2017 ABU. 08 MEMORIA HISTÓRICA EN EZKABA UNA BRIGADA INTERNACIONAL, AL RESCATE DEL CEMENTERIO DE LAS BOTELLAS ARANZADI DIRIGE UN CAMPO DE TRABAJO EN EL CEMENTERIO DE LAS BOTELLAS DE EZKABA. EL GOBIERNO BUSCA HACER DE ESE LÓBREGO LUGAR UN ESPACIO DE MEMORIA DE 131 ENTERRADOS CON SUS NOMBRES OCULTOS EN BOTELLAS. Aritz INTXUSTA Olatz Retegi comanda un equipo de 25 personas que trabajan en los muros del Cementerio de las Botellas. «La mayoría son estatales, aunque hay mexicanos, taiwanesas y un italiano», explica. La brigada de jóvenes centra sus esfuerzos en consolidar las paredes que demarcan la zona de enterramientos, que en su día fue devorada por la vegetación. Bajo sus pies yacen 86 personas, después de que los restos de otras 44 se hayan entregado a las famililas. El penal de Ezkaba es famoso por una de las fugas más importantes de la historia reciente, en la que participaron unos 800 presos y que desembocó en una terrorífica cacería con más de 200 muertos. Ocurrió mientras aún duraba la guerra, en 1938. Los fugados buscaban cruzar los montes y hallar refugio más allá de la muga. Probablemente solo lo consiguieron tres. Y uno de ellos se reenganchó después en las filas republicanas que aguantaban en Catalunya. Los enterrados en el cementerio, sin embargo, murieron más tarde, entre los años 1942 y 1945. El fortín militar de San Cristóbal se estrenó como campo de concentración al poco de cometerse el golpe de Estado. Hay historiadores que afirman que, durante algunos meses, fue un campo de exterminio, habida cuenta de las condiciones en las que se mantuvo a los prisioneros de guerra que iban llegando conforme caían los frentes. La mayoría de muertos provienen de Valladolid, pero hubo también gudaris y muchos asturianos. A los enterrados con su nombre en una botella los remató la tuberculosis. La esperanza de vida en ese presidio nunca fue demasiado alta. Muchos fueron enterrados en cementerios de pueblos colindantes; los fugados, no. Se presume que la mayoría siguen tirados por los montes, donde han aparecido más de 30. En un momento dado, esos ayuntamientos se quejaron, porque el goteo continuo de muertos les saturaba los camposantos. De ahí que se abriera un claro entre la maleza, muy cerca del portón del Fuerte, para cavar el Cementerio de las Botellas. Federico Avanzi, de 19 años, terminaba ayer su experiencia en el campo de trabajo. «Desconocía esta historia. En mi país solo hay fosas comunes en las montañas. Ahí están los muertos de los frentes de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Pero esto... esto me recuerda más a un lazareto donde se llevaba a los enfermos de peste para que murieran. Soy de Venecia, allí se usaban islas para ello». El objetivo de los trabajos, que ayer recibieron la visita de la consejera Ana Ollo, es revitalizar el lugar, aunque aún no está claro si se musealizará o si solo se volverán a catalogar los restos, una labor que la asociación Txinparta tiene muy avanzada. Pero el de Ezkaba no era un lazareto cualquiera. Cuando se excavó por primera vez, se encontraron unos restos humanos junto a una botella con el nombre de Narciso Cadenas. Era uno de los diez que estaban en la parte «civil» del enterramiento, pues se negaron a ser sepultados bajo rito religioso. Cuando Txinparta localizó a su familia, se constató que todos pensaban que había caído en el frente en Asturias cinco años antes. En realidad, lo apresaron herido en la mano, pero su familia nunca supo nada. La maquinaria represora franquista lo mantuvo a solas, muerto a los ojos de quienes le querían todos esos años. La tuberculosis fue la puntilla.