2016 EKA. 16 Elkarrizketa JEAN-PAUL RAPPENEAU DIRECTOR DE CINE «Para mí hacer una película es casi una cuestión de vida o muerte» Nacido en Auxerre en 1932, es uno de los cineastas más prestigiosos de su país. Autor de una filmografía tan breve como indiscutible (que incluye clásicos como «Cyrano de Bergerac» o «El húsar en el tejado») ha dirigido a actores como Jean-Paul Belmondo, Yves Montand, Isabelle Adjani, Catherine Deneuve, Juliette Binoche o Gerard Depardieu. Acaba de estrenar «Grandes familias», su película más liviana. Jaime IGLESIAS MADRID En “Grandes familias”, como es su costumbre, Rappeneau ha convocado a algunos de los grandes nombres del cine francés (Mathieu Amalric, André Dussollier, Karin Viard o Marine Viacht). En esta ocasión lo ha hecho para narrar, en un registro de comedia ligera no exento de mordacidad, la historia de un alto ejecutivo que, tras años trabajando en China, regresa al hogar familiar para descubrir que, como dijo Rilke, la verdadera patria del hombre es la infancia. A pesar de ser uno de los cineastas más reputados del Estado francés, sorprende que, en casi seis décadas de carrera, únicamente haya rodado ocho largometrajes. ¿Cómo explica ese ritmo de trabajo? Supongo que es algo que va ligado a mi propio carácter, pero no sé muy bien cómo justificarlo. Hay muchos directores que son capaces de trabajar en varios proyectos simultáneamente, que mientras ruedan una película están terminando un guion o buscando financiación, pero yo nunca he sido así, jamás he tenido pensada una película de antemano. Los años transcurridos entre cada una de mis películas reflejan con precisión el ciclo que conlleva la materialización de un proyecto cinematográfico desde que uno empieza a escribir el guion hasta que se sienta en la sala de montaje, un proceso que suele dilatarse en el tiempo. Cada vez que estreno una película, siempre digo que me siento como un náufrago en una playa: el barco que me ha traído hasta donde me hallo ha partido e ignoro cuál será mi próximo viaje. De lo que se infiere que para usted hacer cine es algo más que un simple oficio. Yo no ruedo por rodar. Para mí realizar una película tiene mucho que ver con materializar un sueño y tampoco tenemos de manera recurrente, al menos yo no los tengo, sueños lo suficientemente interesantes como para entregarse a ellos en cuerpo y alma. Yo admiro a aquellos colegas que son capaces de asumir esto como un simple oficio, poseen una disciplina de trabajo y una seguridad en sí mismos de la que yo, a menudo, carezco. Para mí hacer una película es casi una cuestión de vida o muerte. No pocas veces me reprocho a mí mismo mantener ese nivel de exigencia, en el sentido de que es algo que merma mi salud. Antes de rodar “Grandes familias” estuve involucrado en otro proyecto al que dediqué tres años y que finalmente se canceló por motivos de financiación, lo que me hizo caer en un estado depresivo del que logré salir con ayuda de los médicos, pero te puedo asegurar que fue una experiencia muy dura. Me imagino entonces que la realización de «Grandes familia»” también ha sido, en cierto modo, una experiencia terapéutica. ¿Qué lugar ocupa esta película en su filmografía? Bueno, es curioso porque esta película habla de alguien que, después de un período de tiempo en el extranjero, retoma el contacto con el paisaje y las personas que poblaron su juventud. En este sentido “Grandes familias” con ser también mi regreso al cine tras doce años, constituye además una suerte de vuelta a mis orígenes, lo que en cierto modo, me conecta con Jerôme, el protagonista del filme. En esta película hay elementos que ya exploré en mi ópera prima “Esposa ingenua”, pero he vuelto sobre ellos con otra mirada. «Grandes familias» cabe asumirse también como un regreso a sus orígenes en la medida en que lo aleja del cine de época y de los grandes presupuestos que manejó en sus tres películas anteriores. En casi todas mis películas he manejado una perspectiva histórica. Sin embargo, en esta ocasión quería rodar algo mucho más ceñido al momento actual, necesitaba hablar del