2017 URT. 13 El mundo al revés Gloria LATASA gloriameteo@hotmail.com Me dirijo a Urbasa con la idea de hacer un pequeño recorrido. Salgo de Donostia con el termómetro marcando una temperatura de -3º C. Al llegar a Etxegarate (640 msnm) el termómetro registra 0º C. Sigo hacia Altsasua (528 msnm) donde la temperatura vuelve a ser negativa (-4º C). Cojo altura de nuevo y al llegar a Lizarraga (1031 msnm) la temperatura es positiva (1º C). En todos los casos lucía el sol y el cielo estaba completamente despejado. He tenido dos ocasiones para comprobar que el mundo está al revés: hace más «calor» arriba que abajo. Lo normal es que las temperaturas sean más altas en las zonas bajas y más bajas en las zonas altas. Por eso, a la situación contraria se le conoce como inversión térmica. Algo que ocurre cuando estamos bajo el radio de acción de un potente anticiclón –más aún en la estación fría– que acarrea estabilidad atmosférica, con noches despejadas y con poco o nada de viento. La ocasión perfecta para que el suelo haga de máquina refrigeradora del aire que tiene encima. En las zonas montañosas, además, las laderas colaboran en la acumulación de aire frío en el fondo del valle. Durante la noche las vertientes también se enfrían, hacen lo propio con el aire que tienen a su lado y le ayudan a deslizarse hacia abajo. Es lo que se conoce como brisa de montaña. Por eso, las inversiones térmicas acostumbran a ser más acentuadas en las zonas próximas a los relieves. Por otra parte, es donde es más fácil detectarlas si tenemos que realizar un ascenso. El «lago de aire frío» puede tener un espesor que va desde las proximidades del suelo hasta una altitud de entre 1.000 y 2.000 metros. Y, si hay la humedad necesaria, puede estar coronado por un asombroso mar de nubes. Cuando no hay inversión térmica la zona de la atmósfera más caliente es la que está más próxima al suelo. La razón de todo esto está en que el sol emite sus rayos en una longitud de onda incapaz de calentar el aire. El aire se calienta por la irradiación de la tierra (la energía que le sobra al suelo, emitida en otra longitud de onda). El «lago de aire frío» puede tener un espesor que va desde las proximidades del suelo hasta una altitud de entre 1.000 y 2.000 m.