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Hacia uno u otro lado de la cuerda


Más allá del debate de trazo grueso con el que muchos medios tratan el fenómeno Trump –en el que por otro lado este último se siente como en casa–, la mayoría de los análisis divergen a la hora de presentar al inquilino de la Casa Blanca bien como un neofascista o, en su caso, como un fanfarrón que acabará emulando a sus antecesores republicanos en la Presidencia de EEUU. Ocurre que el debate parte ya de un error: el de considerar que ambas descripciones son incompatibles.

Siendo evidente que los fenómenos populistas de derecha en boga en el mundo y el fascismo de los años treinta obedecen a contextos y a circunstancias históricas concretas distintas, el paralelismo es innegable.

Lo que no obsta a que, tal y como ha quedado evidenciado en sus primeros 50 días de legislatura, la agenda republicana clásica, tanto en el ámbito económico como en la diplomacia internacional, se vaya imponiendo poco a poco.

Ahí está la razón del salto que puede llevar de un extremo al otro. Todo apunta a que, de no mediar milagro, el electorado trabajador blanco que le dio la victoria verá defraudadas sus expectativas, más allá de su mano dura contra los inmigrantes y los liberales (feministas, derechos humanos, minorías...).

Dos son las opciones que podría barajar, para evitar ese escenario, Trump. O una huida hacia adelante en materia económica, con el riesgo de proyectar, a futuro y multiplicado, un escenario de crisis, o una aventura militar (¿en el Pacífico?) que galvanice el «America First» en sus bases electorales e incluso más allá.

Ambos escenarios serían del gusto de un personaje tan amante de la improvisación y receloso del consejo de los asesores y expertos como Trump. Y es precisamente su condición histriónica la que le permite saltar de un lado a otro de la cuerda floja... Mientras el mundo suspira aterrado para que no le caiga encima.