2018 UZT. 31 53 DONOSTIAKO JAZZALDIA DESPEDIDA Y CIERRE: UNA TRACA FINAL CON PÓLVORA MOJADA TRAS CINCO GLORIOSOS DÍAS DE MÚSICA AL MÁS ALTO NIVEL, JAZZALDIA SE DESPIDIÓ CON UNA JORNADA DOMINICAL DONDE NI EL TRÍO ACÚSTICO DE CHICK COREA, NI EL ENGOLADO CURTIS STIGERS NI EL ENFANT TERRIBLE YANN TIERSEN LOGRARON ENSOMBRECER AL VENERABLE PREMIO DONOSTIA MICHEL PORTAL. David GOTXIKOA El nivel artístico de la 53ª edición del Heineken Jazzaldia ha puesto el listón muy, muy alto para lo que esté por venir. Tanto, que al propio festival le ha pasado factura su fulgurante arranque, dada la imposibilidad de superar las cotas de excelencia que en los tres primeros días habían dejado músicos como Brad Mehldau, Julian Lage, Robert Glasper, Marco Mezquida o Chris Potter, entre otros. Con todo, era imposible hacerle ascos a una jornada como la del domingo, donde el clarinetista Michel Portal iba a recoger su merecido Premio Donostia para ofrecer después dos recitales bien distintos pero igual de exquisitos. El de Baiona se mostró cercano y agradecido, y quiso brindar al público un premio que definió como «muy especial», dada su relación umbilical con el folklore de esta tierra. Octogenario pero aún repleto de cosas hermosas que compartir, Portal correspondió con un concierto sensacional de principio a fin, bien arropado por unos majestuosos Vincent Peirani (acordeón) y Émile Parisien (saxo soprano). Duetos, tríos, solos, diálogos, persecuciones llenas de humor y el irresistible regusto al jazz manouche del período de entreguerras que a muchos nos vuelve locos. La sesión de tarde en el auditorio Kursaal era la enésima ocasión de reencontrarse con Gregory Porter en este festival. Al igual que sucede en Gasteiz con determinadas propuestas que pierden eficacia a fuerza de repetirse, tal vez sea el momento de dejar en barbecho a Porter y salvaguardar su idilio con el público donostiarra. Algunos dirán «cómo no traer cuantas veces sea posible al mejor vocalista actual de jazz» pero, cuando un discurso comienza a volverse excesivamente autorreferencial –luego le llegará su turno, señor Corea– conviene pararse a contemplar la fotografía desde la distancia apropiada. Es el caso de Gregory Porter. Su voz es algo tremendo. Posee color, fuerza, sedosidad y registro para aburrir pero, sobre todo, prende y contagia como pocas. Además el cantante estuvo tan entregado y encantador con el público como de costumbre. Paz, amor, todos juntos, etc. ¿Cuál es el problema, entonces? Su concierto se había anunciado como un tributo-de-tiros-largos a Nat King Cole pero, a la postre, del inolvidable vocalista únicamente sonarían “Mona Lisa”, “Nature boy”, “Quizás quizás quizás”, “But beautiful”, “The only one” y “Smile”. Seis de un total de quince canciones. El resto, prácticamente un calco de su anterior visita a esta ciudad, aunque recuperado con la aparatosidad de la orquesta dirigida por un voluntarioso Arkaitz Mendoza. Y es que, a pesar del encomiable esfuerzo de los músicos locales, la lujosa instrumentación se adaptó bien a los clásicos de Cole, pero a menudo desentonó en las composiciones más enérgicas firmadas por Gregory Porter. En sus introducciones este se esforzó sin éxito en dar homogeneidad a un repertorio que, más que recordar a una leyenda de la música popular, parecía celebrar la biografía del propio Porter. Por suerte nada de esto pareció importar a la mayoría del público, que respondió de forma entusiasta. La última cita doble en la Plaza de la Trinidad no invitaba a la euforia ni parecía la traca soñada con la que cerrar una semana de conciertos memorables, pero venía acreditada por el prestigio de Chick Corea. El pianista sigue en muy buena forma a sus setentaisiete años –el “Preludio” de Scarlatti que interpretó a piano solo fue concluyente en ese sentido– pero su música ha dejado de ser relevante y llegó a resultar aburrida por momentos. Ni John Pattituci ni un Dave Weckl totalmente fuera de lugar pudieron aportar algo digno de mención a un concierto que, de pura intrascendencia, solo podía terminar con la enésima recreación de “Spain”. Y si un músico con la trayectoria de Corea no había podido caldear el ambiente, mucho menos iba a ser capaz de ello el crooner