Montauk, el viejo cine alemán, la fragancia de Connecticut y el hedor a kebab

Sucede en los grandes festivales (y el de Berlín no es la excepción) que en un momento de la Competición, el país anfitrión purga vaya-usted-a-saber-qué culpas a través de su propio cine. El acto de inmolación se consuma con la proyección de una película que deja en evidencia a los organizadores locales, en un acto de humildad que roza, en ocasiones, la más cómica (y vergonzosa) de las combustiones espontáneas.
Este año, para su 67ª edición, la Berlinale cedió los honores de tan ineludible ritual a Volker Schlöndorff, antaño ilustre realizador que consiguió, allá por el año 1979, colarse en uno de los palmareses más prestigiosos de la historia del Festival de Cannes, conquistando con “El tambor de hojalata” un muy meritorio ex aequo en la Palma de Oro, junto a ni más ni menos que Francis Ford Coppola y su legendaria “Apocalypse Now”.
De aquello ya hace casi cuarenta años. Y se nota. Volvemos a 2017. El veterano Volker Schlöndorff presenta “Regreso a Montauk” en la Berlinale, y el cine alemán toca fondo, completando así una participación nefasta en su propio certamen. La película es un drama romántico de sobremesa, mal maquillado con una capa grosera de prestigio que huele demasiado a rancio. Stellan Skarsgard y Nina Hoss vagan por él cual ánimas en pena, muy lejos de experimentar y de transmitir el amor que se le supone a la historia. Es como “Antes del atardecer”, solo que con respecto a Linklater, muchos peldaños por debajo en la escala evolutiva. Es una película vieja en el peor de los sentidos, con una banda sonora fastidiosamente invasiva y una filia desesperante por complicar lo sencillo a base de retórica en ocasiones cursi, y en otras directamente cutre. El perfume de Connecticut como metáfora de ese gran romance; el tufo a kebab como símbolo de es otro amor con el que consolarse. Ahí está el nivel.

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