2019 URR. 30 Vaciado perentorio para rellenar con urgencias mercantiles Carlos GIL Analista cultural Uno de los conceptos teatrales que siempre ha tenido muchas interpretaciones y en ocasiones contradictorias es «espacio vacío». Lo estableció como una idea mayor troncal Peter Brook, un gran director inglés que ha sabido convertir sus experiencias e investigaciones en libros que acumulan sabiduría con muchas preguntas para quienes se quieran dedicar al oficio de interpretar y, sobre todo, dirigir, y con alguna luz que puede indicarle un camino remoto al que deberá desbrozar para encontrar su destino sin tener que seguir ninguna huella previa. El espacio repleto de muebles, iconos, luces, sonidos es un campo minado donde actrices, músicos, bailarines deben colocar su propia expresividad sin rozarse, intentando sobreponerse a estos obstáculos no conviviendo con ellos de forma orgánica. Partir de cero, de la nada, para llenarlo de palabras, gestos, sensaciones, emociones es una tarea mucho más ardua. Es un cuerpo, una voz, quizás unos sonidos, elementos básicos que configuran mundos abiertos que en las neuronas espejo de cada espectador se convierten en una sensación diferente que se adherirá a las emociones de cada uno quizás de por vida. Los barullos, los espectáculos de luz, sonido a raudales, atacan otra parte del cerebro humano, llega más por la parte irracional y codificada. Es como si hubieran vaciado algo para rellenarlo al peso. En el arte se insinúa, se llena de evocaciones y significativos silencios. Es justo lo contrario del cerebro vacío y lleno de obviedades acumuladas con desorden.