2019 OTS. 08 CRÍTICA «Basque Selfie» Los renovados sonidos de la memoria Mikel INSAUSTI Al margen de sus grandes proyectos como emprendedor de la industria del cine, por ser socio fundador de los estudios Melitón de Lekaroz, Joaquín Calderón ha orientado su filmografía hacia el documental musical, dejando una grata impresión con “Sarasate, el rey del violín” (2016). Por lo visto la idea de “Basque Selfie” (2019) surgió de la grabación de un concierto de Korrontzi, a resultas del cual le propuso al acordeonista y líder del grupo Agus Barandiaran contar una historia personal, y este se decantó por hablar de sus raíces familiares en Maruri, ligadas a la preservación del baserri Astintze, que data del siglo XVI, posiblemente del año 1540, habiendo sido construido por el mismo artesano que talló la madera en la iglesia de Lemoiz. Genéricamente hablando, la película se mueve entre el falso documental y la docuficción, que viene a ser lo mismo. La cuestión es que manejando elementos reales o inventados el relato conforma un todo coherente, de tal modo que el músico protagonista encuentra sentido a su obra desde la experiencia vital. El empeño que pone en salvar la casa de sus antepasados de la expropiación y el consiguiente derribo, se lo dedica igualmente a la recuperación y puesta al día del legado musical que lleva a cabo con la trikitixa, en cuanto alumno evolucionado de su admirado maestro Rufino Arrola (1909-1996). Al respecto hay una secuencia introductoria muy ilustrativa, en la que el joven trikitilari visita al luthier Kepa Beratazarra, quien nos descubre los pequeños secretos del sonido diatónico. Luego sigue el tratamiento de la anécdota familiar en modo caso periodístico, y quien hace las veces de intermediaria es la actriz Itziar Ituño. Lejos de llevar a cabo una fría investigación de la memoria antropológica, se implica emocionalmente en nombre de su amatxo, a la que en sus días de vejez recluida solo alegra la música del recuerdo.