2017 MAI. 13 Elkarrizketa OLIVER SCHMITZ REALIZADOR CINEMATOGRÁFICO «En la sociedad sudafricana existen muchas esperanzas, no todo está perdido» La cinta «Guardián y Verdugo», que llegó ayer a nuestra cartelera, reaviva la polémica del lado oscuro de la pena de muerte aupada por el sistema de justicia en Sudáfrica durante el apartheid, y de cómo se crearon máquinas humanas de exterminio. Janina PEREZ ARIAS En 1987 faltaban cuatro años para que el apartheid llegara oficialmente a su fin. En ese año el abogado Chris Marnewick se topó con una cifra: 164 personas habían sido ejecutadas al ser condenadas a muerte por el sistema de justicia de Sudáfrica; ese número venía a ser el mayor registrado en la historia de un país que desde 1948 vivía en la oscuridad de la segregación más atroz. Siendo jurista defensor en activo, Marnewick libró del corredor de la muerte a muchos de sus clientes, y la cifra de ejecuciones en particular le serviría para llevar a cabo una defensa que parecía imposible. En ese momento, Marnewick empezó a hacerse preguntas sobre los efectos que esas ejecuciones tienen en quienes matan por orden del Estado, y cómo los traumatiza al punto de convertirlos en asesinos adictos. Este es el tema principal de la primera novela de Marnewick, sustentada en hechos reales, y a la que tituló “Shepherds and Butchers”, publicada en 2008, la cual ha sido llevada al cine por el director sudafricano Oliver Schmitz. “Guardián y verdugo” (tal como se titula en español) se desarrolla en 1987. Una noche en las afueras de Cape Town, un minibús que transporta a un equipo de fútbol, todos negros, es interceptado por el guarda de prisión Leon Labuschagne (Garion Dowds), quien sin previo aviso, abre fuego asesinando a todos. La culpabilidad de Leon parece clara, pero el abogado defensor John Weber (interpretado por Steve Coogan) asume el caso para demostrar las verdaderas causas. Aunque Marnewick se ha distanciado de la versión cinematográfica de “Guardián y verdugo”, prevalece la polémica del lado oscuro de la pena de muerte, así como el trastorno por estrés postraumático que acarrean personas como Leon Labuschagne, uno de los cientos de eslabones y consecuencias evidentes del nefasto sistema que prevaleció en Sudáfrica durante más de 40 años. ¿Por qué decidió llevar al cine la adaptación de la novela homónima de Chris Marnewick? Hacia finales de los 80 investigué sobre el tema de la pena de muerte en Sudáfrica. Estuve siguiendo el caso específico de una persona que había sido condenada a muerte, pero que debido al cambio político del país finalmente no fue ejecutada. El seguimiento de esa historia me hizo ir a Sudáfrica unas 20 veces, y me caló mucho el hecho de que en esa prisión se ejecutaran a personas y que muchos estuvieran en el llamado corredor de la muerte a la espera del último día, cuando finalmente serían ejecutados. Nunca me lo pude quitar de la mente. Por eso cuando los productores me ofrecieron realizar esta película, quise hacerla de inmediato. ¿Decidió ser fiel a la novela? La película es muy cercana al libro, aunque el mismo tiene unas 500 páginas. Una buena parte se centra en los pros y contras de la pena de muerte, y también en los testimonios de los prisioneros. Se relata la brutalidad de los asesinatos, cómo actuaron, etc. Pienso que para Chris Marnewick era fundamental abordar los dos lados de la historia. En la película nos concentramos en la perspectiva de John Webber (el abogado defensor interpretado por Steve Coogan) y de Leon Labuschagne (el joven guardián de prisión acusado de asesinato encarnado por Garion Dowds), la cual no está tan profundizada en la novela, aunque se plantea el conflicto entre ambos. El guion es de Brian Cox, y debo confesar que hicimos cambios en el desenlace, ya que a la película no le hacía ningún favor ser fiel al final planteado en el libro. ¿Hubo presiones a la hora de adaptar la novela? Con una historia como esta hay que ser muy cuidadoso. Primero, no debe resultar aleccionador, y hay que evitar caer en la trampa de contar cada detalle. Por otro lado estaban las víctimas del asesinato, pero las mismas no eran el centro de la narración. Aún así quería mostrar que existieron, que su sufrimiento estaba presente, pero tomé la decisión de no ahondar en sus historias, ya que aquí se trataba de centrarse en el acusado y su abogado defensor, lo cual representaba un microcosmo. Siento mucho respeto hacia las víctimas, pero tuve que dejarlas al margen. ¿Cómo fue para usted enfrentarse a esta historia que está muy influenciada por otras narraciones paralelas de gran importancia? Siempre me han llamado la atención las historias complejas y esta es una de ellas, porque se plantea la pena de muerte y el entorno de Sudáfrica durante los años del apartheid. Asimismo, es una historia que traza las consecuencias que tuvo todo esto en jóvenes, sobre todo hombres, a quienes se les encomienda la tarea de asesinar a otras