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ZINEMALDIA 2019

Donald Sutherland: «Gabon denori, mila esker Euskal Herria»

Decidió que quería ser actor cuando tenía 17 años y poco después comenzó a actuar en teatro sin más pretensiones. Tuvo la oportunidad de dar el salto al cine y desde entonces no ha dejado las pantallas. Donald Sutherland ha interpretado a personajes que han marcado a varias generaciones y, por ello, recibió ayer el Premio Donostia.


«Gabon denori, mila esker. Mila esker Donostia. Os he admirado y honrado desde hace tiempo y es un placer estar aquí. Mila esker Euskal Herria… Euskal Herria», dijo llevándose el puño al corazón y repitiendo «Euskal Herria» hasta en cuatro ocasiones. El veterano actor Donald Sutherland recibió ayer el segundo Premio Donostia de esta edición de Zinemaldia. El canadiense es uno de los galardonados que más euskara ha hablado sobre el escenario en los 67 años del festival.

Aunque la gala se retrasó media hora por la llegada tardía del propio actor, las quejas de los asistentes fueron suavizadas más tarde gracias a la simpatía del homenajeado, que no dejó escapar la ocasión para hacer una broma haciendo ver que se le caía el preciado galardón, que ahora podrá colocar junto al Óscar honorífico recibido en 2008.

Sutherland presenta en Zinemaldia “The burnt orange heresy”, de Giuseppe Capotondi, donde el intérprete canadiense se pone en la piel de un artista, Jerome Debney, que vive escondido del mundo y, precisamente por ello, es el objeto de deseo de críticos de arte –Claes Bang– y coleccionistas –Mick Jagger–.

Sutherland, de 84 años, ha participado en decenas de películas de diferentes géneros, y según aseguró en la rueda de prensa previa a la gala de entrega del premio, no puede decantarse por una porque son como sus hijos. «Tengo cinco hijos. Si eligiera a uno de ellos los otros cuatro me matarían –comentó en un tono jocoso–. Todas mis películas son como mis hijos, y me gusta cada director con el que he trabajado», dijo para después añadir, «me encantó trabajar con Fellini».

Preguntado sobre por qué sigue trabajando pudiendo jubilarse, aseguró que tiene «muchas bocas que alimentar», aunque después puntualizó que en realidad «me encanta trabajar, es una pasión. Todos esos personajes que he interpretado me han dado la libertad para vivir vidas que jamás me habría atrevido a vivir».

De hecho, su deseo de ser actor no fue algo que le vino de fuera, fue un impulso pues jamás había ido al teatro cuando decidió su profesión. Animado por su padre, por si su plan de ser actor fallaba, acudió a la universidad a estudiar ingeniería, pero no salió bien y se quedó con el teatro. «Nunca fue mi intención ser más que un actor de teatro, pero cuando tuve la oportunidad de trabajar en cine lo pasé muy bien», admitió. Durante su carrera ha tenido la  oportunidad de vivir la transición de Hollywood, del celuloide a lo digital, un cambio al que opina que no se ha acostumbrado totalmente.

Durante su comparecencia ante los medios se mostró divertido, en ocasiones gruñón, y se animó a contar anécdotas como la vez en la que estuvo cerca de la muerte. Fue durante el rodaje de “Los violentos de Kelly” (1970) cuando contrajo meningitis y estuvo en coma varios días. «Me obligué a seguir viviendo», manifestó, y pidió que tengamos en cuenta que cuando una persona está en coma puede oir: «yo podía escuchar cómo enviaron un telegrama a mi entonces esposa diciéndole que no viniera, que cuando muriera enviarían mi cuerpo. Pero no morí. Pasé seis semanas en el hospital y cuando me recuperé volví a trabajar», contó.

Sobre uno de sus papeles más icónicos para las nuevas generaciones, el del malvado Presidente Snow en “Los juegos del hambre”, mencionó que le mandaron el guion para ver qué le parecía, y quiso interpretar ese papel porque pensó que «podría dar energía a los jóvenes de Estados Unidos, que se politizarían y levantarían el culo de la silla», algo que opina que no ha pasado aún.

Una nueva verdad

En la rueda de prensa también participó el director Giuseppe Capotondi para hablar de “The burnt orange heresy”. En ese espacio el actor decidió ceder el protagonismo al artífice de la cinta. Según Capotondi, la cinta no es una película sobre arte, a pesar de que sea el hilo conductor, sino sobre «lo fácil que es crear una nueva verdad». De hecho, ya desde a primera escena se nos muestra a un crítico de arte capaz de cambiar el modo de pensar de las personas respecto a una obra en concreto cambiando la historia que cuenta. «El crítico puede ser alguien que trabaja en la política o en el mundo financiero. Si tienes poder puedes fabricar una nueva verdad», subrayó el director sobre su película.