2016 AZA. 13 TEATRO Un poético horror Carlos GIL El dolor de la guerra como explicación de todos los infiernos que los seres humanos somos capaces de fabricar. Una narración de unos hechos que se van colocando de manera magistral en el laberinto de una dramaturgia que explora los límites de la condición humana, que técnicamente mantiene un relato envolvente donde los hechos intuidos se aparecen todavía más sangrientos, más dolorosos, más insufribles que hasta lograr algo tan rotundamente teatral como el alcanzar la poética del horror, como un instrumento dramático que atraviesa no solamente la razón, sino la sensibilidad de cada espectador hasta hacerle sentirse físicamente mal debido a que en eso que le cuentan, que ha sucedido o ha podido suceder, se encuentran muchas de las claves de la situación política global, de esas guerras que inundan nuestros noticiarios televisivos y de las que somos, en ocasiones, cómplices por inacción de unos incendios que arrasan y devastan la noción de Humanidad. Estamos ante un juguete escénico casi perfecto, pero para que funcione necesita de una puesta en escena que tome un punto de vista, que apueste por una de las posibilidades, y Mario Gas ha rebajado parte de su negrura, de sus éxtasis narrativos que pueden nublar la capacidad de discernimiento de los espectadores por la luz de la pausa, del texto y, sobre todo, de la interpretación. Estamos ante interpretaciones sublimes, calibradas, potentes, que hacen de cada sílaba un mundo, de cada silencio un discurso, de cada gesto un acontecimiento. Destaca Nuria Espert, que está inconmensurable, pero le siguen Ramón Barea, casi perfecto en sus roles, Laila Marull, sensible, Edu Soto, rotundo, contundente, impresionante o Alberto Iglesias, polivalente y eficaz. En una escenografía liviana, espacial. Con una iluminación precisa, un espacio sonoro significante, hacen del Teatro ese lugar imposible de superar como procurador de emociones sentimientos y belleza hasta contando el horror.