personas, bien sea con un arma en la mano o participando en una ejecución según dicta la pena de muerte. Tomando en cuenta que esta historia se desarrolla durante los últimos años del apartheid, nos planteamos la pregunta de qué pasará en el futuro con esos jóvenes en Sudáfrica, entre ellos con el guardián de prisiones. Sin duda esta es una historia bastante compleja y creo que hace 20 años no la hubiera podido hacer. ¿Por qué? ¿Podría profundizar? Mi repulsión hacia el sistema del apartheid era tan profunda que no hubiera tenido la madurez necesaria para enfrentarme a una historia como esta, ni para tener una visión clara sobre los hechos. Hace 20 años sentía mucha rabia hacia la sociedad en la que crecí. Mi niñez y adolescencia se desarrollaron en el seno de la sociedad blanca sudafricana, y hubo un momento en el que me di cuenta de que me tenía que mover dentro de esa colectividad privilegiada y acatar sus reglas. La sociedad blanca fue construida en detrimento de la población negra, y eso hay que decirlo. Como ser humano me sentí profundamente traicionado, ya que al pertenecer a ese grupo social, me había llevado a ponerme en una situación comprometedora frente a otros individuos. ¿Se puede decir que la historia de Leon refleja a muchos jóvenes de su generación? El caso de Leon, quien siendo muy joven fue a parar como guardián de una prisión, es un ejemplo del destino de muchos chicos que como él no quisieron hacer el servicio militar. Hubo una generación completa de jóvenes que fue enviada al país vecino, a Angola, para luchar contra el comunismo (entre 1966 y 1990, fue llamada la Guerra de la Frontera de Sudáfrica o Guerra del Arbusto). Esa fue como “una guerra olvidada”, una guerra dentro de la Guerra Fría, y en el medio de todo eso estaban esos jóvenes que no tenían la menor idea de lo que les esperaba, ni de por qué estaban luchando. Es irónico que Leon haya huido de ese conflicto bélico para caer en el sistema penitenciario, el cual era aún peor. Antes del olvido Tras cinco años dedicados al proyecto de “Guardián y verdugo”, financiado en gran parte por el gobierno sudafricano, Oliver Schmitz (conocido por el filme anti-apartheid “Mapantsula”, 1988) muestra alguna que otra duda. «No sé si la sociedad sudafricana está dispuesta a ver una película como ‘Guardián y verdugo’», titubea el cineasta que creció en Sudáfrica con un padre pastelero y una madre costurera. Sin embargo, Schmitz cree en la importancia de que «precisamente en este momento se haga un filme que toque estos temas mientras aún estén muy frescos los recuerdos, y no cuando se evoque de otra manera o, en el peor de los casos, cuando ya todo eso ni se recuerde». ¿En qué medida se discute en la sociedad sudafricana sobre el trastorno de estrés postraumático (TEPT)? En el fondo, pienso que toda la sociedad sudafricana padece de TEPT. La población negra en particular sufrió muchas humillaciones, torturas y hubo innumerables asesinatos; mientras que en la población blanca, los hombres jóvenes que fueron enviados a la guerra al regresar se vieron en la necesidad de trabajar ellos mismo las consecuencias. Las Comisiones de la Verdad contribuyeron en una parte al proceso de “sanación” de la sociedad, pero ha sido necesario que pasen más de 20 años para que en ambos lados surjan esos sentimientos. Por eso creo firmemente que los daños producidos por el apartheid y el TEPT colectivo aún se harán sentir, de allí la importancia de seguir hablando al respecto para poder superarlo. Tengo la sensación de que es precisamente ahora que ese proceso saldrá a la luz. ¿Puede una película como esta aportar algo al proceso de superación del trauma post-apartheid o cree usted que es una situación sin esperanzas? No creo que no haya ninguna esperanza. Soy una persona muy esperanzadora, y creo que en la sociedad sudafricana existen muchas esperanzas, no todo está perdido. Hay muchas tensiones, pero eso también es muy positivo, ya que finalmente la gente está hablando con franqueza. En cuanto a la película, creo que es relevante su punto de vista, al mostrar otra perspectiva, de qué manera los jóvenes blancos fueron utilizados por el sistema. ¿Se discute sobre racismo en la industria cinematográfica de Sudáfrica? Existe la discusión sobre racismo en la sociedad sudafricana, así como en la industria del cine. Creo que la industria cinematográfica ha dado señales de cambio, evidente al proporcionarles a jóvenes realizadores negros la posibilidad de rodar, de poder distribuir sus películas, y además obtener cierto reconocimiento. Lo más probable es que la discusión en torno al racismo vaya a durar mucho más, pero el empoderamiento y la constatación de que se está haciendo algo de verdad, es un bálsamo.J.P.A. PENA DE MUERTE«Es un historia compleja; se plantea la pena de muerte en la Sudáfrica del apartheid» SOCIEDADES«La sociedad blanca fue construida en detrimento de la población negra, y eso hay que decirlo»