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JO PUNTUA

Hagamos un trato


El año pasado por estas fechas, en el funeral de un hombre muy querido, lo más bonito sobre él lo dijo la mujer de un conocido militante social. «Tu padre», le dijo a uno de sus hijos, «nunca me trató como la mujer de nadie». Es precioso que digan eso de ti, pero más bonito es sentir que alguien te mira así, como la persona que eres y que te ve de verdad, sin jerarquías. Las personas más admirables que he conocido en mi vida hacen eso, se acercan al vértigo de la relación con otros seres humanos con una especie de curiosidad humanista y suelen tener un compromiso innato y noble con la amabilidad en el trato.

Gracias a las conquistas de los feminismos hemos conseguido que la mayoría de la sociedad desprecie los malos tratos, pero aún queda mucho por hacer para acabar con uno de los abusos jerárquicos más extendidos y aberrantes que existen. Y para seguir avanzando en esa lucha trascendental creo que sería bueno hablar más a menudo de los otros tratos, los que nos merecemos, los que nos deben guiar. Los buenos tratos. Porque no solo tenemos un problema con los malos tratos, tenemos también un problema generalizado de mal trato. Laboral. Social. Familiar. Sentimental.

Por eso, conviene recordar que una cosa es estar informado sobre las teorías y prácticas del feminismo y otra, vivir en los valores sobre los que quiere construir otro mundo. Lo primero es importante y hemos llegado hasta aquí gracias al esfuerzo de quienes lo hacen. Lo segundo es vital. No solo nos pone en el camino correcto para luchar, es que ya es ganar. Rechazar la dominación. Cooperar. Cuidar los vínculos. Aborrecer la crueldad. Y, por encima de todo, adoptar el supremo compromiso feminista de no aceptar ni cultivar nada que no entre en el espectro del buen trato. En mi opinión, de eso va todo esto. De exigir y exigirnos buen trato.

«Hagamos un trato» dijo Benedetti. Un buen trato, podríamos añadir. Si no, no debería haber ningún trato.