero es la riqueza acumulada por el colectivo de todos los ciudadanos que acaba desgraciadamente en el arcón del bucanero ¿O habrá que explicar a estas alturas lo que es la plusvalía, que hoy es usurpada a calzón quitado y crecientemente por quienes tienen la sartén por el mango y el mango también? ¿No hay crimen en el hambre extendida que acaba con la esperanza y a veces con la vida del trabajador? ¿No es crimen que el dinero sea fabricado impunemente por los organismos financieros internacionales sin parar mientes en el desequilibrio que esas infames fabricaciones producen? ¿No es crimen que millones de niños y de adultos mueran de hambre o en la aventura siniestra de traspasar una frontera que divide a los elegidos de los previamente condenados? ¿No es crimen que el dinero apropiado por los poderosos termine tan reiteradamente en la fabricación de armas con que se escriben las leyes definitivas o en la ronda universal de la droga? Si todo eso son simples excesos en el manejo de los reglamentos por una minoría irrelevante o vesanias circunstanciales, como suelen aducir los gobiernos ¿para qué sirve la repetida llamada de los ciudadanos a las urnas a fin de velar solemnemente la justicia en el baptisterio de la democracia? Bastaría con un severo código penal que certificase todo eso como crimen nefando contra la vida. No son necesarias tantas reglamentaciones ni precisos tantos debates administrativos sobre lo que es libertad de mercado y cuál es su límite en este terreno. Hay una evidencia que se impone sobre cualquiera otra percepción: la que concluye que cada pueblo tiene derecho preferente sobre la riqueza que ha producido tantas veces con tanto dolor. Como siempre, ha de ser el poeta el que señale el límite de lo justo y denuncie el dolor tremendo de la desposesión: «Andaluces de Jaén/ aceituneros altivos/ decidme en el alma ¿quién/quién levantó los olivos?».

Lo que produce una irritación sin límites es que alzado el telón en la escena del crimen aparezcan los responsables del mismo solicitando a los trabajadores un mayor sacrificio para levantar España. ¿Levantarla hasta dónde? ¿Levantarla para qué? ¿Dónde sitúan España esos responsables; en las Islas Vírgenes, en las del Canal de la Mancha, en los recovecos innumerables de Wall Street o de la City? Como expone minuciosamente Ramón Carande en “Carlos V y sus banqueros” el pueblo español siempre ha sido condenado a desangrarse humana, política y económicamente en estas aventuras «imperiales». Para los grandes dirigentes españoles la sabiduría financiera siempre ha consistido en el Plus Ultra para su dinero. España es un chiringuito de ocasiones innombrables. Un sistema serrano dentro del gran sistema capitalista. Y ahí seguimos. Mientras el mundo fascistizado no recupere la dimensión moral y rescate su alma no avanzaremos un paso en la recuperación del hombre «qualunque» como heredero del mundo. Que no suene esto a catecismo tronado sino a recuperación de la trascendencia y de la dignidad en que consiste la verdadera revolución humana. Quien no piense así que se prepare a seguir remando más tiempo aún en un mar oscuro. De momento se ha escapado de la redoma el «genio» que custodiaba los papeles guardados en Panamá. Veremos más porque el neocapitalismo naufraga en su propia torpeza. Los poderosos de hoy son el residuo barato de la inteligencia que poseían sus abuelos. Laus Deo.