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Ancestros


Vivimos en una sociedad que maltrata. Maltrata a sus trabajadores con políticas salvajemente antihumanas, maltrata a sus ciudadanos con sistemas legales abusivos, maltrata a sus mujeres con una misoginia aberrante que algunos niegan que existe, incluso cuando demuestra su capacidad asesina.

Maltrata físicamente, maltrata psicológicamente y maltrata espiritualmente. Y cuando digo que maltrata espiritualmente lo digo porque últimamente no dejo de pensar en cómo tratamos a nuestros ancestros, a las personas que nos precedieron y cuyo legado estamos gestionando para quienes vengan después.

La primera vez que observé este fenómeno fue gracias a un crítico literario que señalaba la pasión del escritor Francisco Umbral por hablar sonoramente mal de otros escritores, siempre que esos colegas a los que maltrataba ya hubieran muerto. Desde entonces no dejo de ver a personas que hacen lo mismo y no solo en la literatura. Que se refieren a los colosos del pasado con una falta de respeto que suena a competitividad feroz, a un deseo malsano de borrarles de la historia y de elevar la propia posición empequeñeciendo la de los demás. Les da lo mismo Zuloaga que Aresti, Oteiza que Balenciaga. Entran en la habitación de los ancestros a romperlo todo. Niegan el valor del pasado, odian medirse en la excelencia. Y, al arrebatarnos el ejemplo de la excelencia humana que nos ha precedido, nos alejan de nuestra mejor posibilidad.

Cuando honramos a los ancestros, un legado ignífugo nos ilumina desde el pasado para que no transitemos el presente a oscuras y no perdamos la posibilidad de conquistar el futuro.

Por eso me ha alegrado tanto ver el nombre de Telesforo Monzón encabezando una gran iniciativa de país. Porque recordar lo mejor de nuestra sociedad nos encamina hacia las grandes avenidas del progreso y porque hermandad humana significa no abandonar a nadie en el camino. O, como él habría dicho, «lepoan hartu ta segi aurrera».