Curtis Stigers. En estas páginas ya hemos hablado de la imposibilidad de ver dos o más conciertos interesantes a la vez. Un día más hubo que escoger entre susto o muerte, y esta vez salió muerte: Decidimos pasar la velada con Yann Tiersen, y lo suyo fue un todo o nada, me sigues o me pierdes de vista. Con una puesta en escena tan austera e hipnótica como la música que ofreció, el bretón pareció por momentos una versión indie –y, seamos justos, algo menos pretenciosa– de Michael Nyman. Presidiendo el escenario y casi como único attrezzo, bajo las notas del piano un magnetofón reproducía bucles de sonido para crear una textura con la que inducirnos un estado onírico, cuando no directamente un profundo sueño. Tuvo que transcurrir casi una hora antes de que Tiersen se decidiera a separarse del teclado para empuñar el violín y romper el trance. Una apuesta indómita la suya que, sin embargo, durante gran parte del recital pareció ignorar deliberadamente la respuesta del público. El compromiso con uno mismo está bien, siempre que no se pierda de vista que no hay Arte si no hay espectador. Otro de los muchos detalles en los que difiere del gran Michel Portal. Jazzaldia cierra una edición «superlativa en calidad artística y respuesta de público» Jazzaldia de Donostia ha cerrado este pasado domingo una edición «superlativa en cuanto a calidad artística y a respuesta del público» con un total de 171.500 espectadores, 15.000 más que en la anterior edición, según afirmaba ayer el director del certamen, Miguel Martín. En rueda de prensa para hacer balance de esta edición, Martín, acompañado del alcalde donostiarra, Eneko Goia, destacó que la «mejor noticia» es que el festival se ha desarrollado «tal y como estaba previsto» y 171.500 personas de distintos lugares del mundo han podido disfrutar de los conciertos de pago y gratuitos, «con ausencia de incidencias», y «en armonía». «No cabemos de gozo», confesó. A ello añadió que el tiempo «ha respetado» y todos los espectáculos programados «han satisfecho las expectativas». En concreto destacó «diez extraordinarios», por un lado el homenaje al cantautor vasco Mikel Laboa a cargo de Iñaki Salvador y la «extraordinaria» oferta artística del pasado viernes con nombres como Mary Stallings, David Holland, Cécile McLorin Salvant y Brad Mehldau. «Va a ser difícil de olvidar e igualar tal conjunción de actuaciones excelentes», subrayó. A estos conciertos sumó los de «los maestros» Kenny Barron y Benny Green, Michel Portal y Gregory Porter, que «demostró de nuevo» en Jazzaldia, en el que ya participó el pasado año, que es «un cantante superlativo» cuya actuación «se vio mejorada» por la orquesta de 50 músicos vascos bajo la dirección de Arkaitz Mendoza. Martín puso en valor también el trabajo de los proveedores del festival y, en concreto, subrayó que la sonorización del festival fue «absolutamente extraordinaria». En este sentido, apuntó que «la limpieza» con la que se escuchaban los conciertos en algunos momentos «era sobrecogedora». El director del festival aprovechó para lamentar que «un reducto» en la plaza de la Trinidad, el escenario más emblemático del festival, parece «no darse cuenta de que molestan», en alusión al ruido generado por quienes siguen los conciertos de este espacio desde la sociedad Gastronomika. Finalmente, aplaudió que «se multiplica» la repercusión del festival en las redes sociales y señaló que pese al momento de «euforia» por cómo se ha desarrollado esta edición llevarán a cabo «una profunda evaluación» para intentar «encontrar fallos donde los haya y mejorar». Goia por su parte subrayó el «primer nivel» de los artistas que han tomado parte en Jazzaldia de este año, así como «el buen ambiente» que ha habido en la ciudad, que «nos ha hecho gozar y disfrutar». Además, señaló que, «aunque es imposible llegar y abarcar todo» lo que ofrece el certamen, él mismo ha podido disfrutar de actuaciones «magníficas, como las de Mikel Erentxun o Salvador Sobral».GARA Tal vez sea el momento de dejar en barbecho a Porter y salvaguardar su idilio con el público donostiarra. Octogenario pero aún repleto de cosas hermosas que compartir, Portal correspondió con un concierto sensacional de principio a fin.