aquí y del ahora, de la gran cantidad de expatriados que se ven obligados a dejar Francia para encontrar un proyecto de vida acorde a sus expectativas de vida. Es un tema que me interesaba pero, sobre todo, me apetecía mostrar cuál es la conexión que esas personas mantienen con su pasado. Más allá de ese cambio de registro sorprende, asimismo, esa ligereza de tono que maneja en esta película respecto a sus filmes precedentes. ¿Fue una apuesta deliberada? Sí porque necesitaba transmitir esa idea de urgencia constante que parece condicionar hoy en día no solo todos nuestros movimientos sino, también, nuestras perspectivas de cambio. El protagonista de “Grandes familias” es alguien que regresa a la casa familiar con la idea de permanecer solo unas horas en ella y al final se ve abocado a la resolución de una serie de coyunturas que cambiarán su vida. Me interesaba explorar, en cualquier caso, ese choque entre la Francia de provincias, un escenario donde parece haberse parado el tiempo, y las exigencias que plantea un mundo globalizado donde las fronteras parecen no existir y tampoco el concepto de pausa. Lo que he intentado es conferir al relato un ritmo que reflejase esas dos velocidades que condicionan los movimientos de Jerôme, el protagonista. Bertrand Tavernier manifestó en una ocasión que, cuanto más mayor se hacía, más libre se sentía a la hora de rodar y que eso hacía que sus películas tuviesen un tono cada vez más liviano. ¿Usted también participa de esta paradoja? Lo que ocurre es que, según vas cumpliendo años, se acentúa dentro de ti ese sentimiento de que ya no tienes nada que demostrar. Yo, por ejemplo, no me embarcaría actualmente en un rodaje como el de “Cyrano de Bergerac”, que fue una experiencia durísima en la que tuve que dirigir a un equipo muy amplio de actores y técnicos de nacionalidades diversas en un país como Hungría con cuya realidad no estaba familiarizado. Frente a eso, una película como “Grandes familias”, y más después de haber pasado por la experiencia traumática que viví con la cancelación de mi anterior largometraje, me ha hecho sentirme pleno de dinamismo. Quizá también por la propia naturaleza del proyecto, ya que al ser una película pequeña, el trabajo está más concentrado y te permite un contacto mucho más directo con los actores hasta el punto de convertir el rodaje en una experiencia casi lúdica. Creo que ese estado de felicidad y complicidad en el que la rodamos trasciende la pantalla y acaba por contagiar al espectador. El caso es que la dirección de actores siempre se ha destacado como uno de los puntos fuertes de sus películas contando además con que siempre suele convocar, para sus rodajes, a primeras figuras del cine francés. ¿Cómo valora su trabajo con ellos? Los actores con los que me gusta trabajar son aquellos que, lejos de pedir mil explicaciones sobre su personaje, son capaces de absorber todo como una esponja. Yo nunca había sido muy consciente de mi capacidad para guiar a los actores haciendo pequeños ejercicios de interpretación de cada uno de los personajes en las sesiones de lectura de guion que comparto con ellos. Esto me lo hizo notar Isabelle Adjani poco antes de rodar “Bon Voyage!”. Se me ocurrió preguntarle: ‘Isabelle, ¿cómo vas a trabajar tu personaje?’. Y ella me contestó ‘Pues, como de costumbre ¿no? Intentaré imitarte’ (risas). Creo que los grandes actores funcionan muy bien bajo una pauta de mimetismo. Con Gerard Depardieu, con el que he trabajado en varias ocasiones, ocurre lo mismo, él observa atentamente mis movimientos por el plató y toma eso como referencia de lo que espero de él. Me interesaba explorar ese choque entre la Francia de provincias, un escenario donde parece haberse parado el tiempo, y las exigencias que plantea un mundo globalizado. «Grandes familias» con ser mi regreso al cine tras doce años, constituye además una suerte de vuelta a mis orígenes, lo que me conecta con Jerôme, su protagonista. Nunca había sido consciente de mi capacidad para guiar a los actores haciendo ejercicios de interpretación de cada uno de los personajes.